Mesa de arena en Los Abrojos: doble o triple play

Los almuerzos en Los Abrojos tienen ese no-sé-qué. Habilitan en la soledad de los domingos de familia y sin testigos, y un solo invitado puntual, a discusiones out the box en las que se desnudan las ambiciones, y también las restricciones más inconfesables. Macri usa ese santuario familiar para huir de la parsimonia ceremonial de…

Mesa de arena en Los Abrojos: doble o triple play

Los almuerzos en Los Abrojos tienen ese no-sé-qué. Habilitan en la soledad de los domingos de familia y sin testigos, y un solo invitado puntual, a discusiones out the box en las que se desnudan las ambiciones, y también las restricciones más inconfesables. Macri usa ese santuario familiar para huir de la parsimonia ceremonial de Olivos, cada vez que puede. Esa residencia de fútbol y pádel –un deporte que denuncia la edad, es de otro tiempo- fue escenario, el domingo que pasó, de un debate de más de tres horas sobre la conveniencia de dos escenarios alternativos para la estrategia electoral, el Doble o Triple Play. La mesa discutió los beneficios de limitar la confrontación entre Macri y Cristina de Kirchner -el Doble Play- o si abrirle el juego a un tercer protagonista, dígase Roberto Lavagna, en el Triple Play. La fragilidad de estos planteos nace de la ilusión de que uno puede elegir a los adversarios para después derribarlos en la urna. Te los pone la realidad, que no manejás. Imaginar otra posibilidad es como armar rompecabezas con una tijera que te sirve para modelar el encaje de cada pieza, es hacerse trampa en un solitario de baraja. El final es el mismo que musitó Macri ante sucesivos amigos gobernadores, sobre la oportunidad del desdoblamiento de fechas electorales: “No tengo claro qué es lo que conviene más”. Decidirlo a tiempo es una prueba de la capacidad de liderazgo. “El que es capaz de prever con la mente es un jefe por naturaleza”, dijo el filósofo (Aristóteles, Política, que no muerde).

Señales imperiales: los US$8.000 millones que esperan

Al presidente lo acosan con los daños que le produce al programa de gobierno la eventualidad de que gane una reelección, después de un ballotage que clave a Cristina como jefa de la oposición. Reproduce el recelo de los inversores –de negocios y de la política– en 2017; no moveremos una moneda, decían antes de las elecciones de aquel año, hasta no saber cómo le va a Cristina. Algo parecido escuchó Macri el martes por la mañana, cuando compartió un desayuno con empresarios españoles y argentinos en el palacio San Martín, del rey Felipe VI. Desde 2015, en este “nuevo término” que siguió a la expropiación de las acciones de Repsol, sintetizó el monarca, España invirtió en la Argentina US$13.000 millones. Después de 2017 quedaron en puerta otros US$8.000 millones que están pendientes. Nadie le puso palabras esa mañana a las razones de la demora, pero todos admiten que están a la espera de que se resuelva la pelea de poder en la Argentina. Se suman otras percepciones de los mirones de adentro y de afuera, como la sucesión de fallos de la Corte que desairan al Gobierno y castigan a la tesorería, como el de jubilaciones y el que viene por la demanda de Santa Fe por la coparticipación. O el funcionamiento de facto del peronismo de los Diputados como un interbloque que comprende a todas las tribus opositoras.

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Lavagna, el Massa del 2019

Esos son los límites del Doble Play. Los críticos en el Gobierno de esa mirada, representados en la mesa a solas de Los Abrojos, especulan en que un Triple Play le abre mejores chances de futuro al oficialismo. Un Lavagna candidato puede representar en 2019, primera vuelta, el 21,39% de los votos de Sergio Massa en 2015. En aquella elección Macri logró 34,15%. Esos votos sumados fueron de 55,54%. En el ballotage, Macri retuvo, de esa sumatoria hipotética, 51,34%, lo cual demostró que capturó los votos de Massa. Si eso se reproduce en un ballotage entre Macri y Cristina, ¿para dónde irán los votos del tercer jugador? Nadie puede demostrar que no irían a Macri sino al peronismo, que es la fuerza que hoy arropa a Lavagna. Un riesgo difícil de tomar, y más si un plano inclinado para el oficialismo –por las desgracias de la gestión económica– pudiera ponerlo a Macri como tercera fuerza y dejarlo fuera del ballotage. Es decir, que el Triple Play, que podría facilitar la división del peronismo, terminase siendo el abismo del proyecto de reelección. En una formación como Cambiemos, que ganó el poder en 2015 por la hábil creación de un Partido del Ballotage que contuvo todo el arco del voto no peronista, sólo se admiten proyectos ganadores. Quienes imaginan ventanucos de aire, creen ver algún movimiento en los cuarteles que agitan tímidamente el sonajero de la integración de la fórmula. Como si prosperase la idea de abrir el espacio y hacer jugar junto a Macri a algún alternativo que no fuera Lavagna, más bien víctima de él, como algún gobernador del Norte sin reelección y sin plan B.

Giro hacia la opción preferencial por el pasado

Que hubiera un ballotage Lavagna-Cristina es una representación que horroriza y deja sin argumentos al oficialismo, que prefiere jugar todo a una estrategia de confrontación con el pasado –Cristina-. Eso implica abandonar el argumento de 2015 y 2017, de que era el futuro y que la pelea estaba allí. Tiene razones para creer que es un camino posible, sobre la base de la compresión que ha demostrado tener Cambiemos, del humor de la conversación del público de los distritos más grandes de la Argentina, en donde ha ganado elecciones hasta ahora. Los hermeneutas de ese humor escondido, que corre por debajo de las encuestas negativas, insisten en que el público de Cambiemos entiende el esfuerzo que hace el Gobierno, y que está dispuesto a sostenerlo con el voto, más allá de los augurios negativos de los sondeos. A ese formato de ideas responde el retablo de Carolina Stanley anunciando índices de pobreza, con riesgo para su imagen. El Gobierno, en medio del humo del marketing, confía en que tiene crédito suficiente como para que le escuchen una autocrítica. Quizás es más eficaz que mostrarlo a Macri enojado, como ocurrió en el último stand up en el CCK. En tiempos de campaña la oferta explicativa se agota muchas veces en columnas de humo. Por un lado, corren quienes creen tener la llave de la intimidad psíquica de los protagonistas – “Macri cree, Macri teme, Cristina sospecha, Cristina quiere”-, etc. Por el otro lado, quienes se atan a las encuestas, una herramienta fósil en el planeta de los big data que es hoy la política.

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“Yo soy peronista”, mandó Cristina a decir en Córdoba

Ese debate de las dos alternativas, que se ventila en reuniones cerradas como las de Los Abrojos, se produce cuando el peronismo ya funciona como un frente con divisiones tácticas, pero unificado en la estrategia. Una prueba fue la orden del Instituto Patria de desbaratar una lista cristinista en Córdoba. Todavía resuenan en esas paredes los gritos de Cristina para que Pedro Carro bajase la lista, que no quería saber nada con esa orden. “¡Yo soy peronista! No soy la jefa de un partiducho de izquierda. Hay que darle una mano al ‘Gringo’”, etc. Ahí fue cuando mencionó el error de haber intervenido en la elección de Neuquén con un video de apoyo a Ramón Rioseco, que sus adversarios menearon cuando perdió, ilustrando una derrota de ella. ¿Quién cobró? Como siempre, Oscar Parrilli. Cristina había indicado hace más de un año –y se contó en esta columna en su momento– que su fracción no iba a romper a ningún peronismo provincial. Después del fallo de la Corte, que frenó la reelección de Alberto Weretilneck, Cristina tiene que blindarse de nuevos chubascos. Nadie se anima a negar hoy que la nueva candidata, Arabela Carreras, no se quede con el caudal de votos del actual mandatario. Las primeras consultas indican que no han herido de muerte al oficialismo local, y que Martín Soria –representante de Cristina por allí– sea el ganador seguro después del fallo de la Corte. La nueva fórmula intenta asegurar buenas elecciones en Bariloche, de donde viene Carreras, y en General Roca, de donde viene el candidato a vice, Alejandro Palmieri, y donde tiene su poder Soria. De paso, y ya que andan por acá: nadie puede convencerlo a Miguel Pichetto de que la Corte impactó sobre el peronismo de Alternativa Federal, sello en el que se referencian Weretilneck y el riojano Sergio Casas. Visto desde el ángulo partidario –que es como deben verse estos episodios– los fallos benefician, lo quieran o no, al cristinismo, y también a Cambiemos, que patrocinó las demandas por inconstitucionalidad en los dos casos. Con ese lente hay que leer el lema “mayoría peronista”.

El peronismo ya actúa como un interbloque en Diputados

Ahora, con la kriptonita de Lavagna, el peronismo encuentra una herramienta para dividir a sus adversarios. El emblema es la travesía del proto candidato, con el mismo ropaje, por las peñas del radicalismo rancio, el sindicalismo opositor y los despachos dorados del peronismo, como el de Juan Schiaretti, el peronista más poderoso del país. El ariete Lavagna enloquece al oficialismo porque alimenta las quimeras del Triple Play y consolida la unidad del peronismo. Otra prueba, que se agrega al ukase de Cristina sobre Córdoba, es la constitución de un interbloque virtual en Diputados. Este frente legislativo convoca para el jueves a una sesión especial para tratar todos los temas que comprometen al Gobierno, y entre los convocantes están quienes respaldan la candidatura de Roberto Lavagna. Es una sesión que puede tener número para arrancar, pero no los 2/3 para aprobar proyectos de freno de tarifas o cambios al régimen de jubilaciones, que no tienen despacho de comisión. Hasta hoy los promotores de esta sesión ya tienen 105 diputados comprometidos: con eso llegan fácil a abrir el debate. Es una devolución de gentilezas al operativo del Gobierno de arrinconar a los peronistas en la defensa de los corruptos, porque rechazan el proyecto oficial de extinción de dominio. Pura campaña en la que se busca descolocar al adversario.