Diego Maradona en perspectiva histórica: un sitio en el Olimpo

El adiós de Diego ha disparado, por supuesto, toneladas de textos y repercusiones planetarias. Y así, abrumados tanto por la conmoción del momento como por la sucesión de imágenes y recuerdos, volver a la simple “técnica del fútbol” sería un ejercicio reduccionista. Además, interminable. La discusión por “el más grande jugador de todos los tiempos”…

Diego Maradona en perspectiva histórica: un sitio en el Olimpo

El adiós de Diego ha disparado, por supuesto, toneladas de textos y repercusiones planetarias. Y así, abrumados tanto por la conmoción del momento como por la sucesión de imágenes y recuerdos, volver a la simple “técnica del fútbol” sería un ejercicio reduccionista. Además, interminable. La discusión por “el más grande jugador de todos los tiempos” es, a la vez, estéril. No la podrán resolver ni en las mesas de café por el mundo entero, ni en el debate de los panelistas, ni aún en un congreso de científicos (si se les ocurriera hacerlo).

Por citar a cualquiera de los referentes más autorizados en cuanto a la opinión futbolera ─Menotti o Bielsa, Guardiola o Del Bosque, Mourinho o Deschamps─ y más allá de alguna preferencia individual, todos son prudentes y colocan a Diego Armando Maradona en un Olimpo reservado sólo para él, Di Stéfano, Pelé y Cruyff, con Lionel Messi como incorporado en las últimas décadas. Y más justo sería ubicar a cada uno como el referente de “su” tiempo, sus circunstancias y la evolución física y técnica del juego.

Curiosamente, esta discusión no existía medio siglo atrás, en una década del 60 que marcó la hegemonía de Pelé y su consagración como el rey del fútbol. Alfredo Di Stéfano, quien elevó al Real Madrid a su categoría de grande desde mediados de los 50, sólo era reconocido por los españoles ─todavía de segunda línea en cuánto a Selección─ y sus rivales europeos. Tampoco, y simplemente por una cuestión de medios (la tv masiva y la transmisión en directo del fútbol recién asomaban), las imágenes sobre las hazañas del Di y su condición de jugador polivalente, eran escasas.

El tiempo colocó las cosas en su lugar, los mismos expertos hablaron de Di Stéfano como un grande, de Pelé en los 60, la sucesión de Cruyff en los 70 y Maradona, una década más tarde. Hasta que recién los impresionantes récords de Messi y su vigencia en la cumbre del fútbol desde el 87 hasta nuestros días, junto al duelo con otro coloso como Cristiano Ronaldo, los instaló como estrellas en esos niveles, que además trascienden al fútbol.

Si la medida fueran los títulos mundiales, Pelé estaría al tope con los tres que acumuló en sus cuatro participaciones (en el 66, lo barrieron con alevosía y referís mudos en la primera vuelta). Tenía apenas 17 años cuando deslumbró en Suecia 58 para la primera conquista de Brasil, ya era una figura ─pero participó poco por lesión─ cuatro años después en Chile. Y renació con la más deslumbrante exhibición futbolística de una Selección, la que se llevó el título de México 70, complementado por talentos que se movían en igual sintonía: Jairzinho y Rivelino, Gerson y Tostao.

Pelé en una foto con jugando para Brasil contra Venezuela en 1969. Foto AP

Los otros ítems ─técnicos, estadísticos─ que cimentan su grandeza están dados por el ciclo en el Santos (bicampeón de la Libertadores y la Intercontinental), su dominio de casi todas las facetas ofensivas del juego, su poder físico y voracidad goleadora ─le contaron más de mil, aunque muchos entran en el terreno de la leyenda─ en este aspecto solo comparable a un Messi de nuestro tiempo.

Di Stéfano, curiosamente, dispone de una joyita que no pudieron disfrutar ni el mismo Pelé, Diego o Messi: fue campeón de América con la Selección, en Guayaquil 47. Había asomado como una joven estrella en el River imbatible de esa época, antes que el conflicto con los profesionales lo alejara de la Argentina (escala en Colombia, antes de su definitiva consagración en el Madrid cuando ya iba a cumplir 30 años).

Convocado para la Selección de España por el Mundial 62, una lesión lo dejó fuera de juego. Se consagró fundamentalmente por dos aspectos: alrededor de la Saeta Rubia, el Real Madrid se convirtió en una potencia futbolística (ganador de cinco Europeos consecutivos y ocho Ligas en la década que va del 54 al 64) y su polivalencia. Era un decatlonista del fútbol, que llegó a jugar con igual eficacia en todos los puestos ─a excepción del arco, claro─ y que asombraba tanto por su técnica como por su despliegue físico.

Alfredo Di Stéfano,un decatlonista del fútbol, en una foto de 1956. Foto AFP

Johann Cruyff simbolizó la revolución holandesa de comienzos de los 70, primero con el Ajax y luego con la Selección conducida por Rinus Mitchel: la primera vez que se habló del “fútbol total”, aquel donde sus protagonistas no tenían posiciones fijas. Con su gran despliegue táctico, sorprendían y arrasaban rivales. Les faltó el toque definitorio, al ceder la final del 74 ante la experimentada, soberbia y combativa Alemania de Beckenbauer, Breitner y Müller. El elegante estilo de Cruyff lideraba aquella banda que acumuló ocho ligas holandesas, tres títulos europeos y una Intercontinental con el Ajax (su carrera también incluyó conquistas a nivel de clubes en Barcelona y Feyenoord).

De Maradona, poco más puede agregarse a su épica y su grandeza. La conquista del Mundial 86 ─con su performance individual y su liderazgo de equipo─ queda entre las más obras maestras de la historia del fútbol. También, inesperadamente y por el peso de su figura ─arrastrando una lesión en el pie─ la Selección llegó hasta otra final, cuatro años más tarde en Italia.

Johann Cruyff en el campeonato mundial de 1974.

A nivel local, Diego elevó a Argentinos hasta los primeros planos locales, festejó un título con Boca y se marchó a su campaña europea, donde concretó otro de sus hitos: bajo su liderazgo, uno de los equipos de tercer orden de la liga italiana como el Napoli, quebró el dominio de los poderosos. La magia de Diego le permitió a Napoli dos conquistas de Campeonato y una Copa UEFA en competiciones europeas. El sur profundo de Italia elevó a Diego a una condición celestial, una condición que se mantiene hasta nuestros días.

En la misma línea estadística llegamos a un Messi que todavía hoy, a los 33, asombra por su vigencia y sus récords: más de 600 goles para la cuenta del Barcelona, casi 150 con la Selección Argentina. Su nombre está asociado a uno de los mejores teams de la historia, el Barcelona, para el que contribuyó en más de 30 títulos, incluyendo diez ligas españolas, 4 Champions y otras tantas intercontinentales.

Infaltable en la Selección, allí le costó más, pero fue finalista en un Mundial (2014) y dos Copas de América, además de sumar el título mundial junior (al igual que Diego) y un oro olímpico. Si esto no cuenta tanto para los más exigentes, señalemos que Messi está considerado ─muchas veces en el mano a mano con otro formidable goleador como Cristiano Ronaldo─ el top del fútbol mundial desde hace más de una década.

Son cinco protagonistas con semillas en común en común (batallaban desde muy chicos en las canchas de sus barrios), aunque orígenes diversos: Pelé y Maradona venían de las cunas más humildes, uno en Tres Corazones (Minas Gerais) y el otro en Villa Fiorito, el conurbano profundo. Di Stéfano y Cruyff eran hijos de pequeños comerciantes, aunque el holandés perdió a su padre de muy chico y tuvo que colaborar desde chico con su madre en su negocio de frutas. Distintas escuelas futbolísticas (la del Ajax con Cruyff, la de los Cebollitas en Argentinos con Maradona, Newell’s y más adelante la del Barcelona con Messi) ayudaron mucho al desarrollo de aquellos talentos. Pero la génesis, en todos los casos, estaba en una devoción de 24 horas diarias, una verdadera síntesis de cada uno de ellos con la esencia del fútbol.

Juvenal, desde las páginas de El Gráfico, también explicó que uno de los secretos del éxito de cualquiera de los grandes es “el dominio de sus equipos sobre la pelota”. Apuntó: “Con Maradona, Argentina tenía robo. ¿Porque era un superdotado físico? ¿Porque era más veloz, más fuerte, más dinámico y más ágil que sus rivales? No. Porque la pelota era una prolongación de su anatomía y la manejaba con una facilidad casi insultante. El gran valor de esa conquista que llegó gracias al genio de Maradona fue que cada uno de los factores que sustentan el fútbol recobró su auténtica dimensión, su verdadera importancia”.

Un aspecto distintivo de quienes sostienen la preeminencia de Diego es que triunfó desde la adversidad: desde su propio genio construyó la grandeza de sus equipos, aún cuando a veces no le rodeara tanta calidad. Esto es parcialmente injusto, ya que la Selección Argentina del 86 contaba con otros jugadores de nivel internacional. Pero lo cierto es que Bilardo concretó allí uno de los secretos como fue “encontrar el equipo”, su espíritu y su personalidad en el momento justo.

Maradona, como DT, junto a Lionel Messi en Sudáfrica 2010. Foto Reuters.

“Cuando arrancamos con Corea no sabíamos si podríamos ganar. Pero un mes después, al entrar a la final con Alemania, estábamos convencidos que nunca podríamos perder”, escribió Valdano en Sueños de Fútbol. En el caso de Napoli, especialmente en los primeros tiempos, Maradona no tenía un acompañamiento a la altura de su nivel. Messi sí disfrutó de esa compañía, lo tenemos muy fresco con la línea media que formaban Inietsa-Xavi- Busquets o la poderosa ofensiva Suárez-Neymar.

Pelé primero, pero Maradona después y en una forma abrumadora, se convirtieron en fenómenos sociales, un rol al que ni Di Stéfano, Cruyff ni ─mucho menos Messi─ aspiraron. El brasileño queda asociado a la época en la que el fútbol se consolida como espectáculo de masas, universal, televisado, hasta transformarse en una verdadera industria. Pero Maradona, en ese sentido, alcanza una escala infinita, con todos los atributos de un rockstar. Su hazaña y su tragedia.

La discusión, como apuntábamos, será estéril. (O alguien planteará ¿Mozart o Beethoven? ¿Leonardo o Miguel Angel? ¿Vermeer o Rembrandt? ¿Verdi o Puccini? ¿Nureiev o Vassilev?… y siguen los genios). Diego Armando Maradona alcanzó esa condición de artista supremo en su juego. En esa belleza de su concepción artística y su voluntad de triunfo, en la felicidad que le regaló a tantos millones a partir de su talento y su carisma, permanecerá su legado. Eterno.

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