Los rituales de la muerte que el COVID-19 cambió: protocolos, el miedo al contagio y un sistema al límite

La segunda ola de coronavirus suma unas 500 muertes diarias a las estadísticas de la Argentina. Cifras que se agolpan en un número que no para de crecer y que dejan al país al borde de las 90 mil víctimas fatales en solo 470 días, desde que se registró el primer deceso por la enfermedad,…

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La segunda ola de coronavirus suma unas 500 muertes diarias a las estadísticas de la Argentina. Cifras que se agolpan en un número que no para de crecer y que dejan al país al borde de las 90 mil víctimas fatales en solo 470 días, desde que se registró el primer deceso por la enfermedad, el 7 de marzo de 2020.

Aunque el Ministerio de Salud aún no procesó los números del 2020, los partes diarios permiten entrever el gran impacto que tendrá la pandemia: el año pasado se registraron 47.974 muertes vinculadas al coronavirus; en el primer trimestre de 2021, unas 40.000.

Según datos de la cartera que dirige Carla Vizzotti, en 2019 -antes de la pandemia- hubo 341.728 fallecimientos. Las enfermedades del sistema circulatorio (97.264), tumores (64.997) y enfermedades del sistema respiratorio (61.979) ocasionaron la mayoría. De continuar la tendencia, el coronavirus se ubicaría entre las principales causas de muerte en el país.

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En las morgues y cementerios el incremento se respira. También el miedo. El peligro de contagio para los que retiran y trasladan los cuerpos es alto, según estableció el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en sus guías para el manejo de cadáveres relacionados al COVID-19.

El sistema nunca colapsó, pero permanece en máxima tensión. “Está al límite”, advierte Daniel Ferreyra, director del Grupo Jardín de Paz. “Este año, respecto del pasado, se incrementó en cuatro veces los cuerpos COVID que recibimos”, agrega Carlos Tortolano intendente de Memorial, en Pilar.

Salvador Valente, secretario gremial del Sindicato Obreros y Empleados de los Cementerios de la República Argentina (SOECRA), observa un 20 por ciento más de inhumaciones y cremaciones en establecimientos públicos, previo a la pandemia. Nota, además, que crecieron las cremaciones y que entre el 30 y 40 de los cuerpos que reciben son COVID.

En la morgue de un sanatorio porteño, Walter Asensio estima los mismos porcentajes y, con el frío, esperan un incremento. Sin velatorio y a cajón cerrado, el coronavirus arrancó la posibilidad de despedirse. Una tendencia que crece: la cremación.

“En la morgue el coronavirus está respirándome en la nuca”

Abre la heladera, retira uno de los cuerpos envueltos en bolsas de 200 micrones y baja el cierre hasta la clavícula. Retira un tubo endotraqueal y la sonda nasogástrica. Apunta con la cámara en dirección al rostro, mientras sostiene una hoja con el nombre del paciente, DNI y número de precinto. Toma la foto y vuelve sobre sus pasos. Lo hace en soledad, en la morgue de un hospital y de frente a un virus al que le teme el mundo entero.

Aunque varía según la jurisdicción, el objetivo de la técnica es que familiares y allegados constaten la identidad del fallecido sin tener contacto con él. En la Ciudad de Buenos Aires, el reconocimiento se hace a través de una fotografía.

“El equipo de bioseguridad consta de un mameluco entero, botas descartables, tres pares de guantes, mascarilla N95, barbijo quirúrgico, antiparras anti empaño para que se pueda ver y el protector facial”. Así Walter Asencio, coordinador de morgue, describe el traje que lo protege del virus . “Cuando yo abro la bolsa, el cadáver está liberando al ambiente virus, por eso tengo que usar todo esto para sacar la foto”, explica.

Antes de hacerlo, el técnico “humaniza” el cuerpo: retira todos los rastros de elementos médicos que aún permanecen en las vías superiores de los pacientes. “Así parece una persona dormida”, dice. Y reconoce: “Lo que hago va más allá de esperar y entregar cuerpos. Ahora se ve la importancia que tiene y en este momento es más esencial que nunca. Mi trabajo es garantizar la identidad del cuerpo que se llevan los familiares. Si se cometen equivocaciones en otros hospitales es porque el personal no está capacitado”, sentencia.

Walter Asensio debe manipular cadáveres COVID-19 para su reconocimiento. (Foto: Walter Asensio).

El trabajo de Asencio no empieza ni termina con el registro fotográfico. “Estoy conectado con el hospital todo el día. Me levanto y veo los mensajes de los cadáveres que hubo durante la noche. Una vez que constato que los médicos ya hablaron con los familiares, me comunico con ellos para coordinar el horario del reconocimiento. Yo trabajo de 14 a 20, así que durante la mañana hago las llamadas. Cuando llego al hospital preparo todo el equipo. En este momento, desde que llego hasta que salgo, no paro un minuto”.

El agotamiento, al igual que los contagios, no cede. “Todos tuvimos en algún momento una situación de colapso. Durante 2020, tuve 15 en un fin de semana. Ahora estoy teniendo tres por día. Desde que empezó esta segunda ola, vengo trabajando sin descanso”.

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Y las controversias con los familiares no son una excepción. “Les digo que van a ver una foto tipo carnet a través de una pantalla de computadora. Siempre surge la pregunta si ellos pueden ingresar a verlo y la respuesta es “no”. Algunas personas no lo entienden y quieren entrar igual. Otros se quejan y dicen que el COVID no existe. Pero cuando vienen, generalmente, ya aceptan la situación. He recibido amenazas en el momento del reconocimiento porque me piden alguna pertenencia y yo no puedo manipular el cuerpo para sacarle un anillo, por ejemplo”, relata Asencio.

Walter Asensio, coordinador de morgue

Algunas personas no lo entienden y quieren entrar igual. Algunos se quejan y dicen que el COVID no existe.

Era una nueva enfermedad y no se sabía si los protocolos iban a servir. En lo personal, el virus me obligó a aislame de todos mis afectos. Estuve desde finales de marzo hasta septiembre, solo, sin ver a nadie. Cuando empezó a caer la curva, no tuve un solo caso en diez días y ahí me fui aflojando. Pero al salir a la calle y encontrar a la gente sin barbijo, como si nada, me empezaron a agarrar ataques de pánico bastante fuertes”, confiesa.

En ese sentido, Asensio se detiene: “Uno trabaja tanto con la muerte que busca la mejor manera de protegerse y mecanismos para sobrevivir, de forma inconsciente. Una persona que no está en contacto con cadáveres diariamente no sabe lo que es estar todo el día con el COVID respirándote en la nuca”.

“Los familiares se agolpaban en la reja, pero no los podíamos dejar pasar”

Adrián Molina trabaja hace 9 años en la cochería del grupo Jardín de Paz, en Belgrano. “Cuando tenemos un caso COVID, se activa el protocolo. Preparamos todos nuestros elementos para ir totalmente cubiertos. Al llegar a la clínica u hospital, nos hacen ingresar, nos cambiamos con nuestros trajes, con el material de desinfección, entramos a la morgue y efectuamos el retiro. Siempre tiene que salir dentro del ataúd ya cerrado”, enumera sobre la actividad que realiza y que es considerada de alto riesgo.

“Vos tenés que estar siempre predispuesto para hacer esta tarea y, con el tema de la pandemia, se hace mucho más peligroso. Además, se incrementó el trabajo en el día a día y, al haber compañeros que se contagian, hay menos gente. También está el miedo a volver a casa… Antes salías a hacer tu trabajo y sabías que no te iba a pasar nada”, dice el chofer de la ambulancia que traslada los cuerpos hacia el cementerio.

Claudia Arias presta atención al cliente en la misma empresa. Parte de su tarea es brindar contención. “Se hace difícil explicar a la familia que no hay un velatorio y que el cajón no puede estar abierto. La pandemia te quita ese último contacto que tenés con tu familiar. No estamos preparados para asumir las pérdidas y es duro encontrarse que no le vas a poder dar el último adiós a un ser querido”, indica sobre su experiencia.

“El Gringo” Aguirre se pone en el lugar de los familiares, pero pide respeto. (Foto: captura de video).

El riesgo que se presenta en el velatorio o la inhumación es por la aglomeración de personas. Por esa razón, tanto en la mayoría de los cementerios privados cómo públicos permiten el ingreso de hasta cinco o seis personas. En algunos, lo impiden. “Hay gente que se encapricha y quiere entrar, hemos tenido discusiones”, cuenta Ariel Pare, director del cementerio de Morón que intenta que las despedidas sean lo más cuidadas posible, pero muchas veces los deudos logran colarse por entradas secundarias.

Es muy doloroso y es complicado decir que no, porque no es muy bien aceptado”, agrega Carlos Tortolano de Memorial, uno de los cementerios privados más exclusivos del país. “Entendemos que quieran hacer un homenaje. Nos ponemos en la piel de los familiares de los fallecidos, pero algunas veces es muchísima la cantidad de gente que quiere entrar. Es una situación muy difícil de manejar”, agrega Salvador Valente, empleado del sector público.

“Es evidente que subió la cantidad de fallecidos. Al principio de la pandemia, para decirlo crudamente, no se moría tanto. ¿Por qué? No nos movíamos, estábamos todos en casa, no había accidentes, ni choques. Entonces, bajó la cantidad de fallecidos. Hoy creció exponencialmente porque se retomó el ritmo y la gente se muere de lo que se moría antes más COVID. Tenés un fallecido tras otro y esto suma un estrés laboral”, señala el representante de los trabajadores del sector.

Claudia Arias, empleada de una cochería

Es duro encontrarse que no le vas a poder dar el último adiós a un ser querido.

Fabián “Gringo” Aguirre tiene 13 años de experiencia en el rubro. “El temor se da más por nuestras familias” y señala el equipo de protección que lleva puesto: “Uno atiende un servicio y, por más que usemos esto, es un virus y si queda en el aire es un problema. Hay que estar en este lugar”. Y agrega: “Hacemos un trabajo que ya es insalubre y ahora tenemos esto. La semana pasada tuvimos 16 servicios. Entiendo que hay que despedir a un familiar, pero si hay respeto sería mejor porque hay gente que se enoja si le decís que no”.

“El Gringo” y sus compañeros, entre ellos Julio Policela, recuerdan las primeras imágenes que dejó la pandemia: los familiares se agolpaban detrás de la reja, pero no podían pasar. “Uno se pone mal, porque también es un ser humano”, se lamentan.