Eutanasia: es argentino, ayudó a morir a una mujer, lo condenaron en España y lo llamaron el “Dr. Asesino”

Antes de cargar la jeringa con cloruro potásico para detener el corazón de Carmen Cortiella, de 82 años, Marcos Hourmann pensó en sus padres. Su madre había fallecido décadas atrás luego de años de diálisis y su padre al poco tiempo sufrió un ACV que lo paralizó hasta el día de su muerte. “Mi padre…

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Antes de cargar la jeringa con cloruro potásico para detener el corazón de Carmen Cortiella, de 82 años, Marcos Hourmann pensó en sus padres. Su madre había fallecido décadas atrás luego de años de diálisis y su padre al poco tiempo sufrió un ACV que lo paralizó hasta el día de su muerte. “Mi padre no soportó perderla, se enfermó y tuvo una muerte muy indigna que le llegó recién dos años después”, recuerda Hourmann. Y ahí estaba él, frente a la señora Cortiella, que mientras agonizaba en la camilla le decía que no quería seguir viviendo: “Carmen lamentaba que su hija estaba sufriendo mucho por verla así”, agrega.

Hourmann, hoy de 62 años, es argentino. Estudió medicina en la Universidad de Buenos Aires y en 1989 se fue a vivir a Barcelona. Así empezó su camino hacia ese 27 de marzo de 2005, cuando él era jefe de guardia en un hospital de Tarragona, una ciudad portuaria en la región de Cataluña, e ingresó Cortiella con un infarto agudo de miocardio, cáncer de colon, una hemorragia digestiva y una diabetes descompensada.

“Llegó a las 2 de la mañana en una situación de salud muy compleja. Traté durante horas de sacarla adelante, pero Carmen tenía una falla multiorgánica. Le comuniqué a la hija que ya no había nada por hacer y ella firmó que aceptaba que la sedemos, y eso hice. Pero a los 50 minutos me volvió a llamar la enfermera porque Carmen se estaba ahogando. Fui a la habitación y la hija estaba muy mal por el padecimiento de su madre. Ese momento me quedó grabado en la mente. Me acordé de mi papá. Le pregunté a la hija si quería que terminara con todo, me dijo que sí, y le aplique una inyección de potasio que le generó un paro cardíaco. El sufrimiento humano no tiene sentido si ya luchaste, si ya no hay nada por hacer. Entonces no pensé en nada más y lo hice”, describe Hourmann.

Marcos Hourmanngentileza:

Pasaron dos meses desde que Hourmann aceleró la muerte de Cortiella hasta que la enfermera que lo había acompañado esa noche lo denunció frente al director del hospital. “Yo no me llevaba bien con los médicos del hospital. El director me dijo que me iban a echar, pero no solo me echaron, sino que el director también me denunció como asesino. Lo llamativo es que la hija y el hijo de Carmen no me acusaron de nada, ambos se negaron. Pero la denuncia fue creciendo y, a partir de ahí, mi vida entró en un tsunami que dura hasta el día de hoy”, lamenta Hourmann.

Él intentó seguir con su vida a pesar de la denuncia. Vivía junto a su esposa, Yolanda, y su hijo, que en ese momento tenía cuatro meses, pero la muerte de Cortinella lo perseguía a donde fuera.

“Yolanda ya sabía lo que había pasado, ella siempre me da la palabra justa. Tratamos de seguir con nuestras vidas, pero me perseguían por todos lados y tuve problemas en otro hospital en el que había empezado a trabajar. Como en el pasado había trabajado en Inglaterra, decidimos mudarnos para allá”, relata Hourmann.

El proceso judicial finalizó en 2009 con un acuerdo entre la fiscalía y la defensa mediante el que acordaron reducirle la pena de 10 años a uno si se declaraba culpable de “homicidio imprudente”. Como no tenía antecedentes penales, pudo evadir la cárcel, no lo inhabilitaron para ejercer y continuó con su vida en el Reino Unido.

Marcos HourmannGentileza: Marcos Hourmann

“En Inglaterra estaba trabajando como médico de urgencias y como médico forense. Esos trabajos los conseguí omitiendo todo lo que había pasado en España”, admite Hourmann.

Su vida empezaba a rearmarse. Pero un año después de cerrar ese acuerdo en el que se declaró culpable de un hecho que él considera un acto de piedad, un investigador del periódico The Sun tocó su puerta.

“Alguien le vendió mi historia a The Sun por 10.000 libras. Era el día de mi cumple de 50, me tocaron la puerta, me dijo que era un detective de Rupert Murdoch y me preguntó si la historia que le habían vendido era verdad. Ese periódico es conocido por ser amarillista. Y en octubre de 2010 salió el titular: “Killer Doc worked in UK hospitals” (“El Dr. Asesino trabajó en hospitales del Reino Unido”). Y todo se fue de nuevo al demonio, a las 24 horas me echaron de todos mis trabajos. Al ver ese titular sentí el mismo dolor que cuando me denunciaron”, recuerda Hourmann.

Ese año decidió volver a Cataluña, incluso casi regresa a la Argentina. La condena judicial y la historia publicada en el periódico eran una mancha que no le permitían continuar. Y así pasaron seis años hasta que decidió contar su historia en un programa de la televisión catalana.

Marcos HourmannGentileza: Marcos Hourmann

“Tenía una mochila muy pesada. Me ofrecieron esa entrevista en un programa que era muy visto, sabía que me verían millones de personas. Yolanda me dijo que si no lo hacía me iba a arrepentir. Y ese día decidí no esconderme más. Luego de eso cambió todo y surgió la posibilidad de hacer una obra de teatro que llamamos Celebraré mi muerte, en la que cuento mi vida. Incluso me gustaría llevar la obra a la Argentina”, indica Hourmann.

Él fue un militante involuntario en una causa que muchos reclamaban, el derecho a morir dignamente. En España hubo varios casos conocidos, como el de Maribel Tellaetxe, una vasca que tenía Alzheimer y le había solicitado a su familia que le permitiera morir el día que ella no se acordara más del rostro de sus hijos. Su historia fue difundida con un documental llamado La Promesa, en el que la familia destaca que “la vida es un derecho, no una obligación”.

Otro caso importante fue el de Ángel Hernández, que en 2019 ayudó a suicidarse a María José Carrasco, su esposa, que llevaba tres décadas inmovilizada por una esclerosis múltiple.

Finalmente, el 18 de marzo de este año España aprobó la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia. De este modo, se convirtió en el séptimo país del mundo, junto con Colombia, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Canadá y Nueva Zelanda, en despenalizarla.

“Yo soy un activista de la vida, y la vivo intensamente. Por eso sufrí mucho también. Yo no fui un activista de la muerte digna, pero creo que cada uno debe decidir. No hay que morir como el otro quiere, hay que morir como uno quiere. Por qué tengo que morir con Alzheimer, haciéndome encima y sin poder moverme. Desde que está esa ley yo vivo más tranquilo. Nadie se quiere morir, uno quiere vivir, pero el dolor es intransferible, hay que respetar que hay personas con un dolor tan extremo que ya no quieren seguir”, concluye Hourmann.

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