Una política de Estado para el campo ¿a la vuelta de la esquina?

En medio de la profunda crisis que padecemos los argentinos, con casi la mitad de la población con necesidades básicas insatisfechas y casi todo el resto también empobrecido, sin combustible para trabajar y transportar comida, ni un horizonte de soluciones a la vista… pareciera que todo lo esperable es peor… Venimos en un elocuente tobogán…

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En medio de la profunda crisis que padecemos los argentinos, con casi la mitad de la población con necesidades básicas insatisfechas y casi todo el resto también empobrecido, sin combustible para trabajar y transportar comida, ni un horizonte de soluciones a la vista… pareciera que todo lo esperable es peor… Venimos en un elocuente tobogán decadente, y pocos pueden un cambio de tendencia.

Pero esta semana, aun en medio del frío borrascoso, se insinuó una luz al final del túnel. Fue en la reunión de la Comisión de Agricultura de la Cámara de Diputados, a la que asistió el ministro Julián Domínguez -representante del Gobierno en el área- que tejió puentes con legisladores opositores –también participaron oficialistas- y directivos ruralistas con los que ya venía debatiendo la Ley de Fomento Agrobioindustrial anunciada por el presidente Alberto Fernández y la vicepresidenta Cristina Fernández el año pasado.

¿Qué es lo interesante que pasó ahí, en esa institución que lamentablemente tiene poca credibilidad? Se respiró una voluntad acuerdista, lejos de la grieta habitual, para impulsar esa normativa.

“Cuanto más difícil es la situación, más urgente es la solución”, reflexionó con pragmatismo Ricardo Buryaile (UCR), el presidente de la comisión convocante, e impulsor del eventual aval opositor a la iniciativa.

El dirigente formoseño, ex ministro de Agroindustria entre 2015 y 2019, planteó que “hay que generar previsibilidad. Hay discusiones para saldar todavía, pero a todos nos conviene un acuerdo y si este proyecto de ley se modifica para que sea viable la oposición acompañará”.

Domínguez aseguró que “el mejor mensaje que puede recibir la Argentina, los productores y las cadenas de valor, es que construyamos consensos para generar inversiones, empleos e industrializar la ruralidad”.

En ese sentido, indicó que la iniciativa es “una construcción colectiva, surgida desde el sector privado y articulada con el público”, que “recoge el sentimiento federal para que Argentina pueda impulsar la estrategia de generación de valor”.

Desde el Consejo Agroindustrial Argentino (CAA) plantearon que el objetivo general del proyecto de ley es “fomentar el desarrollo agroindustrial, mediante el incremento de la inversión, el empleo y la producción”. Apuntan que el conjunto de medidas propicie, en 2030, exportaciones por US$100.000 millones anuales y la generación de 270.000 puestos de trabajo.

“Puede tener impacto en todas las actividades agroindustriales, y particularmente en las de las economías regionales”, dijo José Martins, vocero del Consejo. Y agregó que se busca un desarrollo sostenible, porque Argentina tiene el potencial de consolidarse como un líder en el comercio internacional de alimentos de origen animal y vegetal, alimentación animal y exportador de biocombustibles y tecnologías del ecosistema agroalimentario”.

Alfredo Paseyro, director ejecutivo de la Asociación Semilleros Argentinos (ASA) y coordinador en el CAA de esta iniciativa, destacó: “El proyecto de fomento al desarrollo agroindustrial es un gran ejemplo del diálogo y el trabajo conjunto entre los distintos representantes del sector agroindustrial y el Estado”.

Debe tenerse en cuenta que ruralistas de la Mesa de Enlace y autoconvocados cuestionaron la iniciativa pero la mayoría no pondría objecciones si hay avances concretos que potencien al motor de desarrollo del país.

Incentivos, el concepto “zanahoria” en vez del “garrote”

El actual proyecto de ley de “Fomento AgrobioIndustrial” estipula amortizaciones aceleradas y beneficios fiscales para nuevas inversiones, compras de semillas y fertilizantes, devolución del IVA para inversiones especiales y cambios en el sistema de valuación de hacienda para el pago del Impuesto a las Ganancias.

Domínguez destacó que el proyecto es “un estímulo adicional a la ganadería”, ya que establece modificaciones en la valuación de hacienda del Impuesto a las Ganancias. Indicó que se trata de “herramientas que se suman al Plan GanAr”, que lanzó la cartera agropecuaria en articulación con las provincias. “El objetivo es producir más y mejor carne. Queremos más animales por madre, queremos más carne por animal. Aumentar el nivel de productividad y aumentar el peso por animal”, sostuvo.

En esa línea se inscribe el impulso del Banco Central a los plazos fijos chacareros, para que se liquiden exportaciones con la promesa de los que los productores conservarán la cotización en dólares de sus granos. De la cosecha de soja que acaba de concluir, se comercializó la mitad.

Los productores pueden confiar o no en esa herramienta, por hora sólo ofrecida por el Banco Nación, pero está claro que es un incentivo y no otra modalidad de presión fiscal. Quizás se empiece a entender que “si en vez de garrote se probará más con zanahoria”, el campo probablemente respondería con mayor producción.

La necesidad alumbra escenarios políticos inesperados 

El telón de fondo es que estamos en un momento político especial en el que ni oficialismo ni oposición pueden prescindir del campo: eso explica, más allá de algunas frases para la tribuna, que Alberto y Cristina Fernández, Julián Domínguez, Daniel Scioli y los dirigentes más visionarios de la oposición coincidan en que si no se apoya a la producción de base rural se pone en riesgo la “gallina de los huevos de oro”, que sostiene la economía del país y mantiene regulares niveles de actividad, especialmente en el interior.

La perspectiva no plantea dudas. Todos saben que el año que viene, sea quien sea al que le toque estar en el poder, dependerá del dinamismo económico de la agroindustria. Y entienden que aunque se se trate de medidas parciales y queda pendiente el debate por las retenciones y el uso de esos fondos en infraestructura en las zonas de producción, un impulso fiscal a la fertilización, al uso de mejores semillas y a inversiones ganaderas de mediano plazo, entre otras medidas, serían un soplo de aire fresco.

Está claro que no estamos hablando de solucionar todos los problemas argentinos. Pero puede ser un primer paso en un camino de recorrido largo, con un eje estructural de reglas claras y estables para avanzar, quizás, en forma sostenida.

La necesidad tiene cara de hereje, alumbra escenarios inesperados, y este puede ser uno de ellos.

No se trata de ser ingenuos, menos aún en los vericuetos insondables de la mezquina política argentina. Pero sin mirar para adelante, es difícil avanzar. A la par del recomendable pesimismo de la inteligencia, es necesario –enseñó Antonio Gramsci- poner un poco del optimismo de la voluntad… Peor no podemos –en rigor, no debemos-, estar…

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