lunes, 26 febrero, 2024
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Cuando los Grammy hicieron callar a Frank Sinatra: historia del corte más infame de la historia de los premios

La gala 36° de los Premios Grammy, celebrada hace 30 años, es una perfecta cápsula de su tiempo. Whitney Houston arrasó con El guardaespaldas y ejecutó tres canciones seguidas de forma perfecta, estableciendo un peligroso precedente para el futuro: cada vez que no lo hacía así de perfecto, decían que lo hacía mal. Gloria Estefan se convirtió en la primera mujer latina en cantar en español en la gala (antes lo había hecho Linda Rondstant, pero ella no era latina). U2 ganó el galardón a mejor álbum alternativo porque aún existía el término alternativo y se lo podían dar a un disco que había vendido siete millones de copias. Pero la gala es recordada entre el público de todo el mundo que estaba viéndola en directo (solo en Estados Unidos fueron 24 millones de personas) por ser la noche en que hicieron callar a Frank Sinatra.

Sinatra era el gran homenajeado de la velada. A sus 79 años, el cantante estaba alejándose de los escenarios, pero paradójicamente acababa de publicar dos de sus álbumes más vendidos, Duets y Duets II, con los que allanó el camino para que posteriormente decenas de artistas en su otoño profesional arrasasen en ventas con un truco tan vago como efectivo: repasar su catálogo con cantantes más jóvenes. Uno de ellos, Bono, de U2 (con el que cantaba una versión de “Under my skin”), fue el encargado de presentar el Grammy Legend Awards, que se entregaba desde 1990 y antes habían recibido Liza Minnelli, Johnny Cash, Michael Jackson o Aretha Franklin.

Cigarro en mano, Bono dio un discurso que fue bien recibido y comenzó hablando de sí mismo (”A Frank Sinatra nunca le ha gustado el rock ni es muy admirador de los tipos que llevamos aritos”), para describir luego al homenajeado como “el jefe de todos los jefes”. “Un hombre más fuerte que el Empire State, mejor conectado que las Torres Gemelas, tan reconocible como la Estatua de la Libertad y prueba viva de que Dios es católico”.

Sinatra salió al escenario de esmoquin, con pañuelo rojo en el bolsillo, visiblemente emocionado. Entre el público, aplaudían Liza Minnelli, Tony Bennet, Aretha Franklin y Sting. Con la voz entrecortada, el cantante explicó que ese aplauso era “la mejor bienvenida” que le habían dado nunca y que el galardón le serviría para agarrarse a él “cuando el viento” soplara, para que no lo arrastrara. Cuando el público volvió a aplaudir, él bromeó: “Estos son más aplausos de los que se llevó Dean [Martin] en toda su carrera”. Después, siguió haciendo bromas a la altura de su leyenda: “¡Mucha sequía ahí dentro! [refiriéndose a la parte trasera del escenario]. Ni una sola persona se acercó a ofrecerme un traguito”. Pidió a su esposa, Barbara, que se levantara y le dijo: “Te quiero. ¿Tú me quieres? Yo te quiero por dos”. Después se lamentó de que no le hubieran puesto una orquesta para cantar y se congratuló de estar en Nueva York, “la mejor ciudad del mundo entero”. Y entonces, un plano del público, el cartel de los Grammy 1994, y paso a publicidad. Cuando la gala volvió a los televisores, Frank Sinatra ya no estaba allí.

No había redes sociales para que la gente pudiese ir en masa a preguntar qué había sucedido ni quejarse etiquetando a la cadena, pero el corte fue tan brusco y el desplante hacia una leyenda tan evidente, que la propia gala respondió, se convirtió a la vez en generadora de conversación y conversación en sí misma. El presentador, el hoy fallecido Garry Shandling, dijo: “Antes de continuar, creo que estarán de acuerdo conmigo en que Frank Sinatra debería haber podido terminar su discurso. Ha sido un triste error. Esto es televisión en directo y estoy seguro de que el señor Sinatra se vengará de nosotros cortando este programa en otro momento. Así que demos otro aplauso al señor Sinatra y sigamos adelante”.

Pero no ocurrió. Shandling presentó, tras esta disculpa apresurada de la organización, a Billy Joel, que iba a interpretar “River of dreams”. En la canción original, tras un puente tras el segundo estribillo, la música se detiene durante unos dos segundos antes de volver al estribillo y llegar a su final. La pausa se repitió en la actuación en directo en los Grammy, en la que Joel estaba acompañado en el escenario de un coro góspel y músicos en directo. Pero no duró dos segundos, sino 23, una eternidad para una gala de premios de escaleta milimetrada. Durante esos 23 segundos, Billy Joel miró su reloj y exclamó al micrófono: “¡Tiempo valioso para la publicidad que se escapa! ¡Tiempo valioso para la publicidad que se escapa! ¡Dólares, dólares, dólares!”. El aplauso del auditorio entero y de los músicos que compartían escenario con él fue unánime. Entendieron la broma. El desplante de los Grammy a Sinatra fue el trending topic de la noche dentro y fuera del Radio City Music Hall de Nueva York, antes de que el trending topic se inventase.

Frank Sinatra, en una performance en el año 1966

La idea de Joel hablando con sus músicos entre bambalinas para cambiar esa parte de la canción en cuestión de minutos (el desplante a Sinatra y su actuación iban muy pegados en la gala) y rehacer un show para incluir una protesta es demasiado buena para ser cierta… Tanto, que no lo es. En una entrevista con el periodista Marc Allan ese mismo año, el cantante reconoció que “la idea estaba ahí antes de que sucediera lo de Sinatra. “En los ensayos del día anterior a los Grammy nos habían pedido que redujéramos la duración de la canción para la televisión. Me dijeron: ‘Nos gustaría que la acortaras 30 segundos’. Les respondí: ‘¿La van a nominar a mejor canción del año y ahora me decís que es demasiado larga?’. Acepté, ¡esto es televisión! Hay que pensar con su mentalidad”. En la entrevista, Joel (que en febrero publicará su primera canción rock, precisamente desde ese “River of Dreams” de 1994) se lamentaba del funcionamiento de los premios: “¿Por qué no dan Grammy a artistas interesantes y menos conocidos? Porque los anunciantes no conocen sus nombres. Quieren premiar a artistas famosos para poder vender la publicidad muy cara”.

Sobre su protesta en directo, cuando detuvo la canción durante 23 segundos, Joel explicaba: “Ya estaban nerviosos con esa pausa durante los ensayos. Habíamos eliminado partes del principio y del final, pero me parecía importante aferrarme a ese pequeño silencio en medio de la canción”. Pero tras el gesto con Sinatra, no solo lo mantuvo, sino que le añadió 20 eternos segundos. “Fue una especie de desafío. ¡Atrévanse a interrumpirme a mí también en medio de mi canción, la que nominaron a Canción del año, Álbum del año y Mejor interpretación vocal pop masculina del año! Creo que si también me hubiesen cortado a mí, se hubiesen pegado un tiro en el pie”.

Sinatra, junto a Bob Dylan y Bruce Springsteen, en su cumpleaños número 80Bei/Shutterstock

El boicot de Billy Joel funcionó, de alguna manera: acabó teniendo 4:14 minutos para cantar su canción, una eternidad en los tiempos actuales. Justo eso, 4:14 minutos, era la duración media de una canción pop de éxito en los noventa. En la década actual bajó a los 3:15. Joel tuvo más tiempo para cantar “River of Dreams” que Sinatra para agradecer aquel premio a toda su carrera (cuatro minutos justos, ¡apenas 20 segundos más que los que dieron a Bono para presentarlo!). Los Grammy dieron al día siguiente algo más parecido a una excusa que a una disculpa. Mike Greene, entonces presidente de la organización, aclaró a Associated Press que el corte no fue decisión de los productores, sino de una asistente del señor Sinatra, que pidió a los productores que cortasen al artista. “Se dieron cuenta de que se lo estaba pasando muy bien y temieron que se pasase hablando una hora”.

Las escaletas (del guion) son milimétricas, pero los artistas (y sus equipos) son impredecibles. Las lecciones que suelen dejar las galas de premios televisadas es que, tras 70 años emitiéndolas (los Oscar de 1953 fueron los primeros emitidos por televisión), aún nadie sabe muy bien cómo hacer una perfecta. Sean los Grammy, los Oscar o los Goya, sus responsables saben que al día siguiente caerá un chaparrón de críticas. La buena y la mala noticia es que probablemente no importa mucho: según los datos de audiencia, las galas de premios interesan cada vez menos.

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