jueves, 18 julio, 2024
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Estanislao Bachrach: Fue mi cuerpo el que me dio la señal de alarma para cambiar de vida

Perderse es fácil. Lo fue para el conductor que me llevó hasta la casa, en un barrio cerrado, donde hicimos la entrevista con Estanislao Bachrach. A pesar de las indicaciones en la entrada del lugar y de la propia guía por whastsapp de Bachrach, el conductor se vio desbordado por las vueltas y los caminos que le parecían todos similares. Tanta impotencia le produjo las vueltas sin fin que frente al volante pensó que se trataba de un laberinto del que no iba a poder escapar. Temió por su salida y ante el miedo decidió dejarme a varios metros del punto de encuentro. Bajo la sombra, al resguardo del calor y del castigo del sol, Estanislao espera. A lo lejos parece estar meditando. O quizá es solo la idea o la mirada de quien llega urgida. Pienso en el hombre que pisó el acelerador para escapar del “laberinto” sin darse la oportunidad de detenerse y mirar. O como dice Bachrach en ZensorialMente (VR Editoras) su último libro: “Tus posturas, gestos, movimientos y sensaciones internas influyen, afectan e impactan en quién sos, cómo pensás, cómo sentís y todo lo que hacés en tu vida”.

Ya en el interior de la casa, separados por una mesa ratona, el gran living luce con una hermosa luz natural que acaricia cada rincón. Un espacio amable, lejos de desórdenes, esos que pueden resultar contagiosos en el desorden mental. En la biblioteca, colocados uno al lado del otro están los libros de su autoría y que bien podrían resumirse como los diarios de vida de Bachrach, el biólogo molecular, especializado en el estudio de la mente, porque cada uno de esos títulos narra las búsquedas de su vida. Allí están ÁgilMente (2012), EnCambio (2014), En el limbo (2020), ZensorialMente (2023) y Random (2016), por ahora su única ficción.

En su nuevo libro propone una bitácora para explorar la inteligencia sensorial. Manuel Cascallar

“Cada libro es un momento de quiebre, algunos con momentos más intensos, incluso la novela que escribí y que mucha gente no conoce. Fue mi primer libro –aclara–, la escribí mal, porque no soy escritor y menos de ficción, me ayudaron en la editorial. Fue mi primer gran momento de quiebre, escribir fue una especie de terapia, donde saqué lo que iba sintiendo. Cada libro, como te decía, es un momento de quiebre y los tengo identificados. Por suerte, a medida que avanza la vida los quiebres son menos violentos, menos dolorosos, menos sufrientes, menos intensos, con menos impacto en el cuerpo y menos duraderos y eso es un montón”.

Aquella historia, la de su novela de ficción que no de manera casual tituló Random (vocablo inglés muy utilizado en la ciencia para denominar procesos al azar, aleatorios, accidentales), Estanislao dio vida a Esteban Rach, un hombre frágil, inseguro, vulnerable, perseguido por misterios familiares irresueltos. Entre ellos, el asesinato de su abuelo, que presenció cuando era un preadolescente de 11 años. En el transcurrir, se entreteje una trama policial con las vivencias de este hombre –podría decirse su álter ego– que navega por “el lado B de la ciencia” y donde explora aquellos años que lo tuvo como biólogo molecular. Lo que se narra desde el lugar de la ciencia, a pesar de ser un texto de ficción, es rigurosamente cierto. Se lo contó a Nora Bärr en una entrevista publicada en este diario: “los viví, me pasaron por el costado o llegué a entreverlos. Por ejemplo, yo estaba trabajando con ratones y realmente pensé que los había curado de la distrofia muscular [un grupo de enfermedades hereditarias que provoca debilidad en esos tejidos]”.

Esas páginas las escribió en Boston, en un barcito de Harvard Square, en medio de una crisis personal y profesional que lo llevó a patear el tablero. Tarea nada fácil. Estanislao Bachrach tenía que romper con lo establecido, con el deseo de sus padres, con el chip de crianza. La suya, hasta ese momento, parecía una vida de película, esas que hablan de éxito, del “llegar”. Eso le decían sus amigos, su familia, se lo decía él mismo. Había llegado: doctor en biología molecular de la UBA, con una tesis sobre VIH en la Universidad de Montpellier, investigador y profesor en Harvard. Durante años se dedicó a estudiar enfermedades humanas, como la Distrofia muscular de Duchenne [una enfermedad genética]. “Entiendo eso de ‘llegó’, sobre todo cuando se habla de este tipos de lugares, que a mí me parecieron menos importantes de lo que se cree o se habla –revela–. Tienen muchos recursos, eso sí, infinitos recursos, mucho dinero para investigar. Bibliotecas, literalmente Boston tiene una de las mejores redes bibliotecarias, pero si hablo del nivel educativo, no me parece extravagantemente superior. Di cinco años de clases ahí, en la Universidad de Harvard, y ahora lo hago en la Universidad Torcuato Di Tella y me parece tan buena como aquella. Como se dice, ‘llegó’, también se preguntan ‘cómo puede ser que se vaya de ahí’. Bueno, me fui porque no me gustaba nada lo que hacía. Nada”.

«A medida que avanza mi vida los quiebres son menos violentos, menos dolorosos, menos sufrientes, menos intensos, con menos impacto en el cuerpo y menos duraderos y eso es un montón”, reconoce BachrachManuel Cascallar

Fue en “la cuna de la Libertad”, como también se conoce a Boston, donde tuvo ataques de pánico. Vómitos, el cuerpo fuera de control. Le recetaron clonazepam, perdió el pelo. Hijo de un psicoanalista lacaniano que siempre había soñado con tener un hijo científico y de una psicoanalista freudiana, Estanislao hizo terapia, escribió y vio que lo suyo estaba lejos de los laboratorios, de los tubos de ensayo. Lo suyo no lo hacía feliz. “Mi cuerpo necesitó de ese gran ruido físico químico biológico para darme una señal de alarma”, reconoce.

Pienso en lo que te ocurrió y traigo la referencia que hacés en ZensorialMente: “el cuerpo no miente” .

–Cuando el cuerpo te hace un parate con alguna crisis, no te queda otra: o salís adelante o te quedás atrapado. No hay que llegar a momentos críticos, ya sea mentales o físicos, como suele pasar. Creo que uno va afrontando las situaciones, los desafíos de la vida como puede, creyendo que “bueno, no me va a pasar nada, lo voy a resolver”. Vos recién decías algo del chip que llevamos puestos. El chip que tenía era más de mis viejos, no estoy hablando mal de ellos. Yo no tenía claro lo que quería, pero ellos sí tenían tan claro dónde me veían a mí, siendo psicoanalistas los dos. Te aclaro que no estoy hablando mal de ellos. Yo absorbí todo ese deseo. Mis otros dos hermanos son de espíritus más libres, en cambio, en ese entonces yo compré ese deseo. En ningún momento me sentí presionado –insiste–, pero… El día que le dije a mi papá que iba a dejar la ciencia y lo hice mientras ya trabajaba en la Di Tella, en la Escuela de Negocios de la universidad, siendo biólogo, me contestó: “Vas a tirar 17 años a la basura”. Mi hermano menor me defendió y le respondió: “Papá, no entendés nada, todo lo contrario, lo que él aprendió, lo que estudió, las vivencias, las va a llevar a otro mundo, a otra área de la vida y la combinación de las áreas es lo que enriquece a la gente”. Yo me siento rico, me gusta lo que hago y estoy orgulloso de ser biólogo. No me arrepiento de nada, pero tampoco extraño. No extraño absolutamente nada.

–¿No te parece raro no extrañar absolutamente nada?

–Será porque me fui entre enojado y frustrado, desilusionado de la ciencia. Quedé atrapado en esa emoción, en lo último que vi y viví. El trabajo científico es extremadamente noble y para aplaudir… Lo hacía bien, pero no era feliz. Ahora soy mucho más feliz con lo que hago y si lo hago bien o menos bien me impacta menos, antes tenía puesta la mirada del otro. Me van a seguir pasando cosas, como a todo el mundo, sea quien sea el presidente, cómo esté la inflación, el dólar… El contexto me va influir. Pero hoy, estoy convencido de que tengo más fuerzas sobre mí mismo que el contexto sobre mí. Siento más poder de decisión y de bienestar, obviamente soy afortunado, vivo bien. Uno de los grandes objetivos de los libros que escribo es que la gente no llegue situaciones extremas para tomar una decisión, que pueda incursionar antes. Conocerse a sí mismo es una herramienta muy poderosa para generar bienestar y no depender tanto del contexto y así mejorar en la toma de decisiones. Explorar prácticas que nos permitan conocernos mejor ya sea mediante la biología, la neurociencia, la meditación o cualquier otra disciplina. Cada uno tiene que encontrar la que le permita conocerse.

«En mis libros no hay fórmulas mágicas, están basados en ciencia y en experiencias», dice Estanislao Barchrach. Archivo

–Cuando tu hermano te “defendió” aclaró que todo lo que estudiaste, investigaste y viviste lo ibas a llevar a otro mundo, a otra área de la vida…

–Lo que a mí me gusta hacer y lo que aparentemente le gusta a la gente de mí, es traducir el lenguaje de la ciencia al lenguaje cotidiano, buscar la forma de transmitir los escritos científicos, los papers, de una manera sencilla, contar cómo la ciencia tiene un impacto en el día a día.

–Desde que publicaste tu primer libro, ÁgilMente, tu nombre va a acompañado del título “divulgador”.

–Me siento más comunicador que divulgador. A mí siempre me gustó dar clases y enseñar y ya en mis épocas de científico puro y duro, que duraron 17 años, lo que más disfrutaba era preparar las clases, no el experimento.

–En las librerías te ubican junto a los libros de autoayuda, y hay quienes te llaman “gurú”.

–Cuando tengo encuentros con los libreros muchos me preguntan dónde deberían colocar mis libros. Siempre les respondo lo mismo: “Póngalos donde la gente los vea, donde los busquen”. No me da vergüenza que digan que son libros de autoayuda. Yo ya los escribí, ahora siguen el otro camino. ¿Querés encasillarlo? Autoayuda basada en la ciencia, porque lo que escribo está basado en la ciencia, porque soy biólogo y cuento con esas herramientas. En mis libros no hay fórmulas mágicas, están basados en ciencia y en experiencias. Antes te decía que me encanta leer papers y ver si se los puedo contar al taxista. Y es así cómo encaro el trabajo. No se trata de fórmulas mágicas.

–Aquel quiebre, el de dejar el laboratorio, la ciencia, te llevó a sumergirte en otro universo, el de la meditación.

–En el supermercado, en Boston, me crucé con monjes budistas. No estaba nada bien, porque se acercaron y me invitaron a escuchar al Dalai Lama en el MIT. Gracias a esa experiencia, me di cuenta de que Jon Kabat Zinn –el creador entre comillas del mindfulness, es el que adaptó el budismo al mundo occidental– es biólogo molecular, trabajaba en Boston, yo estaba en Boston… Entonces, wow, acá hay algo, pasan cosas que me están llamando y empecé a meterme ahí. Yo estaba con muchos temas mentales, con mucho estrés con mucha ansiedad, con ataques de pánico, migrañas… Entonces, entre la terapia tradicional –siendo porteño y de familia de psicoanalistas– le agregué este otro componente, el de la meditación, aprender sobre uno mismo, desde otra filosofía. Hoy, la meditación es la herramienta con más evidencia científica del impacto que tiene en tu cuerpo y en tu cerebro.

«Luego de años de dedicarme al estudio del cerebro, me di cuenta de que nos faltaba algo: aprender a sentir lo que sentimos», comenta a modo de prólogo en su nuevo libro.

– Hablamos de autococimiento en una sociedad que tiene un alto porcentaje de personas medicadas. Tras la pandemia, este número fue en ascenso.

–No estoy en contra ni a favor de la medicación, es una herramienta que, en momentos determinados de tu vida, bien recetada y bajo buenos profesionales, ayuda. Yo estuve medicado y me ayudó. A ver, desde mi mirada, por lo que estudio y cuento, todo el fenómeno de la gente medicada, y me incluyo, está relacionado con el no poder expresar lo que uno siente. Yo fui educado en un hogar en donde si te sentías mal, te decían: “a tu cuarto”; “no estés triste”; “no te enojes”; “no tengas miedo”; “no tenés por qué tener miedo, tenés muchas oportunidades”. Entonces crecí y de joven adulto a adulto, cada vez que sentía algo incómodo, me lo guardaba. La gente que más se medica es la que no tiene un lugar donde hablar. En estudios, con el mismo recorte de personas, de las mismas edades, pero que tienen un espacio habilitado para contar lo que sienten, expresarlo, ya sea con la palabra o con el cuerpo, se puede ver que son una población menos medicada y de mayor autoconocimiento. Mis hijos me cuentan que tienen miedo, que están enojados y me lo dicen de una forma tan natural como cuando están contentos o entusiasmados. Y me aplaudo, a mí y a la mamá de ellos. Algo hicimos bien, para que me puedan decir que están angustiados por algun motivo, que tienen ansiedad… “¿Cómo no vas a tener miedo? Sí, esto es importante para vos, es normal tener miedo” –recrea la charla–. Siendo muy extremista, si vamos hacia un mundo de mayor autoconocimiento, con mayor espacio para expresar lo que uno siente, en el futuro se consumirán menos medicaciones.

–Siempre destacás la importancia de poner en palabras lo que nos sucede. En los dichos parece fácil, pero somos parte de una sociedad donde el protagonismo lo tiene el “yo todo lo puedo”.

–Es fundamental poner en palabras lo que sucede, esto que hoy se dice tanto, alzar la voz. Para mí, uno de los actos de más inteligencia es pedir ayuda. Alzar la voz para decir que necesitás ayuda claramente es inteligencia. Salir de ese “vos podés con todo”. A mí me vendieron ese chip, está genial pero a veces te pasás, y no podés seguir. Yo pedí ayuda tarde, pero pedí cuando ya el cuerpo me dijo hasta acá. El famoso el cuerpo no miente. Ahora estoy atento a lo que me pasa y a pedir ayuda antes de que me suceda, de que se enciendan las alarmas, antes de pasarla mal. Pareciera que pedir ayuda es una muestra de debilidad, pero no, al contrario. Yo estoy atento con mis hijos a que tengan el espacio habilitado, no solo para que puedan expresar todo lo que sienten, sino que sepan que también pueden pedir ayuda, que papá o mamá o los dos vamos a estar ahí. Con mis viejos, yo sé que estaban, pero no los molesté y en el momento que pedí ayuda, ellos no pudieron con la angustia. Estoy atento a que mis hijos puedan pedir ayuda.

–Hablás de empatía y la relacionás con el autoconocimiento, ¿por qué?

–Dejame contarte algo de lo que hago en las clases. Te doy un ejemplo. En el curso de inteligencia emocional, a mis estudiantes, cuando ingresan les propongo un ejercicio: “Durante un mes, tienen que entrenar a los 20 futuros líderes de la humanidad. Les doy todas las herramientas para que salgan mejores líderes. La pregunta es: ¿cómo los entrenarían?”. Como todavía no me conocen, las respuestas están ligadas a finanzas, a recursos humanos, a ecología, sustentabilidad, economía, criptomonedas… Cuando terminan el curso cambian sus respuestas, el 80 por ciento te dice que los encerrarían en un lugar y les darían todas las herramientas para que se conozcan a sí mismos. No hablamos solo de neurociencia, biología, sino de todo tipo de herramientas, desde bailar con cualquier gurú, chamanes, algunos incluso hacen mención a drogas legales, ilegales, todo lo que sea para conocerse más y así terminar siendo mejor líder. Por ahí va el camino que estoy descubriendo. Cuando uno se desarrolla es más fácil entender al otro. Ahí en el libro [ZensorialMente] hablo de un término que me encanta, que me parece romántico, sexy, que es “resonancia límbica”, resonar con el otro. Uno no puede entender lo que le pasa al otro si no lo vivió, o no lo siente, o no lo experimentó. Entender las cosas que me pasan a mí me hace más fácil resonar con lo que te pasa a vos. El autoconocimiento no es una cosa egoísta. A medida que te conocés más, usando la disciplina que quieras, más conectás y entendés lo que le pasa al otro. La empatía se fortalece no tratando de entenderte a vos, sino de entenderme a mí. Eso es empatía.

«La meditación es la herramienta con más evidencia científica del impacto que tiene en tu cuerpo y en tu cerebro», asegura BachrachFABIAN MALAVOLTA

–En estos tiempos donde somos testigos de tantas manifestaciones de odio, la “resonancia límbica” ayudaría a relacionarnos de otra manera.

–Está claro que el contexto impacta en tu vida, pero a veces estamos totalmente sumergidos en el contexto y olvidados de nosotros mismos. Uno tiene que ser consciente de las decisiones que toma en el día, sobre todo de las pequeñas porque no se trata de hacer cambios monumentales. Es el sentido que les das a las cosas, la interpretación de las situaciones. Estar consciente para conocerte, para escucharte y de esa manera baja un poco la angustia y el contexto pasa un poquito a segundo plano. Hay cosas que no puedo cambiar y otras poquitas que sí. En el día a día, me preocupo un montón, miro los diarios, veo la tele, escucho la radio. Estoy preocupado por 10 minutos, después se terminó, mi vida sigue… Cuanto más te conocés, resulta más sencillo. Entonces, cuando uno descubre que muchos de los pensamientos que te hacen actuar mal o arrepentirte de lo que decís, lo que hacés, no tienen que ver con el contexto, sino con cómo estoy pensando, ahí viene el arduo trabajo de cambiar mi forma de pensar. Si estoy todo el día pensando “no puedo, no sirvo, a mí no me sale”, claro que me voy a sentir inseguro, frustrado. Esto es exactamente lo mismo que aprender a jugar al tenis. Tenés un profesor, una técnica y tenés que practicar, practicar, practicar aunque te moleste el polvo, aunque tu rival sea más fachero que vos, que la pelota no pique o que la cancha sea rápida. Y llega un momento en el cual no te das cuenta y ya estás pensando diferente, en que vas a poder. Me ocupo de mí, de lo que yo puedo cambiar. La clave otra vez es el autoconomiento, ya sea mental o físico.

–Una frase frecuente para no mirarse o no escucharse es que uno no tiene tiempo.

–Esa es una fantasía, cómo no vas a tener tiempo para vos. No tenés que estar dedicada a esto. Cuando uno dice “no tengo tiempo para esto” es cuando más lo necesita. Pueden ser 10, 15 minutos por día, si querés cuatro horas. Cuando estaba esperándote ahí afuera, medité, y yo no soy un gurú de la meditación. Cuando voy al centro, en el auto, voy respirando de manera consciente. Se trata de trabajar en uno mismo. Cuando me voy a dormir, cuando me levanto, medito y ya me siento distinto, es como lavarse los dientes, un ejercicio que incorporás. Nos hicieron creer que hay que vivir corriendo, súper estimulados. Hay una gran confusión semántica entre la felicidad y el placer o sea, vivir estimulados nos puede generar espacios de placer. Pero la felicidad va por otro por otro camino, por otros neurotransmisores. No digo que el híper estímulo esté mal o bien, pero la pregunta es qué te genera. Si te genera placer, perfecto, está más que ok. ¿Te genera felicidad? Esa es otra cosa. El problema es que a veces no sabemos distinguir. Estoy viviendo en un mundo de mini placeres, en un mundo donde no me siento contento conmigo mismo. No se trata de fórmulas mágicas, para nada, yo soy mi propio conejillo de indias, todo lo que propongo en mis libros pasó por mi experiencia o mis alumnos fueron parte del experimento –confiesa–. Vuelvo a esa idea de que el cuerpo te pasa factura y es ahí donde te das cuenta. La idea es no llegar a ese extremo, a esa angustia o al burnout. Se trata de probar y seguir probando. El cuerpo todo el tiempo te está dando información, sensaciones, se trata de escuchar, de registrar y entender el cuerpo. Se trata de aprender a sentir lo que sentimos, de cultivar un aprendizaje .

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