Hubo un tiempo en que los clásicos de Rosario eran así, como el de ayer entre San Lorenzo y Huracán. Aburridísimos, sin goles, con pocas situaciones en los dos arcos, mal jugados, con la pelota en el aire, casi sin pases consecutivos, muy cortados. En síntesis: muy difíciles de ver. Y es una lástima, porque el marco ayer era hermoso: el Nuevo Gasómetro lleno, pintado por humo y banderas azulgranas, clima de clásico, nervios generalizados.
El problema es que los nervios, evidentemente, también se trasladaron a los jugadores. Entonces no arriesgaron –en realidad, los dos equipos vienen arriesgando poco y nada en este torneo, aunque de ese modo también logran sumar– y el resultado quedó a la vista: el partido fue un bodrio total.
Es cierto que a San Lorenzo le dolió más por cómo fue el desarrollo del encuentro, y porque estuvo más de una hora con una superioridad numérica que nunca logró traducir en una superioridad en el juego.
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Huracán aguantó con un jugador menos por la expulsión de Luciano Giménez e incluso tuvo una situación clara para llevarse el triunfo. Pero no hay caso en el Bajo Flores: no le gana a su eterno rival desde el Apertura 2001.
El delantero del Globo vio la tarjeta roja a los 26 minutos del primer tiempo por un codazo infantil a Perruzzi.
Ya en el segundo tiempo, el árbitro Nicolás Ramírez cobró penal para San Lorenzo a los ocho minutos, pero finalmente fue llamado por el VAR y dio marcha atrás en la decisión por un fuera de juego previo.
Todo pudo haber cambiado al final, cuando Matías Tissera quedó frente al arco de Orlando Gill. Corrió 20 metros solo, se acomodó y definió recto: la pelota pasó a medio metro del palo. En el banco, Kudelka no lo podía creer. Y en el Gasómetro, todos respiraron.