Friday, 20 March, 2026
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Luis Machín: En Relatividad me interesa interpelar al hombre más allá del genio

Luis Machín habla de Córdoba como quien vuelve a un lugar conocido, pero no gastado. Dice que cada vez que una gira le da la posibilidad de venir, ya sabe que lo espera un público “muy teatrero”, una recepción cálida y una sala como Ciudad de las Artes, que conoce bien y disfruta. Pero enseguida se corre de la respuesta esperable y aparece algo más personal: a él le gusta caminar las ciudades, perderse un poco por el centro, ir a esos lugares de los que muchos huyen. “Yo soy mucho del centro”, dice. Y enseguida aparece otra imagen, más vieja, casi sentimental: el Patio Olmos antes del shopping, un recuerdo ligado al Festival Internacional de Teatro de Córdoba, una ciudad que para él también es memoria.

Con ese vínculo previo volverá el próximo fin de semana a la provincia con Relatividad, la obra del estadounidense Mark St. Germain que protagoniza junto a Gabriela Toscano, con Catherine Biquard y dirección de Carlos Rivas. La pieza se sitúa en 1949 y parte de un encuentro entre Albert Einstein y una mujer que, bajo la excusa de una entrevista, va empujando al científico hacia una zona cada vez más incómoda. Machín ya había transitado un universo similar con La última sesión de Freud, del mismo autor, y en ese punto encuentra una clave que también organiza su lectura del personaje: no trabajar al genio como monumento, sino al hombre, con sus fallas, sus zonas oscuras y su costado terrenal.

En diálogo con Es por Acá, el actor habló de esa búsqueda, de cómo construyó a Einstein, de la pelea del teatro con los celulares, de la transformación de los consumos audiovisuales y de personajes que, décadas después, todavía vuelven por YouTube, por las redes o por la memoria afectiva del público.

Un Einstein menos de pedestal

Volvés a Córdoba con una gira que incluye Villa María, Capital y Marcos Juárez. ¿Qué te pasa con esta plaza?

—Ya empezando a palpitar la ida hacia Córdoba, una ciudad que a nosotros nos gusta mucho. Cada vez que hay en gira la posibilidad de ir, siempre sabemos que hay gente que tiene muy buena recepción, muy teatreros, en un lugar hermoso como Ciudad de las Artes. Ya fui en varias oportunidades: es una sala muy cómoda y se ve muy bien.

Y además a mí me gusta caminar por Córdoba. En general me gusta caminar las ciudades a las que voy y yo soy mucho del centro. Me gustan los centros de las ciudades, esos lugares a los que a la mayoría de la gente les escapa. Para mí Córdoba también tiene historia. Uno de mis primeros festivales a los que acudí fue el Festival Internacional de Teatro de Córdoba, cuando se hacía en la zona del Olmos, antes del shopping.

¿Qué te atrajo de Relatividad y de meterte en una figura como Einstein?

—Yo es la segunda vez que hago una obra de este mismo autor. Hice La última sesión de Freud, que también la llevé a Córdoba varias veces. Y lo que me gusta, tanto ahí como acá, es cómo interpelar al hombre más allá del genio.

Porque si hablamos de Sigmund Freud o de Albert Einstein, hablamos de personas que dejaron una marca muy fuerte en el siglo pasado y que todavía hoy, en pleno siglo XXI, siguen estando presentes: seguimos echando mano a cosas que ellos legaron. Pero la mayoría de las veces uno los ve en una especie de pedestal y se olvida de que fueron hombres que también tuvieron vicisitudes, interrogantes, fracasos, zonas oscuras.

La obra se mete un poco ahí. En datos que mucha gente no conoce de Einstein, en aspectos de su composición familiar, de su relación con las mujeres. Y hay un tema muy troncal, que atraviesa la obra de punta a punta, que no lo puedo decir porque le quitaría interés. Pero sí puedo decir que va a ese lugar donde ya no se reconoce al genio, sino al hombre.

Ahí hay algo muy interesante: Einstein y Freud son figuras casi míticas, pero también muy pop. Llegaron a las remeras.

—Sí, claro. Y eso también está bueno porque los baja al plano terrestre. Uno los tiene endiosados, pero discutir la personalidad más allá de su intelecto o de su legado te los acerca. Y no se vuelve algo condenatorio. No es que uno los condena por determinados comportamientos, sino que también entiende que incluso personas que dejaron una huella enorme tuvieron contradicciones, fragilidades, errores. Y eso, inevitablemente, te hace pensar en vos también.

“Einstein era un stone de la ciencia”

Hay un momento de la charla en el que la conversación se mete de lleno en el trabajo actoral. En cómo se construye un personaje tan conocido, tan fotografiado, tan vuelto ícono. Machín no responde desde el truco ni desde la caricatura: habla de observación, de registros, de voz, de cuerpo, de tiempo histórico. Y ahí aparece una definición muy suya, inesperada y precisa.

Cuando te toca hacer alguien tan conocido, ¿qué buscás? ¿Vas a registros, a archivos, a imágenes?

—Sí, claro, uno se va metiendo por curiosidad en lugares que le vienen bien también a la obra. Por ejemplo, hay muy poco registro audiovisual de Sigmund Freud, que murió en 1939. Entonces hay registros fotográficos, hay algunos registros físicos donde ya es un hombre muy mayor, hay fotos de él de joven, pero registro audiovisual hay muy poco. Y ahí me gusta ver esas pocas imágenes que hay, porque lo ves caminando por la casa en Londres, muy poco antes de morir, y hay algo en la forma de caminar, algo en su rostro. Él tenía un cáncer de laringe que lo atravesó los últimos 15 años de su vida, tuvo más de 30 operaciones en aquella época. También en el audiovisual se ve algo de cómo tenía la cara al final de su vida. Y hay grabaciones donde se lo escucha hablar y vos te das cuenta de que ahí adentro hay una dentadura floja, cosas así.

En el caso de Einstein hay muchas más cosas, porque él ya estaba en un momento donde estaba el sonido y se lo escuchaba, y aparte fue un personaje muy importante. Y además, claro, tenía ese pelo, esa impronta, en una época donde a un científico se lo vinculaba con otro lugar, como un lugar muy erudito, muy elevado. Y él era como una especie de stone de la ciencia.

La frase no suena efectista en su boca. Más bien funciona como una síntesis de algo que la obra explora bien: Einstein no solo como gran cerebro del siglo XX, sino también como figura pública, excéntrica, reconocible, casi pop.

El teatro y la pelea con los celulares

La entrevista va entonces hacia el presente. O mejor: hacia una incomodidad muy actual. Machín habla de las plataformas, de la televisión que ya no se ve como antes y de los cambios en la atención. Pero donde se lo nota especialmente tajante es en el teatro: en la escena, dice, el celular no solo distrae; rompe algo más profundo.

¿Cómo convivís con esta época de pantallas múltiples? En el teatro el pacto de atención parece otro.

—Nosotros lo atacamos directamente. Siempre pasamos la grabación que pide que apaguen los celulares, pero igual es una lucha. En la mayoría de las funciones suena uno o dos. Cuando no más. Y además la gente lo mira. Nosotros vemos la luz en la cara, vemos que están mandando mensajes. Es muy distractivo, muy molesto. Yo he parado funciones por ese tema.

Después, claro, uno dice: hay 400 personas y solo a dos les sonó. Bueno, sí, pero esos dos no sabés cómo te sacan. Te rompen la experiencia. Y sobre todo en obras de esta característica, donde se está contando una historia, donde hay dos personajes comprometidos con un clima, con una tensión, con un recorrido emocional. No es una obra que pueda incorporar eso con facilidad ni bromear con eso. Igual, la mayoría del público está ahí. Si hay 398 atentos, actuaremos para ellos.

Y al mismo tiempo, en lo audiovisual la lógica ya cambió por completo. Se te extraña mucho en la televisión. ¿Eso vuelve?

—Yo creo que ya se ha perdido. Esa costumbre de mirar el programa a las nueve o diez de la noche, cenando en familia. En otros países no se perdió tanto, pero acá mutó muchísimo. La gente se pasó a las plataformas. Y además estamos en un momento en que el Instituto de Cine se quedó prácticamente sin presupuesto. Ya no se produce lo que se producía.

Entonces, entre ese cambio de hábito y la caída de la producción, yo creo que muy difícilmente se recupere esa tradición. Ahora cada uno está con su dispositivo y se va a su cuarto.

Y hay algo más: el propio contenido se está adaptando a esa distracción. Machín cuenta que escuchó una anécdota elocuente sobre plataformas: a veces, desde la producción, se pide reiterar varias veces el argumento dentro del mismo guion porque el espectador ya no está del todo ahí, porque en la habitación hay otra pantalla encendida, porque además del televisor está el teléfono. Lo cuenta como una rareza de época, casi como un síntoma.

Los personajes que siguen vivos

La conversación, ya en su tramo final, se vuelve más libre. Aparecen la televisión de otra época, Viudas e hijos del rock and roll, la libertad que tenían los actores para completar escenas, torcer un poco lo escrito, apropiarse del personaje con el correr de los capítulos.

En Viudas e hijos del rock and roll había algo muy vivo entre ustedes. ¿Cuánto había de guion y cuánto de juego?

—Había guion, por supuesto, pero era una forma de hacer televisión que ya no existe. Sobre todo en las comedias, los actores completábamos mucho lo que escribían los autores. Y los directores de piso o de exteriores eran fundamentales en la libertad que teníamos para recrear escenas, incluso algunas que por ahí no nos gustaban tanto como estaban escritas.

Además, en una tira diaria llega un momento en que conocés tanto al personaje que ya sabés cuándo algo no le pertenece, cuándo una línea no le sale natural. Entonces también había una apropiación ahí, una defensa del personaje.

De ese recuerdo salta a uno puntual. A una subtrama en la que su personaje quedaba hemipléjico y que, según recuerda, la producción quería cerrar enseguida. Él pidió que la dejaran un poco más. “Déjenmelo jugar”, les dijo. Años después, cuenta, un hombre con hemiplejia se le acercó en un bar donde estaba estudiando letra y le dijo algo que todavía lo conmueve: que era la primera vez que había podido reírse de lo que le pasaba. Machín lo recuerda sin grandilocuencia, pero con el peso intacto.

“Se me llenaron los ojos de lágrimas”, dice. “Porque uno no se burlaba en absoluto de esa situación. Y dar esa posibilidad de reírse un poco, a veces, de cosas traumáticas o dramáticas que a uno le pasan, es muy alentador”.

El cine, Córdoba y las nuevas generaciones

Si tuvieras que elegir tres trabajos propios, ¿con cuáles te quedás?

—Uy, hay varias. Pero te diría Un oso rojo, Felicidades y Siete perros. Esta última la hice allá en Córdoba y está entre las más entrañables para mí. La filmamos en enero de 2020 y después se cerró el mundo. Tuvo un recorrido internacional muy importante y además en Córdoba se vio mucho.

Y ahí Machín vuelve a Córdoba, otra vez, pero ya no como plaza teatral sino como territorio cinematográfico. Dice que la provincia tiene ley de cine, algo que no todas tienen, y que su cine logró una proyección internacional a partir de una forma propia de contar historias.

Cuando aparece la vieja discusión sobre por qué financiar películas que ven pocos, su reacción no tarda: claro que molesta, responde. Y enseguida vuelve a defender la potencia del cine cordobés, su identidad, su circulación afuera.

Con Felicidades pasa otra cosa: la película vuelve cada fin de año, como una liturgia mínima. Y en ese punto enlaza con otro fenómeno que mira con ambivalencia: las plataformas y YouTube también hicieron que nuevas generaciones descubrieran trabajos viejos. Chicos de 15 o 16 años que no habían nacido cuando él hacía ciertas novelas hoy le escriben por redes después de encontrarse con esas escenas.

Tiene pros y contras”, resume. “Como casi todo en nuestra vida”.

Relatividad se presentará el 27 de marzo a las 21.30 en el Teatro Verdi de Villa María, el 28 de marzo a las 21.30 en Ciudad de las Artes, en Córdoba capital, y el 29 de marzo a las 20 en la Sociedad Italiana de Marcos Juárez. La obra está protagonizada por Gabriela Toscano y Luis Machín, con Catherine Biquard, y cuenta con dirección general de Carlos Rivas.

JF JB

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