Sunday, 19 April, 2026
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El riesgo de creer que ‘a mí no me va a pasar’

En la vida cotidiana, es frecuente escuchar o incluso pronunciar la expresión “a mí no me va a pasar”. Esta frase, aparentemente inocua, puede esconder un mecanismo psicológico que lleva a las personas a minimizar peligros reales, desde hábitos perjudiciales hasta situaciones de riesgo social. Los especialistas identifican este patrón como “sesgo de invulnerabilidad” o “optimismo irreal”.

¿Por qué pensamos que somos invulnerables?

La psicología explica que este sesgo tiene, en principio, una función adaptativa. Creer que tenemos cierto control sobre los eventos negativos nos permite manejar la ansiedad y funcionar en el día a día. El problema surge cuando esta creencia se rigidiza y nos hace ignorar evidencias concretas de peligro, como señales médicas, advertencias de seguridad o datos estadísticos.

La experiencia pasada como falsa garantía

Uno de los pilares de este pensamiento es la experiencia personal previa. Quien ha mantenido por años conductas de riesgo -como una alimentación desbalanceada, falta de ejercicio, estrés crónico o consumo excesivo de sustancias- sin sufrir consecuencias inmediatas, puede interpretar esa falta de efectos visibles como una prueba de su inmunidad. Sin embargo, muchos procesos biológicos y sociales tienen un efecto acumulativo que se manifiesta a largo plazo.

La distancia psicológica y la normalización

La percepción del riesgo también se modifica por la “distancia psicológica”. Las personas suelen considerar más probables los eventos negativos que ocurren en su entorno cercano. Cuando una enfermedad grave o un accidente afecta a alguien lejano, se tiende a catalogarlo como una excepción. Este fenómeno se potencia con la “normalización del exceso”: si una conducta riesgosa es común en nuestro círculo social o laboral, gradualmente deja de percibirse como peligrosa.

Hacia una percepción realista

Reconocer la propia vulnerabilidad no equivale a adoptar una postura alarmista o pesimista. Por el contrario, implica desarrollar una evaluación más ajustada a la realidad de los riesgos que enfrentamos. A menudo, experiencias vitales directas o cercanas -como una enfermedad propia o de un ser querido- actúan como catalizadores para este cambio de perspectiva.

La madurez psicológica suele incluir la comprensión de que la vulnerabilidad es inherente a la condición humana. Aceptar que ningún individuo está completamente exento de contratiempos no significa vivir en un estado de alerta permanente, sino incorporar una actitud de cuidado y prevención. Este enfoque no solo es una forma de responsabilidad personal, sino también un modelo positivo para el entorno.

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