Thursday, 23 April, 2026
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Adultescencia: las razones no económicas de por qué los jóvenes siguen viviendo con los padres

Casi el 40% de los jóvenes de 25 a 35 años en Argentina vive con sus padres. Más allá de los factores económicos, un análisis profundo revela cambios culturales y digitales que explican este fenómeno.

Cuando empecé a escribir esta columna, pensaba en una nota contra los poderosos, las grandes inmobiliarias y los gobiernos. Pero cuando vi algunos de los números empecé a hacerme otras preguntas, y todo terminó en una conclusión que probablemente enoje a más de un joven que todavía vive con sus padres.

Según un estudio de Fundación Tejido Urbano realizado a partir de datos del INDEC, casi el 40% de los jóvenes de 25 a 35 años sigue viviendo con sus padres. Las razones que se señalan son estrictamente económicas, pero aunque sea políticamente incorrecto vale la pena hacer una pregunta incómoda: ¿por qué casi dos millones de jóvenes de 25 a 35 años en Argentina prefieren vivir con sus padres antes que con amigos, parejas o en pensiones, que en algunos casos tienen valores más bajos que los alquileres de departamentos?

Primero hay que partir de reconocer que la situación de los alquileres es gravísima. Distintos relevamientos sobre la Ciudad de Buenos Aires indican que un joven con empleo formal puede destinar más del 50% de su ingreso al alquiler de un monoambiente, muy por encima del 30% históricamente considerado sostenible para vivienda. A eso se suman depósitos, expensas y requisitos contractuales que encarecen todavía más la mudanza, de modo que incluso quienes trabajan encuentran cada vez más difícil convertir su ingreso en autonomía material.

Ahora bien, esto no invalida la pregunta inicial, porque incluso en 2015, cuando el salario formal argentino era sensiblemente mayor al actual —entre un 35% y un 50% superior según distintas mediciones—, alrededor del 38% de los jóvenes de entre 25 y 35 años ya seguía viviendo con sus padres. El dato sugiere que la dificultad para independizarse no puede explicarse únicamente por el deterioro económico reciente, sino que forma parte de un cambio más profundo en la manera de transitar la adultez.

Según el INDEC, este segmento de jóvenes gana entre 800.000 y 1.200.000 pesos por ocho horas de trabajo. Una habitación en una residencia con cocina y baño compartido cuesta entre 200.000 y 350.000 pesos en Capital Federal, con todos los servicios incluidos. Un alquiler de cuatro ambientes puede costar entre un millón y un millón trescientos mil pesos. Es decir, jóvenes con ingresos cercanos al millón de pesos podrían vivir en una pensión o con otros jóvenes en departamentos de cuatro o tres ambientes, o incluso en monoambientes amplios. Sin embargo, tienden a vivir con sus padres.

Es decir, frente a una misma crisis configurada por el aumento de los alquileres, la caída de los salarios y el aumento de la precarización laboral, podría haber habido una transformación que se sintetizara en más jóvenes viviendo en pensiones o con otros jóvenes y, sin embargo, decantó en lo opuesto: jóvenes viviendo con sus padres. Ninguna de las dos salidas a esta crisis podría ser considerada ideal, pero por alguna razón que intentaremos responder, una salida se impuso por encima de la otra.

En la actualidad hay una combinación de complicación de la vida diaria (altos alquileres y bajos salarios) y una proliferación de actividades estimulantes en una realidad alternativa, tan inmediata como accesible: el mundo digital. Es decir, mientras un joven enfrenta las dificultades de irse de la casa de sus padres, encontrar pareja o amigos con los que mudarse, mientras lidia con un sueldo que no le alcanza, los videojuegos, la pornografía online y las redes sociales ofrecen gratificación inmediata a solo un clic de distancia.

En paralelo, autores como Byung-Chul Han describen una “sociedad del rendimiento” donde la sobreestimulación, la autoexplotación y la aceleración constante producen sujetos fatigados que buscan compensaciones inmediatas en formas de consumo digital. A esto se suma la perspectiva de Shoshana Zuboff sobre el capitalismo de vigilancia, donde las plataformas están diseñadas para maximizar la captura de atención mediante sistemas de recompensa intermitente, lo que vuelve el entorno online estructuralmente más adictivo que el mundo offline.

En este contexto, la combinación entre precariedad material —como el encarecimiento del acceso a la vivienda y la inestabilidad laboral juvenil— y la hiperdisponibilidad de estímulos digitales genera una tensión entre dos regímenes de experiencia: uno de alta fricción en la vida social y económica, y otro de baja fricción en la gratificación simbólica e inmediata.

Hay generaciones de adultos que no entienden cómo estos jóvenes pueden vivir con sus padres o incluso irse de vacaciones con ellos. Sin embargo, hay un proceso de homogeneización cultural entre padres e hijos que hace más llevadera la convivencia. Autores como François de Singly señalan que la familia moderna deja de estructurarse principalmente sobre la autoridad vertical y se reorganiza como un espacio de “individualización relacional”, donde cada miembro conserva su singularidad dentro de un marco de convivencia más negociado. En paralelo, Anthony Giddens plantea que en la modernidad tardía los vínculos familiares se vuelven más democráticos y flexibles.

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