En San Juan y Mendoza, el programa Conexión arteba reunió a artistas, coleccionistas y pensadores para debatir sobre el arte, la naturaleza y el futuro de la humanidad en medio del cambio climático.
Un dron sobrevuela el Valle de Zonda con un zumbido constante que perturba la calma del atardecer en la precordillera de los Andes. Desde el cielo, registra a decenas de personas que se acercan a ver a una mujer de rasgos asiáticos con la mirada perdida en el horizonte, junto a un caño oxidado que alguna vez contuvo agua. La escena apocalíptica es una creación de Martín Di Girolamo, una de las dos nuevas intervenciones en el paisaje presentadas por la bodega Xumek durante Conexión arteba, un programa que busca fortalecer el diálogo sobre arte contemporáneo en distintas regiones del país.
La segunda edición se realizó en Mendoza y San Juan, con la intención de profundizar los debates sobre el vínculo entre arte y naturaleza iniciados el año pasado. Cerca de un centenar de coleccionistas, periodistas, artistas e invitados internacionales recorrieron ambas provincias para participar de un foro y visitar talleres de artistas, casas diseñadas por arquitectos emblemáticos, instituciones y espacios de creación. Todos esos puntos inauguraron un mapa cultural disponible en arteba.org, junto con el registro de dos días de charlas.
El vuelo del dron que registró las instalaciones monumentales de Di Girolamo y Elba Bairon simbolizó algunos de los temas abordados: la convivencia entre especies y con la tecnología, cuyos avances pueden ser percibidos como una amenaza. No fue lo que provocó Cybebu, un ser de color celeste con cola y brazos largos que se comunicó con el público a través de una pantalla en su cabeza que mostraba parte del rostro del artista Eduardo Navarro. “Las ventajas de ser una obra de arte son infinitas. Es bastante liberador”, respondió ese organismo con la voz de Navarro, quien se encontraba en Chile.
“Las artes son inteligencias perceptivas muy afinadas”, dijo Yina Jiménez Suriel, codirectora artística de la edición 2027 de la Bienal de Reikiavik y curadora de un programa transdisciplinario en la academia TBA21. Esa capacidad podría elevar “el techo que los humanos estamos construyendo para la inteligencia actual, que da miedo porque está diseñada para volvernos binarios”. Por su parte, la bióloga colombiana Brigitte Baptiste opinó que “un sistema sano debería siempre estar invirtiendo en subsistemas críticos, que te digan qué no va a funcionar. Si ese fuera el caso, las inteligencias artificiales podrían ayudarnos a refinar criterios y a priorizar ciertas acciones si les preguntamos qué hay que hacer para salvar la vida en el planeta”.
El respeto por la diversidad se planteó como una de las claves para imaginar futuros posibles en el contexto del cambio climático. “El extractivismo destruye sin afecto –advirtió el filósofo y antropólogo José Luis Grosso–. No consulta, no pide permiso, no agradece, no celebra, no convida, no da de comer, no visita, no se conmueve, no canta, no baila. Esa es la comunidad en la que estamos”. La curadora chilena Camila Marambio observó que “el litio que sostiene las pantallas viene de estos territorios. Los humedales que nos defienden de la sequía y las nubes que alimentan esos humedales están en extinción. ¿Cómo conversamos con ellos?”.
Las imágenes creadas por los artistas, en algunos casos en coautoría con la naturaleza, parecen servir como una manera de conectar. Cientos de personas asistieron en el Museo Franklin Rawson a la inauguración de las muestras de Mondongo y Max Gómez Canle: dos formas distintas de abordar el paisaje. “El ciclo de la muerte, la resurrección y la resiliencia se ve ahí con mucha claridad”, señaló Juliana Laffitte, autora junto a Manuel Mendanha de la imponente instalación que recrea en plastilina una zona inundable de Entre Ríos, y que está recorriendo el país en una gira impulsada por Arthaus. El tema de los ciclos surgió de forma recurrente en las conversaciones.
