Franco Colapinto ya no es solo una promesa del automovilismo. A sus 22 años, el piloto argentino convoca multitudes, seduce marcas y genera una ilusión colectiva que atraviesa generaciones, incluso sin ser un ganador habitual en la Fórmula 1.
Franco Colapinto dejó de ser solamente una promesa del automovilismo para convertirse en un fenómeno cultural, comercial y emocional. A sus 22 años, el piloto argentino consiguió algo inusual en tiempos de consumos fragmentados: convocar multitudes, seducir marcas, generar conversación pública y despertar una ilusión colectiva que atraviesa generaciones, incluso siendo de los pilotos más débiles de la categoría.
Sin embargo, tiene algo arrollador y no es justamente su automóvil —uno de los más precarios del circuito—, sino su espontaneidad y lenguaje descontracturado. Un mix que, sin artificios, lo transformó inmediatamente en una figura transversal. El público lo aplaude cuando pierde y hasta cuando abandona y le echa la culpa al equipo que tiene. Algo inusual en esta época exitista.
El Road Show realizado en Buenos Aires fue una muestra de ese amor incondicional, con más de 600 mil personas para verlo acelerar en las calles porteñas. El evento superó incluso registros históricos de Grandes Premios tradicionales y se ubicó por encima de convocatorias recientes en plazas consolidadas. Por ello, la F1 tomó nota. También los sponsors y los organizadores, que siguen de cerca dónde están los nuevos mercados capaces de combinar pasión, audiencia y consumo.
El costado más conmovedor ocurrió fuera de la pista. Su abuela, figura entrañable en el universo íntimo del piloto, pudo verlo manejar un Fórmula 1 en la Argentina, algo que nunca había hecho en las competencias internacionales. El abrazo entre ambos se convirtió en una de las imágenes del fin de semana. También lo acompañó Bizarrap, quien colaboró en tender puentes con marcas y amplificar una imagen global.
El entusiasmo popular abrió otra pregunta mucho más ambiciosa: ¿puede volver la Fórmula 1 a correrse en la Argentina? La respuesta ya no parece una fantasía nostálgica. Desde el Gobierno porteño reconocen que trabajan en ese objetivo y que las obras en el Autódromo Juan y Oscar Gálvez fueron pensadas con esa meta en el horizonte. Para recibir a la categoría, el circuito necesita homologación FIA Grado 1, la máxima certificación técnica, lo que exige rediseño de sectores de seguridad, ampliación de escapatorias, reasfaltado integral, boxes modernos, centro médico, conectividad, nuevas tribunas y hospitality premium.
Las cifras también explican por qué no alcanza solo con la pasión argentina. Organizar un Gran Premio demanda pagar un canon anual a Formula One Management que, según la plaza, puede oscilar entre 35 y 60 millones de dólares. A eso debe sumarse infraestructura, montaje, seguridad, logística, promoción y costos operativos. Solo la actualización integral del autódromo podría requerir entre 100 y 150 millones de dólares en una primera etapa.
Sin embargo, también existe la otra cara de la ecuación. Un Gran Premio mueve turismo receptivo, hotelería, gastronomía, transporte, comercio minorista y negocios corporativos. Las plazas internacionales, históricamente, calculan impactos económicos de entre 300 y 600 millones de dólares por fin de semana en ciudades sede. En Buenos Aires, con alta ocupación hotelera y fuerte consumo regional, el efecto podría ser comparable si se ejecuta con escala adecuada. Además, está el valor intangible: la exposición global en más de 180 países, millones de televidentes, promoción turística y posicionamiento internacional.
El principal obstáculo hoy es el calendario. La Fórmula 1 tiene más aspirantes que fechas disponibles. Para que Buenos Aires regrese, deberían rotar algunas plazas europeas, caer contratos menos rentables o ampliarse el esquema de alternancias. En ese tablero, Colapinto aporta una ventaja diferencial: ninguna consultora puede fabricar lo que él genera naturalmente.
