Tuesday, 11 August, 2026
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“Otras palabras”: la obra que reúne a Teresa Costantini y Adriana Salonia en torno a la correspondencia de grandes escritores

La pieza escrita por Sebastián Irigo volvió a escena este mes con funciones especiales. Las actrices reflexionan sobre la vigencia de la carta como género íntimo y su vínculo con el teatro.

La obra Otras palabras, escrita por Sebastián Irigo, volvió a reunir sobre el escenario a Teresa Costantini y Adriana Salonia para poner en diálogo la correspondencia de escritores fundamentales con sus propias experiencias. Tras las funciones especiales que marcaron su regreso este mes, ambas actrices reflexionaron sobre lo que descubrieron detrás de esas cartas y sobre la vigencia de un gesto que parecía pertenecer al pasado.

La pieza parte de un hallazgo casual: una caja llena de cartas. Al leer a esos autores desde un lugar íntimo, Costantini afirmó: “Fundamentalmente descubrí personas. Son autores y autoras que había leído, cuyas obras conocía, pero en las cartas aparece un pensamiento muy profundo sobre la vida. Hay una libertad y una coherencia muy grandes en la manera en que enfrentaban su existencia. Y, además, una enorme poética. No son simplemente cartas: hay un talento literario que también se expresa en esa escritura privada”.

Salonia, por su parte, sostuvo: “A mí me pasó otra cosa que, en realidad, termina siendo la misma. Descubrí que, más allá del tiempo, de la fama o de la distancia, todos hablamos de lo mismo. Finalmente, todo lo que hacemos tiene que ver con el amor: el amor de pareja, el de los amigos, el de la familia, el de las ideas. Esa comunión con personas que vivieron hace décadas es muy conmovedora”.

Consultadas sobre si una carta puede ser un hecho artístico, Costantini declaró: “Justamente esa pregunta está dentro de la obra. Lo que hacemos es leer esas cartas, pero también contar qué nos provocan. La introducción a cada una nace de experiencias personales y, entre carta y carta, aparece nuestra propia historia. Abrimos ese juego con el público, hacemos algunas preguntas y compartimos ese imaginario que despierta cada texto. El teatro tiene esa posibilidad: transformar una lectura íntima en una experiencia colectiva”.

Salonia agregó: “Actuar una carta tiene algo muy especial. Generalmente uno las lee en silencio, para sí mismo. En cambio, ponerles voz, respiración y cuerpo hace aparecer sentidos nuevos. Es como si el teatro terminara de revelar algo que ya estaba escrito, pero que permanecía escondido. A veces pensamos qué dirían esos autores si supieran que estamos haciendo esto con sus cartas. Como no podemos preguntárselo, aprovechamos y las actuamos”.

Sobre el reencuentro entre ambas actrices, Salonia explicó: “Nos conocemos desde hace más de treinta años y eso inevitablemente aparece en escena. Hay un texto escrito por Sebastián Irigo, pero después está la experiencia de cada una para convertir esos diálogos en algo propio. Lo más lindo de este regreso fue descubrir que, después de tantos meses sin hacer la obra, las dos teníamos cosas nuevas para decirnos. La vida también había seguido escribiendo entre función y función”.

Costantini añadió: “Exactamente. Es un trabajo muy en equipo. Muy nutritivo. Volver a encontrarnos hizo que aparecieran otras asociaciones, otras emociones y otras lecturas sobre los mismos textos. Eso también demuestra que una carta nunca se termina de leer: cambia con el tiempo y cambia con quien la lee”.

En relación con el tiempo que implicaba la escritura de cartas, Costantini señaló: “El tiempo. Creo que esa es la palabra. El tiempo que uno le dedicaba a un amor, a una amistad o a un hermano cuando se sentaba a escribir una carta. Había una decisión de detenerse. Hoy vivimos con una sensación de vértigo permanente: todo tiene que ser ahora, todo tiene que resolverse enseguida. Y eso vuelve mucho más fugaces los vínculos. En cambio, una carta tiene otra densidad. Cuando la escribís sabés que va a permanecer, que alguien la va a leer en otro momento y que esas palabras pueden acompañarlo durante años”.

Salonia agregó: “También desapareció algo muy importante: la espera. Uno escribía, enviaba la carta y esperaba la respuesta. Ese tiempo también formaba parte del vínculo. Hoy la comunicación es inmediata y, justamente por eso, muchas veces resulta más efímera”.

Respecto a la pérdida de una forma de escribir, Costantini afirmó: “Totalmente. Cuando uno se sienta a escribir descubre que las palabras ya no aparecen con la misma facilidad. Antes una carta o incluso un mail permitían desarrollar una idea, contar una experiencia, encontrar una forma propia de decir las cosas. Hoy el mensaje es breve, urgente, casi siempre funcional. En la obra hablamos de eso: de cómo la velocidad modifica también el lenguaje”.

Salonia sostuvo: “Y modifica la literatura de la vida cotidiana. Ya casi no existe esa escritura íntima que tenía una carta. Nosotros invitamos al público a pensar cuándo fue la última vez que escribió una, qué sentía mientras la escribía y qué le pasaría si hoy volviera a leerla. Es una pregunta sencilla, pero mueve muchas cosas”.

Al ser consultadas sobre libros o autores que reaparecieron durante la preparación de la obra, Salonia mencionó: “A mí me pasó enseguida con Virginia Woolf. Volví a Un cuarto propio, un libro que me marcó muchísimo cuando era joven. Siempre pensé que ese cuarto propio no era solamente un lugar físico, sino un espacio interior, una manera de encontrarse con una misma. También reapareció Simone de Beauvoir. Incluso La mujer rota podría leerse como una larguísima carta”.

Costantini, por su parte, señaló: “En mi caso apareció Chéjov. Ahora que me hacés la pregunta me doy cuenta de que siempre vuelve. Es un autor que habla del tiempo, de las personas y de esas pequeñas cosas que terminan definiendo una vida. Pero también me pasó algo muy concreto: empecé a mirar mi biblioteca de otra manera. Buscando material para la obra encontré un diario manuscrito de Juan Rulfo que tenía en casa y prácticamente había olvidado. Esas son las cosas que despierta este trabajo: una carta te lleva a un libro, un libro a otro autor y, de pronto, terminás revisando tu propia memoria”.

Finalmente, sobre la vigencia de la obra, Salonia concluyó: “Exactamente. Las cartas terminan siendo una excusa para hablar del presente. No se trata de sentir nostalgia por un tiempo que ya pasó, sino de preguntarnos cómo nos comunicamos hoy, cuánto tiempo le dedicamos al otro y cuánto espacio dejamos para pensar antes de hablar o escribir. La obra invita a hacer ese pequeño alto en medio de la velocidad cotidiana y preguntarnos qué perdimos con tanta inmediatez y qué cosas todavía estamos a tiempo de recuperar”.

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