Un repaso por la transformación del Ejército Argentino durante la década del ’90, sus logros y las declaraciones recientes de funcionarios que generaron debate sobre el rol de las Fuerzas Armadas.
A fines de 1991, la estructura del Ejército Argentino era básicamente la misma que había surgido de la última reestructuración efectuada en 1964. Según fuentes internas, los modelos sobre los que se basaba estaban desactualizados. La Guerra de Malvinas evidenció el fracaso del entramado doctrinal y operativo vigente, y las políticas de reducción presupuestarias agudizaron los problemas estructurales.
En el nuevo contexto geopolítico internacional, se impulsó un proceso de transformación con los siguientes ejes: nuevo sistema educativo; nuevo despliegue de fuerzas, racionalizado y optimizado; servicio militar voluntario; incremento de la participación de la mujer; integración con otros ejércitos de la región y del mundo; activa presencia en misiones de mantenimiento de la paz; y desprendimiento de inmuebles innecesarios.
Según el documento “Memoria del Ejército Argentino 1992-1999”, estas medidas contaron con la comprensión y el apoyo del entonces presidente Carlos Menem. El texto destaca la labor de un grupo de generales, oficiales y suboficiales que lograron un cambio de pautas culturales, definido por el filósofo Rocco Buttiglione como “movimiento, transformación y porvenir”. El proceso incluyó modernización y equipamiento para cumplir con la misión principal: “Disponer en el marco específico y en el de la acción militar conjunta, de una capacidad de disuasión creíble, que posibilite desalentar amenazas que afecten objetivos vitales”.
Las misiones subsidiarias establecidas fueron: brindar apoyo a la comunidad y a países de la región ante emergencias y desastres naturales; contribuir al sostenimiento de la actividad científica en la Antártida y a la preservación del medio ambiente; prestar apoyo logístico a las Fuerzas de Seguridad; y participar en Misiones de Paz en el marco de las Naciones Unidas.
En el presente siglo, algunas declaraciones de funcionarios generaron controversia. Por ejemplo, se mencionó “los nefastos resultados de haber permitido por décadas que la conducción de las Fuerzas Armadas (FFAA) hubiera quedado en manos militares”, a lo que se respondió que desde 1983 hasta 2025 ningún militar condujo el Ministerio de Defensa. También se cuestionó la afirmación “No tenemos hipótesis de conflicto”, aclarando que se trata de un supuesto teórico de planeamiento, no de una hipótesis de guerra. Otra declaración fue “Hemos subordinado las FFAA al orden constitucional”, que se materializó el 3 de diciembre de 1990, cuando el presidente Menem expresó “Hagan lo que tienen que hacer”. Finalmente, se mencionó que el equipamiento más grande de los últimos treinta o cuarenta años se realizó a partir de 2024, aunque el texto sostiene que eso ocurrió en la década del ’90, citando como fuente la revista especializada británica Jane’s.
Durante los años ’90, se fortalecieron los vínculos con ejércitos de la región y de Estados Unidos. Se impusieron nombres de próceres latinoamericanos a unidades: el general uruguayo José Gervasio de Artigas al Regimiento de Tanques 9 en Puerto Deseado (Santa Cruz); el coronel peruano Francisco Bolognesi al Grupo de Artillería 15 en Salta; y la teniente coronel boliviana-argentina Juana Azurduy al Regimiento de Monte 28 de Tartagal (Salta). Oficiales y suboficiales bolivianos, brasileños, paraguayos y uruguayos participaron en misiones de paz en Chipre y Kuwait. También se invitó a Chile.
Con Brasil, se intensificaron las relaciones: se impuso el nombre de Duque de Caxias al Regimiento de Tanques 12 de Gualeguaychú (Entre Ríos) y se incorporó el idioma portugués (básico) en el Colegio Militar de la Nación. Además, se reemplazó la marcha de Ituzaingó por la marcha de San Lorenzo para la rendición de honores a la Bandera de Guerra y al presidente de la Nación, medida que fue derogada por el presidente Fernando De la Rúa.
En 1997, se realizó el ejercicio combinado Cruz del Sur II en territorio brasileño, a 200 km de la frontera, en Río Grande del Sur. Participaron más de 3000 hombres de Argentina, Brasil y Uruguay, incluyendo blindados, paracaidistas y elementos logísticos. Los presidentes Fernando Henrique Cardoso (Brasil) y Julio María Sanguinetti (Uruguay) presenciaron el ejercicio. Sanguinetti declaró: “Hace diez o quince años atrás no me hubiera imaginado presenciar lo que hoy estamos viendo, tropas brasileñas y argentinas operando juntas”.
El texto concluye con un deseo: “¡Ojalá!, más pronto que tarde, se concrete definitivamente la imposición de la marcha de San Lorenzo para la rendición de honores a la Bandera Nacional de Guerra y al presidente de la Nación”.
