Un informe de la Universidad Austral indica que los nacimientos cayeron cerca de un 40% desde 2014. El 57% de los hogares no tiene hijos menores de 18 años y la tasa de fecundidad se ubica en 1,3 hijos por mujer.
Los nacimientos en Argentina cayeron cerca de un 40% desde 2014, según un informe del Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad de la Universidad Austral publicado en 2025. El documento señala que el 57% de los hogares no tiene hijos menores de 18 años, mientras que en 1991 el 56% de los hogares tenía chicos y adolescentes.
La tasa de fecundidad en el país se ubica hoy en 1,3 hijos por mujer, por debajo del nivel de reemplazo generacional estimado en 2,1 hijos.
Ángela Nakab, médica especialista en Pediatría y Adolescencia y secretaria de Medios y Relaciones Comunitarias de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), declaró: “Tener menos familiares no implica tener una peor infancia. Lo que muestra la evidencia es que el desarrollo emocional depende mucho de la calidad de los vínculos más que de la cantidad. Un niño o una niña necesita personas adultas que estén disponibles, sensibles y emocionalmente presentes”.
Nakab sostuvo que “antes muchas habilidades sociales se aprendían en forma espontánea en la vida cotidiana” y que ahora cobran más importancia otros espacios como la escuela, la plaza, los abuelos, el club y los docentes. “Es importante que aparezcan espacios donde los chicos puedan construir relaciones estables con pares y con personas adultas que sean significativas”, afirmó.
La psicóloga experta en familias Maritchu Seitún coincidió en que cuando no hay una familia extendida numerosa, los padres tienen que ocuparse más de generar esos encuentros: “Invitar compañeros a casa, ir a la plaza o al club y acercar otros adultos que puedan convertirse en referentes, como padrinos, vecinos o amigos de la familia”.
Seitún señaló que la vida cotidiana no siempre ayuda porque los encuentros pueden quedar relegados si los adultos tienen poco tiempo y están cansados durante los fines de semana. También advirtió que las pantallas pueden funcionar como “niñeras” y desplazar oportunidades de encuentro con otros.
Nakab indicó que la red también importa para los adultos, ya que con menos familiares cerca puede haber menos personas a quienes recurrir para cuidar a los chicos o dar una mano. “Para criar un niño necesitamos una red y muchas veces hay que construirla de una manera intencional. No alcanza solamente con la familia nuclear, sino que hay que tener un sostén importante”, explicó. Y agregó: “Contar al menos con una persona adulta significativa, además de los padres, funciona como un importante factor protector para la salud mental, la autoestima y la resiliencia de los niños y de los adolescentes”.
Según un informe de la Defensoría de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes elaborado a partir del último censo, los hogares con un solo hijo pasaron del 33% en 1991 al 46% en 2022. En la Ciudad de Buenos Aires, datos del Instituto de Estadística y Censos porteño (IDECBA) de 2024 indican que en más de la mitad de los hogares con menores de 18 años (51%) vive un solo chico.
Consultada sobre qué implica para un chico crecer sin hermanos, Nakab afirmó que ser hijo único no es una desventaja, ya que la evidencia no demuestra un peor desarrollo emocional o social respecto de otros chicos. Seitún aseguró que es un mito que ser hijo único implique un problema, pero mencionó algunas prácticas cotidianas: “Puede ocurrir que les cueste compartir o defenderse de sus pares porque en casa no necesitan compartir ni tienen oportunidad de practicar defender el espacio propio”.
Nakab sostuvo que los padres de hijos únicos pueden disponer de más tiempo, recursos y atención para ese hijo, lo que puede favorecer el desarrollo del lenguaje y el aprendizaje, además de facilitar un vínculo cercano con los adultos. Seitún advirtió que la contracara aparece cuando todas las miradas quedan puestas sobre el hijo: “Puede resultar muy pesado para ese hijo ser mirado permanentemente y que las expectativas y proyectos de sus padres recaigan solo en él”. También mencionó el riesgo de que le cueste salir de la posición de “su majestad el hijo” y que los padres no quieran dejarlo crecer e independizarse.
Ambas especialistas aseguraron que crecer sin hermanos no determina cómo será la infancia. Nakab concluyó: “El mejor predictor del desarrollo no es el número de hermanos o de familiares, sino la calidad de los vínculos que rodean a ese niño o esa niña. El desafío no es cuántos somos alrededor de los chicos, sino cómo estamos”.
