El expresidente uruguayo Luis Lacalle Pou disertó en el Coloquio de IDEA en Mar del Plata sobre la estabilidad institucional de Uruguay, el rol de los partidos políticos y los límites del poder presidencial. Sostuvo que la estabilidad no depende solo de la economía y advirtió sobre el riesgo de que se convierta en apoltronamiento.
MAR DEL PLATA.- El expresidente de Uruguay Luis Lacalle Pou expuso este jueves en el Coloquio de IDEA, que se realiza en Mar del Plata, sobre las razones que, según su análisis, explican la estabilidad política e institucional de su país. La conversación fue moderada por Gustavo Manríquez, CEO de Banco Supervielle.
Lacalle Pou sostuvo que la estabilidad uruguaya no depende solamente de la economía, sino de un entramado de partidos políticos, instituciones y límites al poder. Mencionó que el Partido Nacional cumplió 190 años y afirmó: “Está la bandera y el abanderado”. Explicó que las ideas y valores de los partidos funcionan como “un mecanismo de contención” del líder, y que “no te permiten hacer cualquier cosa”.
Según afirmó, antes de comenzar una elección, entre el 65% y el 70% de los uruguayos ya sabe a qué partido votará. Admitió una tendencia hacia una política más personalista, pero sostuvo que persiste una sociedad con pertenencias partidarias que funcionan como elemento de estabilidad.
En relación con la Justicia, Lacalle Pou dijo que “las democracias que empiezan a perder pie” suelen mostrar una intromisión del poder político sobre la Justicia. Recordó su experiencia en el gobierno: “Si yo hubiera osado opinar de un fallo de la Justicia, estaba en serios problemas”. Afirmó que prefiere esa separación antes que “la Justicia politizada” y “la judicialización de la política”. Advirtió que si las modificaciones constitucionales o legales permiten que quienes gobiernan elijan magistrados según sus conveniencias, se produce “un tiro en el corazón de la separación de poderes”.
Definió que “el presidente tiene como deber primario ser factor de unión y no de separación”. Dijo que debe gobernar para “el más fanático” de los propios y también para aquel que “no me puede ni ver”. Recordó que reunió a dirigentes que habían ocupado lugares enfrentados medio siglo antes y que les dijo: “Esta reunión cotiza en bolsa”. Consideró que mostrar a antiguos adversarios sentados alrededor de una misma mesa producía un “boost de estabilidad”.
Sostuvo que la estabilidad “no se construye con grandes recetas ni con grandes actos”, sino que se acumula “en dosis homeopáticas”. Mencionó que durante su primera campaña presidencial, en 2014, vio una pared recién pintada con la frase: “Firme con las ideas, suave con las personas”. Su fórmula de gobierno fue: “Paciencia, prudencia y equilibrio”. Agregó: “Hay que sentir la humildad de la historia y la responsabilidad del momento”.
Al ser consultado sobre qué ofrecía a los inversores, respondió: “La estabilidad cotidiana”. Explicó que un gobierno puede firmar un decreto y un ministro puede impartir una orden, pero después esa decisión debe atravesar la administración y llegar hasta “la ventanilla” de una oficina pública. Allí aparece la diferencia entre “el país de papel” y “el real”. Añadió que “hay cosas que sólo pasan o se demuestran con el tiempo. Aquí la confianza”.
Lacalle Pou introdujo una preocupación: “Tengo cierta preocupación de que la estabilidad no se convierta en apoltronamiento”. Planteó que la previsibilidad es la base sobre la que puede construirse un país, pero no necesariamente garantiza prosperidad. Si a la estabilidad no se le agrega audacia, advirtió, avanzar en términos de progreso resulta más difícil.
Respecto de los límites del liderazgo presidencial, sostuvo: “Es imposible gobernar contra lo que el país quiere y muchas veces también es más rápido de lo que el país quiere”. “Hay un límite que es cuánto sos representante y cuánto sos guía”. Agregó: “Si te eligen también es para que lideres, para que guíes”, pero estableció el límite: “No a contramano”. Para transformar un país, añadió, un presidente necesita generar consenso.
Relató que durante su gobierno hubo reformas que quiso impulsar y que sus propios socios políticos frenaron. Defendió los acuerdos políticos escritos, que admitió que pueden parecer “un poco pasada de moda”. “El que escribe piensa”, sostuvo. Recordó que la coalición con la que llegó al gobierno estaba integrada por cinco partidos de tamaños muy diferentes y que, una vez constituida la mayoría parlamentaria, el partido más pequeño podía tener tanta importancia como el más grande. Puso como ejemplo una reforma que pretendía avanzar y ante la cual encontró resistencia dentro de su propia coalición. Dijo: “Tenés que ver cuánto avanzás, cuánto te cuesta ese avance y qué tan efectivo es”.
Consultado sobre el papel de los empresarios, respondió: “Cumplir la regla. Pedir que se cumpla la regla. No aprovecharse”. Advirtió que la excepción que beneficia hoy a una empresa puede terminar perjudicando al país y, en el largo plazo, también a quien obtuvo aquel privilegio. Agregó la obligación de aportar experiencia y conocimiento y de ejercer plenamente la ciudadanía. “Una ciudadanía completa no es votar cada cinco años”, afirmó.
En ese punto, confesó: “Yo me sentí muy poco controlado”. Sostuvo que sindicatos, cámaras empresariales y organizaciones sociales tienen un papel como grupos de presión y que ese “tire y afloje” ayuda a que el gobernante busque un centro con la fórmula que había mencionado: paciencia, prudencia y equilibrio.
Sobre la inteligencia artificial, advirtió que uno de sus mayores desafíos será la desconexión con los sistemas educativos: el riesgo no es solamente que la tecnología vuelva obsoletas determinadas tareas, sino que las personas no adquieran las habilidades necesarias para adaptarse. También encontró una oportunidad para “el país real”: “Es un momento para optimizar la función del Estado, para acercar el Estado a la gente, para obtener menos burocracia”.
Durante casi media hora, Lacalle Pou intentó responder por qué Uruguay puede cambiar de presidentes sin empezar nuevamente de cero. Su respuesta fue: partidos que sobreviven a sus líderes, jueces a los que el Presidente no debería llamar, acuerdos que limitan la velocidad de las reformas y una sociedad que obliga al poder a negociar. Dejó una prevención: después de construir la estabilidad durante décadas, el próximo desafío es que la estabilidad no se convierta en la razón para no cambiar nada.
