Desde tiempos coloniales se urbanizaron los terrenos pantanosos que hoy ocupan Paseo Colón, Leandro N. Alem y Libertador. Un recorrido por los edificios, personajes y curiosidades que marcaron la historia de la zona.
Desde tiempos coloniales se urbanizaron aquellos terrenos pantanosos que hoy son Paseo Colón, Leandro N. Alem y Libertador.
A fines del siglo XVIII, el Virrey Vértiz creó el Paseo de la Alameda, un camino arbolado de 400 metros paralelo al río, que iba desde el Fuerte hasta el Retiro. Este espacio, muy concurrido por los vecinos, también se conoció como Paseo de la Ribera o Paseo del Bajo. Se extendió a mediados del siglo XIX, y con el propósito de impedir que las aguas del Plata llegaran hasta las viviendas cercanas a la costa, el ingeniero Felipe Senillosa proyectó un muro de contención, obra que se continuó tras su fallecimiento, y concluyó en 1865.
El Muelle de Pasajeros (1855) daba sobre la actual calle Perón. Muy cerca tenía su estudio de retratos Esteban Gonnet, fotógrafo pionero, al igual que Benito Panunzi.
Hacia el sur, la empresa concesionaria del Ferrocarril Buenos Aires al Puerto de Ensenada construyó por la margen del río un viaducto metálico elevado por el que corrían los trenes, y después surgió un camino paralelo, el Paseo Colón.
A la altura de la calle Alsina se destacaban sobre la barranca la estructura y la chimenea del Molino San Francisco, uno de los primeros grandes molinos harineros a vapor que tuvo la ciudad. Construido en 1846 en terrenos del empresario inglés William Hayton, tomaba agua del río y funcionaba a vapor.
En el predio lindero estaban las caballerizas de la cochería de Marcial Mirás, empresa que para fines del siglo XIX inauguró un edificio con un hall de 1.000 m2 y establos para sus 180 caballos de paseo. En planta alta tenía sastrería, ropería y un depósito de coches elevados por ascensor eléctrico, y en la planta baja oficinas, una peluquería y el salón de exhibición de los vehículos: coupés, char bancs, breaks de chasse y charrets.
En el otro lindero, hacia el sur, Guillermo Hayton (h) construyó, en 1870, una piscina de 33 x 10 m, luego cubierta, considerada una de las primeras piscinas destinadas a la práctica organizada de la natación en Buenos Aires. Se llenaba con agua del río, utilizando las bombas del molino, y se vaciaba en el mismo curso. Esa operación se complicó con el tendido de cloacas, porque el caño colector estaba más alto, lo que se solucionó al construirse un caño maestro en Paseo Colón, y entonces el desagote se volvió más eficiente.
La existencia de la Pileta Balcarce contribuyó al desarrollo de la natación, que antes se practicaba en el río y en el Riachuelo. Además de la enseñanza y práctica, se organizaban competencias, y fue el lugar donde, en 1907, se hicieron las demostraciones de salvamento de la primera Escuela de Guardavidas del país, creada en la YMCA por el Dr. Lovat Mulcahy, quien fuera director médico del Hospital Británico y pionero en la docencia de enfermería. Varios presidentes hicieron uso de las instalaciones de la Pileta Balcarce: José Figueroa Alcorta, Julio A. Roca, Luis Sáenz Peña y Marcelo T. de Alvear.
Al finalizar la década del ´30, cuando varias instituciones ya contaban con piscinas, la pileta Balcarce fue perdiendo relevancia y, finalmente, demolida.
El monumento a Cristóbal Colón fue un regalo de la comunidad italiana a la Argentina con motivo del Centenario. Debía llegar para 1910, pero finalmente se inauguró en 1921.
Tras la construcción del Puerto Madero y al desarmarse el viaducto ferroviario, sobre el terreno rellenado se construyó la actual avenida Paseo Colón, que corre un kilómetro y medio hasta la barranca del Parque Lezama. Algunos de los edificios importantes que se levantaron en el trayecto –todos con la exigencia municipal de tener una recova– aún están en pie, otros son solo recuerdos.
En el Parque Colón, diseñado por Carlos Thays detrás de la Casa Rosada, ya no está la Fuente Monumental, que fue desarmada, ni el Monumento a Cristóbal Colón, regalo de la colectividad italiana e inaugurado en 1921, que sigue mirando al río desde el espigón Puerto Argentino de la Costanera Norte.
En la primera cuadra tampoco está el edificio de Rentas Nacionales –también depósito de la Aduana Taylor– demolido en 1937 para la construcción del Ministerio de Economía.
En la esquina con la calle Alsina perdura el imponente edificio de la Oficina de Ajustes de los Ferrocarriles, conocido popularmente como “Railway”. Su historia incluye también al edificio lindero de la Asociación Cristiana de Jóvenes-YMCA, en Paseo Colón 161. Ambos edificios fueron proyecto de los arquitectos Conder, Chambers y Newbery Thomas, quienes se asociaron para su construcción y decidieron diseñarlos como edificios integrados: el de la YMCA se vería como un ala más pequeña del Railway sobre Paseo Colón. Algunos suponen que la fecha de 1910 grabada en el frontis del Railway es del año de finalización de su construcción, pero no es así. Ambos edificios se terminaron de construir en 1912, el de la YMCA en agosto y el Railway en noviembre, aunque se habilitó recién en 1914. En 1925 el edificio YMCA agregó otras dos plantas, pero no pudo terminar los techos, que debían ser similares a los del Railway, y se demolió en 1938, cuando la institución se trasladó a la calle Reconquista, perdiendo así el conjunto esa parte similar sobre Paseo Colón.
Si bien se asocia al Bajo con las empresas y las oficinas, sobre las avenidas Paseo Colón y Alem también convivieron importantes residencias con viviendas populares.
Parte de la historia del deporte argentino pasó por ese edificio de la YMCA: en su gimnasio tuvieron lugar las primeras prácticas organizadas de básquet y vóley, deportes introducidos por la institución en 1912, y de Pelota a Mano, la actividad preferida por Carlos Gardel, quien después de las clases de calistenia y los partidos de pelota se juntaba a comer con sus amigos en el restaurante La Sonámbula en la planta baja del Hotel de Londres, en Victoria y Defensa. En el subsuelo del edificio YMCA también se instaló el primer restaurante de autoservicio del país, una novedad en la ciudad. Así lo describía la revista Fray Mocho en una extensa nota, titulada “Sírvete a ti mismo-Un restaurante sin mozos, sin propinas y sin copetines”: “Hay de todo como en botica. Diariamente varía el menú, y puede usted estar seguro de que hallará ‘combustible’ como para satisfacer al Gramajo más exigente”. “No bien usted liquida el plato, levanta campamento y se dirige usted a depositar el servicio utilizado en el plano inclinado de la sección lavaplatos”. Para acompañar las comidas se servía agua filtrada y fría, leche o naranjada, ya que las disposiciones de la YMCA no permitían bebidas alcohólicas, reñidas con la disciplina de un atleta. En ese restaurante, la YMCA y el Centro de Estudiantes de Ingeniería de la UBA organizaron la cena de despedida a Albert Einstein cuando visitó Argentina en 1925. Esa noche el guitarrista Juan Mas interpretó canciones folklóricas y Einstein describió la actividad en su diario de viaje como “Estudiantes, guitarras y canto”. El científico estaba entusiasmado, participó con buen humor de una batalla de lanzamiento de panes y para cerrar la jornada aceptó tocar el violín. La crónica cuenta que un estudiante corrió a su casa “con la velocidad de la luz” para buscar el instrumento, y después Einstein tocó piezas de Schumann, Mozart y Beethoven.
Aunque no están sobre la traza, se destacan en el trayecto el edificio Libertador, sede del Ministerio de Defensa, obra del arquitecto Pibernat, y el de la Aduana, de los arquitectos Lanús y Hary. En la plaza frente a la Aduana estuvo el Monumento a la Cordialidad argentino-uruguaya, obsequiado por el país hermano en 1936 con motivo de los 400 años de la fundación de Buenos Aires, e instalado años después. Realizado con bronce producto del desguace de un crucero y de monedas de cobre donadas por alumnos de escuelas de Montevideo, en 1962 fue emplazado en el Parque Lezama. Sobre Paseo Colón encontramos también el edificio Lahusen, de 1926, obra del arquitecto Sackmann; el Teatro Colonial, construido en el terreno donde estuvo la casa de Azcuénaga y luego la Aduana vieja, y en la cuadra siguiente, el edificio de la empresa Agar Cross, de 1907.
En el cruce con México estaba el corralón de maderas de Tomás Drysdale, después ocupado por la empresa Guillermo Johnston, importadora del Té Tigre.
Entre Venezuela y México funcionó, desde 1913, un Mercado Municipal, que se amplió en 1935, donde se vendían carnes vacunas, chacinados, verduras, frutas, aves y pescados. La tienda Gath y Chaves, la droguería La Estrella, la empresa Cassels y las fabricantes de neumáticos Dunlop y Michelin también tuvieron depósitos en Paseo Colón, y la empresa “La Argentina”, de Inchauspe su destilería de licores. La Escuela Técnica Otto Krause, desde 1909 ocupa un edificio con numerosas prestaciones, entre ellas una usina propia, y además cuenta con un museo tecnológico.
En Paseo Colón 746 se alza el Edificio Columbus, ya sin sus dos grupos escultóricos a ambos lados de la cúpula. Encargado en 1912 por el empresario Federico Clarfeld para sede de su compañía importadora de cristalería, luego fue ocupado muchos años por la empresa Molinos Río de la Plata.
En el cruce con Independencia, el edificio de la Cristalería Rigolleau, del arquitecto Bunge, conserva su fachada y parte de su estructura, a la espera de un desarrollo inmobiliario.
La manzana que ocupa la Facultad de Ingeniería fue originalmente el campo de deportes de la Asociación Cristiana de Jóvenes-YMCA, inaugurado en 1924, que tenía una pista atlética, lugares para saltos y lanzamientos, y canchas de fútbol, básquet y béisbol. Allí entrenaron equipos que representaron al país en Juegos Olímpicos y Campeonatos Sudamericanos de atletismo, y se batieron récords de distintas disciplinas. Uno de los profesores era el gallego José Lago Millán, que dirigió los equipos argentinos de atletismo entre 1923 y 1926 y además enseñaba natación, básquet y calistenia. Lago Millán es recordado como el técnico de la Selección Argentina de fútbol que ganó dos ediciones de la Copa Newton, el campeonato Sudamericano de Perú en 1927 y la medalla de Plata en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam en 1928, donde Domingo Tarasconi (“Tarasca”) resultó goleador con 11 tantos en cuatro partidos. Ese año Carlos Gardel grabó el tango “Patadura”, donde menciona al futbolista: “Hacer como Tarasca, de media cancha un gol”.
La YMCA utilizó ese campo de deportes hasta 1950, cuando el Estado Nacional decidió construir allí el edificio de la Fundación Eva Perón, actualmente sede de la Facultad de Ingeniería.
En la plazoleta frente al edificio se halla el grupo escultórico “Canto al Trabajo”, obra de Rogelio Yrurtia, declarado monumento histórico nacional. Fue presentado al público en el Museo Nacional de Bellas Artes en 1922, inaugurado en la Plaza Dorrego en 1927, y trasladado a ese lugar en 1937.
El monumento “Canto al Trabajo”, fundido en Francia, fue presentado al público en 1922, inaugurado en 1927 frente a la plaza Dorrego y trasladado a Paseo Colón en 1937.
Allí también está el conjunto de edificios del Ministerio de Agricultura, el primero proyectado en 1912 como albergue nocturno para 540 personas y el segundo en 1931, para sede de YPF.
En la vereda opuesta, a principios del siglo XX existió un bebedero para caballos frente a la pescadería La Social, local donde luego se instaló el Union Bar, desaparecido por el ensanche de Independencia.
En un salón de Paseo Colón 1111 jóvenes daneses fundaron la Iglesia Dinamarquesa, que en 1931 construyó su templo en Carlos Calvo 257, proyecto del arquitecto Morten Rönnow –autor del edificio Otto Wulff– y su socio Erik Bisgaard.
Más al sur, estaba el edificio de la Usina “La Capital” de la Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad, y al llegar a Brasil los depósitos de Aduana, luego Intendencia de Marina e Intendencia General de Guerra. En ese predio solo queda un pequeño edificio, sede del Comando Antártico del Ejército.
El Paseo de Julio
Desde Rivadavia hacia el Norte, el Paseo de Julio corría hasta la Plaza de la Recoleta. Allí estaban la Aduana Taylor, cuyos restos se encuentran en el Museo de la Casa Rosada, y entre Rivadavia y Bartolomé Mitre, cercana a la Capitanía de Puertos, al Muelle de Carga de la Aduana y al Muelle de Pasajeros, la Estación Central Ferroviaria, que se incendió en 1897. En imágenes de la época se destaca en la planta alta de una esquina la casilla de madera que servía de estudio al fotógrafo y agrimensor Esteban Gonnet. Algunas de sus fotos de Buenos Aires están entre las más antiguas que se conocen, y fueron las primeras usadas en la prensa ilustrada local.
La construcción del puerto, que comenzó en 1887, obligó al relleno de esa zona del río, generando nuevos terrenos donde se levantaron edificios de empresas, oficinas y bancos. Por todo esto, el Paseo de Julio quedó lejos de la orilla.
El primer gran edificio de oficinas fue el de la administración del Ferrocarril Central Argentino, en el cruce con la calle Bartolomé Mitre, donde también encontramos el de la Sociedad Hipotecaria Belga, del arquitecto Christophersen, y en la otra cuadra, el edificio que proyectó el arquitecto Marcovich para el empresario Nicolás Mihanovich.
En 1903 se instaló en el cruce con Cangallo (hoy Perón) la fuente Las Nereidas, de la escultora Lola Mora, obra sobre la que la artista había realizado el trabajo final en un taller provisorio en el Paseo de Julio. Debido a las críticas y amenazas de destrucción que recibió la escultura por sus figuras desnudas fue trasladada en 1918 a la Costanera Sur.
La fuente de las Nereidas no duró mucho sobre Av. Alem: apenas desde 1903 hasta 1918, cuando fue trasladada a la Costanera Sur por lo atrevido de sus desnudos.
En la cercanía del Muelle de Pasajeros se establecieron lugares de alojamiento, casas de comida, fondas y hoteles, como el Hotel y Restaurante De Génova, el Hamburger Hof y el Zum Deutschen Bund, todos con entradas también por la calle 25 de mayo.
En la esquina con Corrientes estaba la casa que, en 1860, perteneció a Lorenzo de Uriarte y luego fue vivienda de Francisco Bernabé Madero y su esposa Marta Ramos Mejía, quienes le agregaron un piso. La propiedad después sufrió otras modificaciones y se convirtió en el Hotel del Norte, que más tarde cambió su nombre por Hotel Nacional.
A comienzos de los años 30 en ese lugar se construyó el edificio COMEGA, de la Compañía Mercantil y Ganadera. Su ubicación y altura permitía ver Colonia del Sacramento desde sus pisos superiores.
En la vereda opuesta se levanta el magnífico Palacio de Correos y Telecomunicaciones, proyectado en 1888 e inaugurado en 1928. Y el lugar donde estuvo el edificio Calvet, obra del arquitecto Gastón Mallet, hoy es una playa de estacionamiento.
Entre las calles Parque (actual Lavalle) y Tucumán se creó la Plaza de Julio, en la que a pedido de la colectividad italiana se emplazó, en 1878, un monumento al político y periodista Giuseppe Mazzini. Durante años conocida como Plaza Mazzini, desde 1961 se denomina Plaza Roma y hoy está rodeada de edificios, entre ellos el que ocupó el diario La Nación, la Torre Bouchard y el edificio República proyectado por el arquitecto César Pelli.
Sobre el Paseo de Julio también hubo residencias, como la del ex presidente Miguel Ángel Juárez Celman, o la de su ministro del interior Eduardo Wilde, ambas proyectadas por Francesco Tamburini (el arquitecto del Teatro Colón). La primera fue demolida en la década de 1970 para construir el edificio Chacofi. También vivía allí el empresario francés Alfred Benoit Molet, en Lavalle 184, donde además tenía sus oficinas y un local de venta de carburo de calcio, artefactos para gas y acetileno. Molet es recordado particularmente en la provincia de Córdoba, donde en 1897 emprendió el proyecto de una usina hidroeléctrica, que se construyó en 1902, cuyas turbinas eran propulsadas por las aguas del río Suquía y producían energía para la fabricación de carburo de calcio, utilizado para iluminación. La usina actualmente es un museo.
Así relataba en 1901 la revista Caras y Caretas el diálogo con un vecino del Paseo de Julio:
“Yo vivo en un segundo piso del Paseo de Julio, entre Lola Mora y Mazzini, decíame un inteligente sujeto cuya manía de observación es a veces fecunda, vivo en el Paseo y no cambiaría mi morada burguesa por todo el oro del mundo.
-¿Tan buena es? — Deliciosa, variada, pintoresca, fecunda en cuadros para estudios morales, estéticos, sociólogos de todo género y además amena y económica.
-¿También económica? -Sí, principalmente.
No me cuesta ni un centésimo el constante espectáculo del que disfruto, ya cómodamente desde mis balcones, o ya mezclado con la muchedumbre en los jardines y los portales, formando parte de la rebullente colmena de abejas, abejorros y zánganos que allí se agita.
-En efecto, debe gozarse de muy buenas vistas.
-¿Vistas, has dicho? Magníficas. En la mañana abro las persianas y penetra el aire fresco del río, embalsamado por las plantas y el musgo de los jardines, a disipar la brumosa, tibia atmósfera de mi alcoba, oreando en mi frente la pesadez del sueño.[…]
La Iluminación espléndida da al Paseo de Julio un aspecto fantástico. Las bombas eléctricas marcan en grande espacio las avenidas, los diques, los jardines y las frondas. En la galería o arcada que corre quince cuadras desde Rivadavia hasta el Retiro, se iluminan las tiendas, las fondas y botillerías; abren sus puertas los cafés con camareras y los salones de concierto y libertad de pensamiento y de enseñanza y dan aquí y allí los hijos de Parténope y la Calabria que vendieron papas y compraron botellas vacías durante el día, dan, digo, al manubrio con infatigable constancia, arrancando del organillo valses, polcas, milongas y cantatas en palpitante boga.
-¿De manera que te diviertes?
-¡Vaya si me divierto! Ya te lo dije. No cambiaría mi morada por todo el oro del mundo.”
En la década de 1950 se construyó el edificio Atlas (luego Alas) que durante años fue el más alto de la ciudad, y donde estuvieron los estudios de Canal 7.
El Luna Park y todo Puerto Madero están construidos en terrenos ganados al río. Las primeras obras comenzaron hacia 1887 y concluyeron en 1898.
En 1900 el presidente Julio A. Roca inauguró las Cocheras Presidenciales, que originalmente albergaron a carruajes y luego a la flota de vehículos de la Presidencia. Ese lugar, donde hubo caballerizas y un picadero, fue reconvertido en un espacio gastronómico, luego reformulado como un lugar para eventos que se conoce como Patio de los Carruajes.
Con el arribo de inmigrantes, las colectividades crearon organizaciones de ayuda. En el Paseo de Julio y San Martín estuvo la sede de la Società di Patronato Italiano e Rimpatrio per gli Immigranti Italiani, una entidad de beneficencia creada en 1877 y dedicada a sostener a los italianos recién llegados brindándoles alojamiento, alimentación y asesoramiento.
En el largo terreno desde la calle Temple (hoy Viamonte) hasta la bajada de San Martín, Francisco Seeber construyó en 1872 el Muelle de las Catalinas, que penetraba en el río y tomaba su nombre del cercano Monasterio de Santa Catalina de Siena. La sociedad The Catalinas Warehouses and Mole Co. operó el muelle hasta su demolición por la reestructuración del puerto, y continuó su actividad hasta el año 1945, con galpones para almacenaje de 63.000 m2, depósitos para inflamables y una playa de 21.000 m2.
Al demolerse esas instalaciones, se lotearon los terrenos, a los que se agregaron otros linderos, pertenecientes a Otto Bemberg, donde había estado el Parque Retiro. Allí se levantaron edificios, entre los primeros el hotel Sheraton y las torres Conurban, la de la Unión Industrial, Catalinas Norte, Madero e IBM.
Más hacia el Norte estaba el Mercado Retiro, y en el lugar que había ocupado la batería de cañones para la defensa del puerto y luego la Compañía Primitiva de Gas –que abastecía el alumbrado público–, se diseñó la Plaza Británica (hoy Plaza Fuerza Aérea) con la Torre Monumental, regalo de los residentes británicos por los festejos del Centenario de 1910, inaugurada en 1916. Se destacaron también el edificio de la importadora de autos de Julio Fevre (en el predio donde actualmente hay un hotel), la Tintorería Prat (la primera de la ciudad), la sucursal Retiro de la Cervecería Quilmes y la Usina de la Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad. Al llegar a Callao, sobresalía la figura del volcán Fujiyama, una de las atracciones del Parque Japonés, que funcionó allí desde 1911 durante 20 años, lugar ocupado en la década del 60 por el Italpark. El famoso edificio de los “Setenta balcones y ninguna flor”, mencionado en el poema de Baldomero Fernández Moreno, estaba en esa zona del Paseo de Julio, dato que el escritor brindó para desmentir que fuera un edificio de Corrientes y Pueyrredon, como popularmente se suponía. En las primeras décadas del siglo XX, en las cuatro cuadras finales del Paseo había viviendas, ocho almacenes, dos cafés, dos fondas, dos restaurantes, dos cocherías y una caballeriza, para culminar en la numeración 2450, el famoso Palais de Glace, con su pista de hielo circular, publicitado como “Salón de Patinar” y más tarde convertido en un salón de baile donde el tango se hizo popular.
El parque de entretenimientos llamado Parque Japonés tuvo dos etapas: una cerca de Callao (donde luego estuvo el Italpark) y otra más próxima al hotel Sheraton de Retiro.
En 1919, por Ordenanza Nº 520, el Paseo de Julio cambió su denominación por Avenida Leandro Nicéforo Alem.
Desde la Recoleta, el Paseo de Julio continuaba hacia el norte en un camino de tierra, que se pavimentó y se convirtió en una avenida con tres tramos de distintos nombres: Alvear, Virrey Vértiz y Blandengues. A lo largo de su recorrido se construyeron edificios y casas importantes, algunas hoy convertidas en sedes diplomáticas, como los palacios Bosch y Alvear, y otras en museos, como la de Félix Bunge (actual Museo José Hernández) o la magnífica residencia Errázuriz, sede del Museo Nacional de Arte Decorativo. Plazas, jardines y monumentos –como el Monumento a la Carta Magna y las Cuatro Regiones Argentinas, más conocido como “de los españoles”– o el de la Riqueza Agropecuaria Argentina, en la Plaza Alemania, se agregaron al entorno de la avenida, que, en 1950, al celebrarse el Año del Libertador General San Martín, en su trayecto hasta el límite de la ciudad se rebautizó como Avenida del Libertador. Treinta años después, su continuación en el conurbano también tomó el mismo nombre hasta la localidad de San Fernando.
Toda la costa de la ciudad se fue transformando, y sobre los terrenos de relleno se construyeron nuevos caminos, como la avenida Centenario (hoy Figueroa Alcorta), inaugurada en 1910, o las Costaneras Sur y Norte, y otras calles paralelas. Las nuevas arterias hicieron que las actuales Paseo Colón, Leandro Alem y Libertador, otrora eje del Bajo, quedaran más alejadas de las aguas del Plata. Quizás los nuevos desarrollos de Puerto Madero, la Reserva Ecológica y otros proyectos nos acerquen nuevamente al río.
