La madrugada del domingo fue una de las más difíciles que recuerdan los vecinos del barrio Sismográfica, en Comodoro Rivadavia. El deslizamiento de tierra que afectó a la zona obligó a una autoevacuación urgente, con familias que debieron abandonar sus casas en cuestión de minutos, en medio de la oscuridad, el miedo y la incertidumbre por lo que podía suceder si el terreno volvía a ceder.
El operativo de emergencia avanzó con rapidez, pero la situación estuvo atravesada por momentos de tensión, discusiones y un profundo impacto emocional. Más allá de las viviendas dañadas, las calles intransitables y la bronca por tener que dejar atrás años de esfuerzo, uno de los aspectos más dolorosos de la evacuación fue la imposibilidad de rescatar a todas las mascotas.
Las restricciones de acceso impuestas por las autoridades, ante el riesgo de nuevos derrumbes, impidieron que muchos vecinos regresaran a buscar a sus animales. En varios sectores se repitió la misma escena: personas con lo puesto, tratando de asimilar lo ocurrido y lamentando haber dejado atrás a perros y gatos que forman parte de su vida cotidiana.
“Nosotros tenemos los gatos, pero no nos dejan subir… no podemos hacer todo”, relató una vecina, reflejando la frustración compartida por muchos damnificados. El vínculo con las mascotas, en estos casos, profundizó aún más el golpe emocional de la evacuación, sumando angustia a un contexto ya cargado de temor y desolación.
En medio de ese panorama adverso, una historia logró abrirse paso y devolver algo de esperanza. Se trató del reencuentro de Canela, una perra que había quedado atrapada en la zona afectada y que fue hallada sana y salva. El momento en el que vuelve a encontrarse con su familia fue registrado en video y rápidamente se viralizó, generando una ola de mensajes de apoyo, emoción y solidaridad en redes sociales.
El caso de Canela se transformó en un pequeño faro de alivio dentro de una tragedia que todavía mantiene en vilo a la comunidad. Mientras tanto, la situación en Sismográfica continúa siendo delicada. Algunos vecinos reconocieron que inicialmente se resistieron a abandonar sus casas, ya sea por miedo a robos o por el fuerte arraigo emocional con sus hogares.
“No nos queríamos ir y, bueno, pasaron las cosas”, resumió una de las personas afectadas, al explicar la difícil decisión de priorizar la vida por sobre lo material. El operativo de emergencia sigue activo, con controles de seguridad, asistencia a las familias evacuadas y evaluaciones constantes sobre la estabilidad del terreno. En ese contexto, historias como la de Canela no borran el dolor ni las pérdidas, pero funcionan como un respiro emocional.
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