En el ámbito de la salud mental, los profesionales enfrentan un desafío particular al tratar trastornos de personalidad complejos, como el narcisista. Según explica el psicólogo Omar Rueda, existe un patrón donde ciertos individuos acuden a terapia con un objetivo distinto al esperado: no buscan introspección ni cambio, sino herramientas para mejorar su imagen social y afinar su capacidad de influencia sobre los demás.
La terapia como campo de entrenamiento
Rueda detalla que, en estos casos, el proceso terapéutico puede ser instrumentalizado. El paciente absorbe conceptos psicológicos y un lenguaje técnico que luego utiliza fuera del consultorio. Este nuevo vocabulario le sirve para justificar comportamientos dañinos, posicionarse como víctima en conflictos que él mismo genera y desarmar las críticas de su entorno cercano.
“El paso por el consultorio no garantiza una mejora”, advierte el especialista. “Puede brindarles recursos que luego usan para manipular con mayor sofisticación. Aprenden a nombrar emociones y mecanismos no para comprenderse, sino para reinterpretar la realidad a su favor”.
Mecanismos de defensa y abandono
La terapia convencional se sustenta en la vulnerabilidad y la honestidad, elementos que el perfil narcisista suele evitar mediante mecanismos de defensa muy consolidados. Cuando el terapeuta logra confrontar estos patrones, la reacción frecuente es el abandono de la terapia o la búsqueda de un nuevo profesional que no cuestione su narrativa.
Esta “cacería de aprobación” impide trabajar en las causas profundas del trastorno. Cualquier avance se limita entonces a modificaciones superficiales en la comunicación, sin un cambio real en la estructura de personalidad, que se basa a menudo en la negación de las propias fallas y la constante transferencia de culpas.
La clave: límites claros del entorno
La literatura especializada coincide en que el progreso genuino es extremadamente complejo en estos casos. Un factor crucial, más allá de la terapia individual, es la actitud del entorno cercano. Familiares y amigos deben establecer límites claros y no dejarse confundir por un nuevo discurso que simula autoconciencia pero encubre los mismos patrones de control y devaluación.
Sin esta contención externa, el individuo puede desarrollar una fachada de persona “en trabajo personal” que desarma a sus víctimas, haciéndoles creer en un cambio que no es real. Los patrones manipulativos suelen reaparecer cuando el sujeto recupera una posición de seguridad o poder dentro de sus vínculos.
Expertos subrayan que la efectividad de cualquier tratamiento psicológico depende fundamentalmente de la voluntad de cambio del paciente, un elemento que en estos perfiles puede estar ausente. La detección temprana de esta falta de honestidad por parte del terapeuta es, por lo tanto, fundamental para evitar que el espacio clínico se convierta en un refuerzo negativo del trastorno.
