Especialistas en psicología explican que, si bien no existe un perfil único, suelen existir indicadores previos en casos de violencia extrema. Destacan la importancia de la atención adulta, la escucha y la articulación entre familia y escuela.
Un hecho de violencia ocurrido en una escuela de Santa Fe, donde un adolescente de 15 años resultó involucrado en un ataque con resultado fatal, reabre el debate sobre las señales de alerta y la prevención. Expertos consultados coinciden en que, aunque cada caso es único y requiere evaluación específica, existen patrones y factores de riesgo que pueden ser observados.
Juan Pablo Barreyro, investigador del CONICET y profesor de la Universidad de Palermo, señaló que uno de los errores frecuentes es pensar en estos hechos como explosiones completamente repentinas e impredecibles. “Es verdad que se perciben señales”, afirmó, aunque aclaró que muchas veces estos indicios son detectados primero por los compañeros que por los adultos de la familia o la escuela.
Entre las alertas más visibles, Barreyro ubicó el aislamiento sostenido, no ocasional. Remarcó que la evidencia no muestra un perfil único de riesgo, lo que obliga a prestar más atención a los procesos que a las etiquetas. En muchos episodios, explicó, aparece una acumulación de malestar vinculada a experiencias de bullying, rechazo, humillaciones o pérdidas personales, generando una “tensión crónica” que puede agravarse.
“Estos ataques normalmente no son tan impulsivos como uno quisiera creer”, dijo el especialista, sino que suelen atravesar una etapa de planificación previa. El episodio visible puede ser el final de un proceso de deterioro subjetivo que se incubó con anterioridad.
Para la prevención, Barreyro enfatizó la importancia de la vida cotidiana. “Lo más concreto para los padres es hablar con los hijos”, afirmó, sugiriendo abrir espacios genuinos de diálogo con preguntas que inviten a respuestas más allá de lo automático. También remarcó que el hogar debe funcionar como “un espacio de seguridad” y que los adultos deben interesarse no solo por el rendimiento escolar, sino también por los vínculos sociales de los jóvenes.
Respecto al rol institucional, el experto planteó que el problema no suele ser la falta de información, sino la dificultad para articularla entre los diferentes actores (familia, escuela, profesionales).
Por su parte, Charo Maroño, de la Asociación Psicoanalítica Argentina, enumeró otras señales de alarma que pueden naturalizarse en la vida diaria: retraimiento, aislamiento social y familiar, conductas impulsivas, cambios bruscos de ánimo, ansiedad, irritabilidad, insomnio y pérdida repentina de interés por actividades que antes resultaban placenteras.
Ambos especialistas coincidieron en que la prevención efectiva no depende de una intuición mágica, sino de adultos atentos, vínculos reales, escucha cotidiana y una intervención temprana cuando se observan comportamientos que se salen de lo esperable, articulando los esfuerzos entre la familia y la escuela.
