La actriz de 26 años se prepara para protagonizar “Anastasia”, el musical que se estrena el 5 de mayo en el Teatro Astral. En esta entrevista, habla sobre su carrera, su infancia y cómo vive ser la hija de un conocido artista.
Entre anécdotas de su infancia y una pasión por la actuación, Minerva Casero conversa sobre su nuevo gran paso profesional: protagonizar Anastasia, el musical, que se estrena el 5 de mayo en el Teatro Astral. La artista de 26 años, hija menor de Alfredo Casero, se muestra entusiasmada con su recorrido artístico y, en medio de intensos ensayos, comparte sus reflexiones.
– Vas a debutar en teatro musical como protagonista de Anastasia. ¿Cómo te sentís?
– Tengo todas las sensaciones que un humano pueda tener. Pasé por todos los colores, desde miedo hasta felicidad extrema, una y otra vez cada día. Está siendo un crecimiento muy grande para mí y eso que todavía no estrenamos. El director es Marcelo Rosa, un genio; me vio en Viudas negras y le pareció que yo tenía algo interesante para este rol. Siempre me gustó cantar, pero ahora lo estoy profesionalizando.
– ¿Cómo fueron tus inicios en la actuación?
– Empecé a los 16, hace diez años. Hacía teatro e iba a muchos castings en los que no quedaba. Después hice un personaje para Esperanza mía, una Minerva muy chiquita que no sabía nada, pero ahora miro algunos clips y pienso que no estaba tan mal para un primer trabajo.
– En tu casa se respiraba actuación…
– Sí, mi mamá es artista plástica y se conoció con mi papá siendo su vestuarista. Fue el caso natural de un oficio familiar. Crecí entendiendo que la actuación es un trabajo, un oficio, con responsabilidad. No hay que entrar en un trip espiritual. En mi casa, todos son artistas y yo quise ser artista.
– ¿Estás en pareja?
– Sí, desde hace un par de años, pero lo cuido mucho porque no es del medio. Me interesa que esa persona tenga otra manera de ver las cosas, otra lógica, otro cotidiano. Me enriquece que sea diferente.
– ¿Recordás alguna anécdota de cuando visitabas a tu papá en el trabajo?
– ¡Sí! Tenía unos 9 años y mi papá grababa Para vestir santos para Polka. Fui al rodaje y vi algo increíble: un personaje, creo que era Hugo Arana, se moría y lo ponían en un cajón. Yo llegaba con mi mochila de natación y de repente veo a un señor que sale del ataúd, se come un sandwichito de miga y se vuelve a meter. Dije: “Esto es fascinante”. Me explotó la cabeza esa capacidad de recrear un mundo dentro de otro.
– Enseguida te sentiste atraída por el mundo artístico…
– Sí, lo primero que hice fueron voces de dibujitos, doblaje para publicidades. Eran trabajos que estaban cerca para mí.
– ¿Sentís que tu apellido te abrió puertas?
– La verdad que no. Sí hay algo ineludible: la gente me mira más, me escucha más o me presta más atención porque sabe que soy la hija de alguien que ya conoce. Muchas veces me miran a través de los ojos de ser la hija de alguien. Jamás me pesó, pero entendí que existía. Quizás desde el marketing sirve, no sé. También hay cosas más negativas: tenés menos chances de equivocarte porque te están mirando. Hay una mirada atenta sobre mí, para bien y para mal.
– ¿Te considerás una “nepo baby”?
– Soy una nepo baby sin pudor de serlo. Cualquier padre que no tuvo posibilidades, si pudiera darle mejores oportunidades a sus hijos, lo haría. Para mí, el camino fue más fácil y lo digo siempre: fue más fácil porque hubo una parte del camino que no tuve que hacer y que la hizo él. Decir “empecé de cero” es una mentira, es tratar a la gente de boluda y es invisibilizar el camino que él hizo para que a mí me fuera más fácil. Trato de tener una mirada de agradecimiento. No es mi culpa haber tenido posibilidades que otra gente no. Lo que hago es tratar de hacerlas valer, ser respetuosa, buena compañera, llegar temprano y dar lo mejor de mí. Lo demás no puedo cambiarlo.
