Un testigo de primera línea describe el funcionamiento del oficialismo como un partido liberal con conducción soviética, revelando verticalismo, temor y sumisión.
“Un partido liberal con conducción soviética”. Así define un integrante del núcleo del poder el funcionamiento de La Libertad Avanza, según un análisis de Martín Rodríguez Yebra. La frase, más que una crítica, es una confesión de alguien que conoce los métodos internos del gobierno libertario.
El diagnóstico revela rasgos acentuados en el oficialismo: verticalismo extremo, subordinación o destierro, intolerancia a la disidencia y confusión entre lealtad y obediencia. Esto genera, alrededor del líder, una atmósfera de temor donde muchos funcionarios no se atreven a decir lo que piensan y sobreactúan posiciones para agradar al jefe.
En ese contexto se inscriben actitudes frecuentes: desmentir hechos ciertos, aplaudir con fervor simulado, nombrar al presidente decenas de veces en entrevistas, defender situaciones incómodas y confrontar agresivamente a críticos. El “caso Adorni” evidenció este sistema: ministros obligados a escribir mensajes de respaldo en X, asistir a conferencias y ovacionar al jefe de Gabinete en el Congreso, pese a que no todos estaban de acuerdo.
No hay espacio para la conversación franca. El que duda se convierte en enemigo y el que desafía la unanimidad corre riesgo de ser desterrado. Una secretaria general dijo a legisladores: “A los proyectos del Ejecutivo, primero se los vota y después se los lee”. Luego, cuando la frase trascendió, pidió desmentirla. Negar lo cierto forma parte de la supervivencia en “un partido liberal con conducción soviética”.
