En 2007, el violinista Joshua Bell tocó durante 45 minutos en una estación de metro de Washington D.C. sin ser reconocido por la mayoría de los pasajeros. Años antes, dos excursionistas estadounidenses conversaron con la reina Isabel II en Escocia sin saber su identidad. Ambos episodios, relatados por el rabino Rafael Jashes, ejemplifican cómo lo extraordinario puede pasar desapercibido en la vida diaria.
En enero de 2007, el diario The Washington Post realizó un experimento en una estación de metro de Washington D.C. El violinista Joshua Bell, reconocido internacionalmente y poseedor de un violín Stradivarius valuado en millones de dólares, se instaló como músico callejero y tocó durante aproximadamente 45 minutos. Más de mil personas pasaron frente a él. Según el relato del rabino Rafael Jashes, casi nadie se detuvo a escucharlo; algunos caminaron sin mirarlo, otros se detuvieron unos segundos y unos pocos dejaron monedas. Una de las personas que pasó frente a él no sabía que estaba escuchando a uno de los grandes violinistas del mundo.
Jashes señala que muchas veces no se necesita que aparezcan cosas extraordinarias, sino aprender a reconocer las que ya están delante. Menciona el concepto de FOMO (miedo a perderse algo) y el dicho de que el pasto del vecino siempre parece más verde. Sostiene que el agua que hace que el pasto se vea más verde se llama atención, valoración y reconocimiento.
El rabino relata otra historia ocurrida alrededor de 2005. La reina Isabel II y su oficial de protección personal, Dick Griffin, caminaban solos por las colinas cercanas al castillo de Balmoral, en Escocia. Se encontraron con dos excursionistas estadounidenses que no reconocieron a la monarca. Ella llevaba un pañuelo en la cabeza. Los excursionistas conversaron con la reina y le preguntaron dónde vivía. Ella respondió que vivía en Londres pero tenía una casa de vacaciones al otro lado de las colinas. También dijo que visitaba el lugar desde que era niña, hacía más de 80 años. Uno de los excursionistas comentó que entonces debía conocer a la reina, a lo que Isabel II respondió: «No, nunca la conocí. Pero Dick, que está aquí, se encuentra con ella regularmente». Luego el excursionista le preguntó a Griffin cómo era la reina en persona. Griffin, según su propio relato, les dijo: «Oh, a veces puede ser bastante malhumorada, discutidora y difícil de tratar, pero tiene un maravilloso sentido del humor». El excursionista puso su brazo alrededor de los hombros de Griffin y le entregó su cámara a la reina para que les tomara una foto. Ella accedió y tomó varias fotografías. Después intercambiaron los lugares y Griffin les sacó una foto junto a la reina. Al despedirse, la reina le dijo a Griffin: «Me encantaría ser una mosca en la pared cuando él les muestre esas fotografías a sus amigos en Estados Unidos… y espero que alguien le diga quién soy».
Jashes reflexiona que lo extraordinario puede estar delante y pasar desapercibido. Afirma que el violinista seguía siendo Joshua Bell aunque nadie se detuviera, y la reina seguía siendo la reina aunque los turistas no la reconocieran. Cita la frase «Familiarity breeds blindness» (la familiaridad puede generar ceguera) y un texto de Ralph Waldo Emerson: «Si las estrellas aparecieran una sola vez cada mil años, ¡cómo creerían los seres humanos y cómo las adorarían! Pero aparecen cada noche, estos embajadores de la belleza, e iluminan el universo con su sonrisa». El rabino propone como desafío para la semana trabajar el músculo de ver extraordinario lo ordinario.
