En el Día Mundial del Agua, la ONU busca concientizar sobre la crisis de acceso a este recurso vital. En Medio Oriente, las infraestructuras hídricas emergen como objetivo en tensiones geopolíticas, poniendo en riesgo a millones de personas.
El 22 de marzo se conmemoró el Día Mundial del Agua, una fecha establecida por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para generar conciencia e impulsar acciones que aborden la crisis global de agua y saneamiento, que afecta a más de 2200 millones de personas.
El agua es esencial para la vida humana, la agricultura, la industria, la energía y los ecosistemas. En las últimas semanas, ha adquirido un rol estratégico en el marco de las tensiones entre Irán, Israel y Estados Unidos. Si bien históricamente han sido poco comunes, los ataques a infraestructuras hídricas se perfilan como una amenaza tangible, con Irán amenazando con atacar plantas desalinizadoras en respuesta a daños en sus propias instalaciones.
Expertos advierten sobre el efecto devastador de atacar estas estructuras. En una de las regiones más áridas del planeta, donde el acceso al agua es hasta diez veces inferior al promedio mundial según el Banco Mundial, las plantas desalinizadoras son cruciales para el abastecimiento de agua potable y la actividad económica. La región del Golfo alberga solo el 2% de las reservas mundiales de agua dulce renovable y depende en gran medida de la desalinización. Un estudio publicado en Nature indica que Medio Oriente concentra alrededor del 42% de la capacidad mundial de desalinización.
La dependencia de estas instalaciones es significativa. Datos del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI) muestran que en Emiratos Árabes Unidos el 42% del agua potable proviene de plantas desalinizadoras; en Arabia Saudita la proporción alcanza el 70%, en Omán el 86% y en Kuwait el 90%.
El agua se ha utilizado como instrumento en diversos conflictos actuales, como en Ucrania, Gaza, Yemen y Sudán, donde infraestructuras como presas, plantas de tratamiento y tuberías han sido atacadas estratégicamente, agravando crisis humanitarias y ambientales.
El Derecho Internacional Humanitario protege el agua en escenarios bélicos. El Protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra de 1949 prohíbe explícitamente atacar, destruir o inutilizar bienes indispensables para la supervivencia civil, incluyendo instalaciones y reservas de agua potable, obras de riego, presas y diques.
En un contexto de estrés hídrico global, el agua dulce se ha convertido en un eje geopolítico crítico, pudiendo ser tanto causa de conflictos como un arma dentro de ellos.
