Reflexión sobre el impacto de la inteligencia artificial en la sociedad y los espacios que aún se mantienen al margen de la tecnología.
En los últimos tiempos, casi todas las conversaciones llegan a un punto sobre la Inteligencia Artificial (IA) y su capacidad para devorarnos en poco tiempo. Es extenuante. El periodismo será fagocitado por la IA; buena parte de los empleos formales también. Las fake news van a dominar el mundo. Los poderosos de la tecnología van a imponerse sobre los políticos. Seremos casi autómatas, observando desde un rincón cómo todo funciona, menos los humanos. “¿Para qué estudiar si la IA va a hacer todo?”, me preguntó hace poco un estudiante universitario, que me dejó en blanco cuando intenté explicarle que, si para resolver una tarea usaba ChatGPT, la nota iba a ser para esa herramienta y no para él como alumno. Agobiada, esa misma noche me di cuenta de que aún quedan espacios a salvo de la tecnología voraz. Estaba intentando usar un alfiler de gancho en una prenda, mientras preparaba la bolsa de agua caliente para entibiar la cama. Dos objetos más que centenarios y que no necesitan de ningún tutorial online para aprender a usarlos. Esos ingenuos elementos me ayudaron a conciliar el sueño, dándome un recreo frente a la obsesión cada vez más voraz de que la IA acabará con nosotros.
