El avance de la Inteligencia Artificial plantea interrogantes sobre su regulación. Expertos analizan la necesidad de acuerdos internacionales, reformas constitucionales y la protección de la privacidad mental frente al poder de las grandes tecnológicas.
La Inteligencia Artificial (IA) representa un cambio de gran profundidad que remodelará sociedades, actitudes y comportamientos humanos. No se trata solo de nuevas máquinas, sino que marcará el funcionamiento del entramado social, económico y de las personas, al traer una nueva era de conocimientos científicos que ampliarán la frontera de lo posible en áreas como la salud y las expectativas de vida.
Cuando apareció la revolución industrial, muchos contemporáneos no advirtieron lo que ocurría. Ahora, este proceso tiene lugar ante nuestros ojos. Un nuevo mapa de poder global se está dibujando con decisiones que ya se han tomado o se toman hoy. De partida, probablemente decidirá la contienda entre China y Estados Unidos por la superpotencia del siglo XXI.
Esa carrera ya se vive, y también se están decidiendo posiciones para el resto del mundo. A nivel intermedio, definirá la ubicación de los países, ya que estar más arriba o más abajo dependerá de su éxito en infraestructura o inversión oportuna. El resultado será un nuevo ranking en el mapa de poder: tendrán mejor ubicación quienes se integren a la cadena de producción de chips avanzados, aporten infraestructura como energía o territorio para centros de datos, a diferencia de quienes solo consumirán las nuevas tecnologías. Aquellos gobernantes que no actúen en forma oportuna podrían condenar a sus países a quedar rezagados.
Ante este cambio, la pregunta es cómo se regula la IA. Se necesitan varias cosas: buscar un ejemplo útil en la historia, entender la profundidad de lo que sucede, y sumar acuerdos a nivel nacional e internacional. Esto presupone un debate amplio, sin cancelaciones ni superioridades morales, y alejado del catastrofismo paralizante. Además, se debe reducir el lobby de los inmensos intereses económicos detrás de las nuevas tecnologías y de los sectores desplazados. Por último, es clave que China y Estados Unidos decidan abordar el desafío en conjunto.
La regulación de la IA no es solo tarea de científicos, sino también de políticos, jueces y diplomáticos. Aún en las democracias más sólidas se debe evitar que el temor de los votantes impulse populismos equivalentes a los luditas de la revolución industrial, que destruían maquinaria textil como protesta contra malas condiciones laborales y pérdida de empleo. También hay que precaverse del llamado “populismo judicial”, donde magistrados de rango inicial o intermedio, en vez de aplicar la ley, intentan crearla y detener la IA con decisiones fruto del temor y el desconocimiento.
El tema abarca áreas diversas. La lentitud o velocidad con que se adapten personas y organizaciones será influyente. La IA adquirirá relevancia en ejércitos, guerras y educación, que aún no ha reaccionado a pesar de que modificará la manera de aprender. Se necesita un debate de amplitud quizás nunca vista, para obtener dos productos de calidad: tratados internacionales que conduzcan el proceso a nivel mundial, y reformas constitucionales que protejan a las personas mediante los llamados neuroderechos, como nueva etapa de los derechos humanos.
El mundo necesita no repetir errores del último proceso de transformación, como la aparición de internet y la computación, donde se lamenta no haber hecho una mejor y más oportuna regulación, especialmente en la protección de la niñez y adolescencia. A diferencia de las revoluciones sociales y políticas, los cambios tecnológicos son procesos casi siempre irreversibles, y ocurren demasiado rápido para ser regulados oportunamente por el derecho.
Ya aparecieron empresas como las llamadas 7 magníficas (Alphabet, Amazon, Apple, Meta Platforms, Microsoft, Nvidia y Tesla), que con su poder tecnológico y económico superan los indicadores de la mayoría de los países. Varias de ellas serán desplazadas por nuevas empresas dueñas de la IA si no logran adaptarse. La velocidad es tal que lo que parece ciencia ficción será pronto realidad cotidiana.
El mundo necesita avanzar hacia acuerdos nacionales e internacionales que establezcan líneas rojas. Un posible equivalente son las leyes de la robótica de Isaac Asimov: “un robot no hará daño a un ser humano, ni por inacción permitirá que un ser humano sufra daño”; “un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley”; “un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley”. Nada semejante existe en relación con la IA. Ante la inactividad de los dirigentes políticos, líderes religiosos como León XIV dedicaron su primera encíclica al tema, abordando cómo evitar que el ser humano y su dignidad sean sacrificados en nombre del progreso.
Una propuesta se basa en tres puntos. Primero, recurrir al ejemplo del éxito en limitar los efectos negativos de la energía atómica durante la guerra fría, cuando Estados Unidos y la URSS, a pesar de todo lo que los separaba, manejaron el poder del armamento nuclear y evitaron un enfrentamiento directo. Hoy, China y Estados Unidos compiten por el liderazgo mundial y debieran aprender de ese pasado para llegar a acuerdos sobre la IA, que serían seguidos por la mayoría de los países. Segundo, la protección contra aspectos negativos de la IA debiera manifestarse en un tratado internacional y, a nivel nacional, inscribirse a nivel constitucional mediante los neuroderechos, definiendo la mente como aquello que no debe ser invadido ni colonizado. Tercero, hay que regular mejor que con la computación. Sin obstruir la innovación, China y Estados Unidos debieran regular mejor a las empresas, evitando la imposición de criterios políticos por parte de China y la impunidad garantizada por la Sección 230 en Estados Unidos, que impide responsabilizar en tribunales a las grandes tecnológicas por lo que se emite en redes sociales.
El peligro atómico todavía está presente, como lo demuestra el caso de Irán, pero Estados Unidos y la URSS evitaron el enfrentamiento directo que hubiera conducido a la guerra nuclear, y lograron un sistema que protegió al mundo al regular el poder destructivo surgido tras la Segunda Guerra Mundial. En plena readecuación geopolítica, se vive el proceso de globalización posterior a la guerra fría, etapa que ha sufrido una condena sin hacerse justicia a logros como la regulación del peligro atómico. Clave fue el desarrollo de líneas rojas: una breve lista de situaciones por las cuales uno y otro estarían dispuestos a ir a la guerra, y que debieran evitarse en las decisiones futuras.
Un ejemplo de esa época es Stanislav Yevgráfovich Petrov (1939-2017), teniente coronel de las Tropas de Defensa Aérea Soviética. El 26 de septiembre de 1983, tres semanas después de que la URSS derribara el vuelo 007 de Korean Air, en un momento de extrema tensión, el sistema de alerta temprana nuclear OKO informó erróneamente que se había lanzado un misil desde Estados Unidos, seguido por otros cuatro. Petrov, oficial de guardia, decidió ante su conciencia que era una falsa alarma y no acató las instrucciones del protocolo militar soviético, ayudando a evitar un intercambio de misiles que pudo desembocar en una guerra nuclear. La investigación demostró que la alerta satelital había funcionado mal. Petrov fue considerado un héroe que debió haber tenido mayor reconocimiento.
El mundo debe dejar de satanizar la guerra fría y tener una aproximación más balanceada sobre sus virtudes y defectos. A China y Estados Unidos les corresponde recuperar la noción de líneas rojas. Deben aprender de lo hecho con el poder nuclear: regularlo, aprovechar la energía para fines pacíficos y establecer protocolos rígidos para su poder destructivo, que pudo imponerse al resto del mundo a pesar de que Pakistán y Corea del Norte también poseen misiles con capacidad nuclear. Estados Unidos y China podrían aprender de esta experiencia para establecer una ética del límite en relación con la IA, y descubrir en ella un elemento común de negociación que reduzca su enfrentamiento al ámbito económico y colabore con el resto del mundo en un tratado internacional de regulación.
Para una adecuada regulación no basta con el ejemplo de la energía atómica. China y Estados Unidos pueden cumplir un rol más satisfactorio si logran encontrar una causa común en poner límites a la IA sin sacrificar su competencia económica. Para ello se necesitan dos cosas: controlar y regular mejor a las empresas, en momentos en que las 7 magníficas pueden ser desplazadas por nuevas empresas de IA; y entender que toda regulación será incompleta si no se incorpora la respuesta bioética en forma de neuroderechos, como protección contra toda intervención para acceder, registrar, modificar y comercializar la interioridad humana. La mente es el último santuario a ser resguardado, identidad personal e integridad psíquica, un derecho humano a ser protegido incluso antes de que sea expresado. Todo neurodato debe ser protegido de usos secundarios, incluso aquellos que el propio sujeto desconoce, por lo que no existe un consentimiento informado de esos estados internos. Es imprescindible avanzar hacia una ética del límite en la IA: no todo lo que es técnicamente posible es éticamente aceptable. La mente no puede ser modificada o explotada, y se necesita ampliar la noción de derechos humanos para que la interioridad humana sea inviolable para el mercado y/o el Estado.
Para la IA no deben existir empresas cuyo tamaño o poder haga imposible su regulación. La mente humana debe ser una línea roja infranqueable, ni siquiera como experimento con reclusos. Toda revolución tecnológica ha traído capacidad para el bien y para el mal si cae en manos equivocadas. La IA no es diferente. Se necesita que el sistema educativo promueva el pensamiento crítico para evitar la situación de no pensar por sí mismo y consultar todo debate a la aplicación de IA. Por sí sola, la IA no va a cambiar la esencia de lo que somos los seres humanos, ya que, como enseñaba Schopenhauer, si difícil es encontrar la felicidad dentro de uno mismo, es imposible encontrarla en otro lugar.
