El informe anual Latinobarómetro 2025 registra que un 16% de los latinoamericanos prefiere un gobierno autoritario y que a casi la mitad le da igual si el régimen es democrático o no. El documento incluye datos de Brasil, Argentina, Chile y El Salvador, y analiza la adhesión a líderes como Javier Milei, Nayib Bukele y Jair Bolsonaro.
El informe anual de Latinobarómetro, presentado esta semana, releva desde hace veintiún años el pulso sociopolítico de América Latina. En su edición 2025, el estudio registra que a casi la mitad de los habitantes de la región les da igual si su gobierno es democrático o no, y que un 16% prefiere directamente un gobierno autoritario.
Brasil
En Brasil, el vencedor de las elecciones fue el hijo y vocero de Jair Bolsonaro, quien promete liberar a su padre si llega al poder. Jair Bolsonaro fue condenado por participar en un intento de golpe de Estado. Tanto el padre como el hijo reivindican la dictadura militar brasileña iniciada en 1964 y la dictadura de Augusto Pinochet.
Chile
Hace menos de un año, Chile eligió como candidato a José Kast, quien hizo campaña elogiando a Pinochet.
Argentina
En Argentina, Javier Milei apoyó las campañas de Bolsonaro y de Kast y, como ellos, reivindica a Pinochet. Según el relevamiento, la Argentina lidera los mayores porcentajes de adhesión a los valores democráticos. No obstante, alrededor de un 30% de los argentinos son críticos del sistema o están a favor de un gobierno autoritario. Ese porcentaje se mantiene estable a través de los años y coincide con el núcleo duro de votos de La Libertad Avanza.
Desde que asumió, Milei insultó al Poder Legislativo (“nido de ratas”) y le niega la autoridad constitucional de dictar leyes que contradigan sus decretos. Desconoce fallos del Poder Judicial, como el que lo obliga a cumplir con la Ley de Financiamiento Educativo. Promueve discursos de odio contra quienes no piensan como él. Desprecia a los organismos de cooperación internacional de los que la Argentina es miembro activo. Promueve la desaparición del Estado de todos los ámbitos.
En la campaña de 2023, Milei calificó a la democracia como una “dictadura de las mayorías” y ejemplificó: “Si se juntan cuatro lobos y una gallina y votan qué se come, ya sabemos cómo termina esa cena, se comen a la gallina”. Fue elegido presidente por el 56% de votos y en octubre del año pasado ganó los comicios legislativos con el 40%. Las encuestas lo siguen mostrando con posibilidades de ser reelecto en 2027.
El Salvador
Según el estudio, el resto del continente considera a Nayib Bukele como un mandatario dictatorial o autoritario, en un ranking que encabezan Cuba, Venezuela y Nicaragua. Los propios salvadoreños se ubican entre las tres sociedades que más de acuerdo están con la idea de “aceptar a un gobierno no democrático si resuelve los problemas”. Es el segundo país en donde se coincide en que “un poco de mano dura no viene mal”.
En todos los rubros encuestados se refleja la adhesión mayoritaria hacia ese gobierno autoritario. Es el país en el que los encuestados sostienen que más se redujo la corrupción, en el que el Estado más ha hecho por ellos (52% frente al promedio regional del 26%) y en el que más satisfacción despiertan sus sistemas de Policía, Judicial, Salud y Educación Pública. Lidera también en otros indicadores, como que la nación va en la dirección correcta y el que afirma que se le está ganando la batalla al crimen organizado.
China y Vietnam
En el mundo hay otros ejemplos de sociedades gobernadas bajo sistemas no democráticos que generan adhesión social y éxito económico. Los casos más mencionados son China y Vietnam, ambos con regímenes de raíces marxistas y autoritarias con una acelerada apertura hacia el capitalismo.
Hasta el siglo XX existía el consenso de que las libertades políticas y la prosperidad económica eran inseparables. Eso cambió, hoy se consolidó una duda sobre qué tanto beneficio es capaz de derramar la democracia liberal sobre la sociedad y hasta dónde son importantes el sistema y sus instituciones.
Al mismo tiempo, también se puso en cuestión el éxito real de la globalización capitalista. En especial para las empresas y trabajadores que no solo quedaban afuera de la escala mundial, sino que eran perjudicados por lo que esa globalización provocaba en sus mercados internos. Ese nuevo sentimiento impregnó hasta en el mismo centro del capitalismo. Donald Trump es el emergente de un malestar que promueve límites a la apertura global, un regreso a la prédica nacionalista y un “hard power” con tintes autoritarios.
Myriam Bregman
En ese desdén libertario por las formas democráticas hay un punto de coincidencia con la crítica marxista a la “democracia burguesa”, en auge durante los 60 y 70, y que hoy continúan enarbolando políticos como Myriam Bregman. Ella lo acaba de repetir en Modo Fontevecchia al criticar el reformismo de Lula y desestimar cualquier alianza con el peronismo: “En el capitalismo no hay lugar para reformas, la revolución es posible”.
Quizá no por casualidad ella es la dirigente que más crece en las encuestas. Tanto su trotskismo como el anarquismo de Milei representan ideologías extremas, sobrevivientes de la modernidad y que, desde posturas antagónicas, expresan a los dispuestos a romper con el statu quo demoliberal.
Ambos desdeñan a los partidos tradicionales y a un Parlamento que aprovechan, pero al que no le atribuyen mayor legitimidad (en el anarquismo no existiría ninguna institución estatal y en el trotskismo, ninguna que incluyera los intereses de los explotadores). Los dos están en contra de este Estado, uno por “ladrón”, la otra por “explotador”. Él desconfía de la democracia de las mayorías, ella de la democracia burguesa.
En cualquier caso, lo que une a los Bolsonaro, Bukele, Milei y Bregman de este mundo no son sus ideologías (estatista, anti-Estado o trotskista). Todos ellos están unidos por esa creciente queja global que considera que la democracia liberal perdió el monopolio de la eficacia social y económica.
