Wednesday, 25 February, 2026
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Puntos de inflexión en el escenario político nacional

Foto: Federico Sabattini

Si la movilización independiente de sectores de masas logra combinar otro paro general con acciones que superen la disuasión armada del aparato represivo, la coyuntura resultante será favorable para las masas y crítica para el gobierno y la corte de colaboracionistas del Congreso, las provincias y la burocracia sindical que abrazaron su empresa de saqueo nacional y reducción a la servidumbre de las clases trabajadoras. Si se impone el orden general ante la sanción de las “Leyes de Burgos”, se abrirá una coyuntura reaccionaria donde el revanchismo capitalista de las patronales y las castas pondrá a prueba la capacidad de resistencia de las clases trabajadoras y los pueblos confinados a zonas de sacrificio a lo largo y ancho del país.

Pero, por debajo, otro cambio más profundo opera sobre la vida social con relativa autonomía de las coyunturas que en ella se desarrollan. Un cambio en la situación que marcó los márgenes de los bruscos cambios políticos de los últimos cuatro años. Se agota una situación transitoria en la que ningún bloque dominante pudo tomar con fuerza las riendas del país, y que abarcó la decadencia final del gobierno peronista (conducida por la burguesía subsidiaria de los JL Manzano) y la tortuosa primera etapa del gobierno de Milei (conducida por el gabinete de los JP Morgan). Y emerge una situación prerevolucionaria que se expresa a través de diversos síntomas e indicadores que pueden marcar el pulso de los próximos meses.

La caracterización de situaciones y coyunturas presentes, sobre hechos en curso, es análisis a priori, que sirve como fundamento de un programa de acción y tiene como criterio de validación empírica una práctica política concreta que confirme o desmienta tales predicciones; por ello, funciona como hipótesis de trabajo y requiere correcciones y ajustes al mismo tiempo que se procede a la práctica política. No es un análisis a posteriori que permita indagar en los hechos con métodos propios de un historiador. Tal error de procedimiento lleva inevitablemente a caer en los errores de la profecía autocumplida o, en el peor de los casos, del relato justificatorio para una política de hechos consumados. Estos errores son habituales entre quienes tienen una visión trágica de la lucha de clases, en la que los sujetos son actores ciegos y nada pueden hacer frente a las fuerzas extrañas que imponen los hechos uno tras otro.

Luchando contra este tipo de interpretaciones, Friedrich Engels recurría en su carta a Joseph Bloch de 1890 a la representación mecánica del paralelogramo de fuerzas (propuesta en la física clásica por Simon Stevin y desarrollada por Isaac Newton) para explicar el modo en que se produce el resultado histórico: la historia no es la realización lineal de una voluntad única ni el efecto automático de una causa económica aislada, sino la resultante de la interacción contradictoria de múltiples voluntades, intereses y fuerzas sociales que actúan simultáneamente. Cada fuerza imprime una dirección parcial, pero el desenlace efectivo emerge como la diagonal del paralelogramo, es decir, como una resultante que no coincide exactamente con ninguna intención individual. Con esta analogía, Engels buscaba superar tanto el determinismo mecánico como el voluntarismo subjetivista: las condiciones materiales delimitan el campo de fuerzas, pero el curso concreto de los acontecimientos depende de su combinación dinámica y conflictiva.

León Trotsky retomó la analogía engelsiana del paralelogramo de fuerzas para subrayar el carácter dinámico y no lineal de los procesos políticos: la revolución, la contrarrevolución o las formas intermedias de estabilización no son el despliegue automático de una ley económica ni la simple expresión de la voluntad de un partido, sino la resultante del choque entre fuerzas sociales objetivas (crisis del régimen, estructura de clases, situación internacional) y factores subjetivos (dirección política, estrategia, grado de organización). En Trotsky, la metáfora analítica adquiere un sentido más agudo que en Engels, porque le permite explicar cómo pueden surgir desenlaces reaccionarios dentro de situaciones objetivamente maduras o avances revolucionarios tras aparentes retrocesos coyunturales: la historia se mueve como una composición vectorial cambiante, donde la tarea de la política revolucionaria consiste precisamente en modificar la dirección de la resultante.

Los primeros dos años de Milei profundizaron una dualización del país tanto económica como política. En el plano económico, consolidando un esquema de fuerte empobrecimiento y precarización de la mayoría asalariada, mientras lograba estabilizar transitoriamente los indicadores más críticos del consumo básico. Paralelamente, una franja de clase media experimentó una “primavera” importadora, evocadora del menemismo: aplicaciones de compras internacionales, promociones bancarias y un tipo de cambio anclado que abarató bienes externos al tiempo que comprimía la producción local. El “todo por dos pesos” reapareció en versión digital, con depósitos colapsados en Ezeiza y una industria nacional cada vez más asfixiada. El auge de las aplicaciones de servicios contuvo la creciente demanda de pluriempleo y absorción de parte de los despedidos reconvertidos en monotributistas. La apuesta era ganar tiempo. Sostener una economía de transición que, mediante disciplina fiscal, ancla cambiaria y financiamiento externo, permitiera preparar el terreno para un nuevo ciclo de acumulación basado en el formateo extractivista y financiero del país. Sin embargo, ese esquema comienza a mostrar límites estructurales. Lo dual es siempre temporal y transitorio; en su propio desarrollo, una parte negará la otra.

Las proyecciones de crecimiento son cada vez más desequilibradas. No solo crecen las ramas que menos empleo generan mientras se hunden ramas con empleo intensivo como la vitivinícola, sino que dentro de las ramas dinámicas se destruye más empleo del que se crea; es el caso de la catástrofe que vive la industria petrolera con el abandono de la explotación convencional por parte de YPF. La caída del consumo ya no se restringe a los sectores populares y empieza a afectar incluso a las importaciones; la contracción industrial se contagia al comercio; el consumo apalancado en crédito y tarjetas alcanzó un techo, con un aumento sostenido de la morosidad.

El prometido nuevo ciclo parece acotado a enclaves específicos: el litio en el norte, la megaminería en San Juan y la expansión de Vaca Muerta. No hay aún un flujo de inversiones capaz de redefinir el conjunto de la economía. Las causas de este fracaso son varias, pero hoy es imposible abstraerlas de las dificultades para el clima de inversiones que representa la guerra comercial entre potencias y el hecho de que América Latina dejó de ser un continente seguro y pasó a ser un coto de caza que debe cerrarse antes que utilizarse. Las bombas imperialistas sobre Caracas y el bloqueo criminal sobre Cuba no traerán capitales a la Argentina como esperan los descerebrados; de hecho, los espantarán por un buen tiempo. La inversión extranjera directa es la primera víctima de la alianza neomercantilista que lidera Trump y de la que Milei es solo una mascota pintoresca. Mover una pieza en falso en la relación con China puede estrellar a Milei en el espejo de Bolsonaro, y lo sabe.

El inestable equilibrio que le ha permitido dirigir el país se cristaliza y agrieta. La situación que emerge es resultado del fracaso de la transición que se había propuesto el gabinete: apostar a que los sacrificios y brotes verdes de los dos primeros años cimentaran una recuperación del crecimiento relativamente equilibrado, sobre nuevas bases, atrayendo inversiones externas e internas que evitaran tanto el pantano de una segunda recesión (por falta de liquidez) como las espirales de restricción externa y atraso cambiario recurrentes y potencialmente agravadas por el abuso del endeudamiento y la desregulación financiera.

El crédito electoral obtenido el año pasado como respaldo a la desinflación y el sostenimiento del dólar a fuerza de intervenciones inéditas le facilitó al gobierno una ampliación de su personal dirigente, a cuenta de la centroderecha republicana, y una nueva tregua con las provincias y las castas. Esto le permite jugar fuerte en la coyuntura, pero cada vez con mayor debilidad sobre la situación. Porque lo que se agota, sin recibir nuevos fondos ni demandas, es el fundamento económico de su crédito político y social en los sectores del centro. La agenda legislativa de estas extraordinarias no tiene fines expansivos para el consenso, sino el uso inmediato de ese crédito corto para satisfacer el revanchismo patronal y la ideología liberticida del 30 % derechizado del país, confinado a oscilar entre el PRO, LLA y los gobernadores que llevan la marca de la gorra. El resto no observa con indiferencia; hay un creciente rechazo a medidas como la contrarreforma laboral incluso en sectores del centro.

Esta nueva situación se refleja en una mayor deslegitimación de las instituciones y sus leyes; en los números de una economía en condiciones de recesión histórica, con agotamiento de la desinflación y caída del consumo (incluso del que venía sostenido mediante importaciones y créditos), y ahora también en niveles profundos de la actividad y las formas de pensar de amplios sectores de masas, expresadas en la contundencia del paro nacional de esta semana y la resonancia que adquieren las acciones de los sectores de vanguardia que se movilizan y los referentes de la izquierda que se convierten en los únicos tribunos de la plebe ante una derecha desembozada y un peronismo dividido entre la parálisis de una autopreservación cómplice y el colaboracionismo canalla.

La traidora negociación de la CGT para dejar pasar una legislación laboral esclavista a cambio de preservar los fondos de sus sindicatos y obras sociales provocó una crisis de legitimidad inédita que llegó al desborde total con el famoso artículo 44 que introdujeron en el Senado, y la obligó a convocar a un paro nacional que no querían. Pero el peronismo político, el progresismo y sus movimientos tampoco tuvieron una respuesta en las calles. Si hay algo que no sobra, son referentes políticos dispuestos a poner el cuerpo y levantar la voz desde las luchas en curso.

El crecimiento de la popularidad de Bregman, Del Caño y las simpatías por nuestro partido es notable, pero lo que lo hace cualitativamente progresivo para la propia situación política es que acompaña la simpatía de amplios sectores por la acción directa, por el apoyo a los obreros que suben a los techos de las fábricas cuando las quieren cerrar, que no se acobardan cuando las fuerzas de seguridad cargan con bestialidad contra las movilizaciones y resisten a paso firme, lento y seguros de sí mismos, incluso en las retiradas. Por movimientos como el que defiende el Agua de Mendoza, que persiste a pesar de padecer constantes represiones y decenas de detenidos en manos de la policía de Cornejo. Por los azucareros de Ledesma, que no permiten que la Infantería del genocida Blaquier les impida entrar a las asambleas de sus sindicatos protegiendo a la burocracia. A los conflictos obreros que se multiplican en diversas provincias y la juventud que empieza a despertar a la vida política y la lucha callejera.

Poner en debate cómo observamos la situación política y sus cambiantes coyunturas es necesario para educarse en la paciencia estratégica, pero también para alentar la audacia y la determinación cuando los hechos y procesos tienden a determinar dónde y cómo se crearán los próximos acontecimientos históricos.

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