Un nuevo libro indaga en el resurgimiento contemporáneo de las sustancias psicodélicas, explorando sus raíces históricas en Argentina, su potencial terapéutico y las tensiones entre la vivencia personal y el discurso científico.
Entre laboratorios, ceremonias y archivos olvidados, la psicodelia vuelve a ocupar un lugar en la conversación pública. Ya no solo como un emblema contracultural, sino como una zona de cruce entre la ciencia, el mercado y la búsqueda espiritual. En El herborista alucinado. Psicodelia, integraciones y otros viajes (Editorial Marciana), Fernando Krapp traza una cartografía de ese retorno y de sus tensiones.
El regreso de las sustancias psicoactivas al debate público no se explica solo por la moda o la nostalgia. En las últimas dos décadas, investigaciones clínicas en universidades anglosajonas reinstalaron compuestos como la psilocibina en el campo terapéutico. Este movimiento dialoga con una tradición previa que en Argentina tuvo hitos tempranos: en 1956, Alberto Tallaferro publicó Mescalina y LSD-25, considerado el primer estudio sistemático local sobre aplicaciones clínicas del ácido lisérgico.
Ese linaje de investigación fue interrumpido por la prohibición global impulsada en 1971. Lo que hoy se presenta como un “renacimiento psicodélico” promovido por centros académicos internacionales tiene, en realidad, antecedentes más complejos. Krapp parte de esa constatación para formular una pregunta: si este resurgimiento académico encuentra un correlato en Argentina, un país con una fuerte tradición psicoanalítica y experiencias locales poco difundidas.
La indagación no es solo historiográfica. El libro busca detectar continuidades, vacíos y reapropiaciones en el ámbito local. Entre esos antecedentes aparece Mesa Verde, un grupo rosarino integrado por el psiquiatra Néstor Berlanda, médicos, antropólogos y el abogado Diego R. Viegas, que trabajó con ayahuasca y otros enteógenos en los años noventa, organizó talleres y promovió la visita de un médico tradicional amazónico en 1999.
El impulso del libro también tiene un origen biográfico. Krapp decidió probar cada enteógeno que analiza –LSD, ayahuasca, hongos psilocibios– como parte de un enfoque ético del conocimiento: comprender desde la experiencia directa aquello que luego sería materia de reflexión crítica. “En este caso, escribir en primera persona era un recurso insoslayable”, afirma el autor, reconociendo la tensión entre la disolución del yo en el trance y la necesidad de un sujeto que narra.
El concepto de “enteógeno” –que significa “dios dentro”– abre otro plano de lectura, permitiendo pensar estos estados como formas contemporáneas de vivencia espiritual. En la actualidad, sin embargo, el discurso legitimador proviene sobre todo de la neurociencia, que describe la acción de estas moléculas sobre receptores cerebrales. El libro observa este desplazamiento cultural y examina cómo ciertas sustancias han interpelado históricamente a la literatura, desde Thomas De Quincey hasta William S. Burroughs, sin caer en la romanticización del consumo.
