Sustancias como la psilocibina o el LSD, antes relegadas por su vínculo con la contracultura, hoy son investigadas como posibles herramientas terapéuticas para pacientes que no responden a los tratamientos convencionales.
Durante décadas, la sola mención de sustancias como el ácido lisérgico (LSD), la psilocibina o el éxtasis bastaba para cerrar una conversación científica. Su asociación con los movimientos contraculturales de los años 60 y su posterior clasificación como drogas sin uso médico aceptado las mantuvieron fuera de los tratamientos reconocidos durante casi medio siglo.
Hoy esa historia está siendo reescrita. La psiquiatría atraviesa una revolución silenciosa: la incorporación de los psicodélicos como herramientas terapéuticas para algunos de los trastornos mentales más difíciles de tratar. El punto de partida es un problema concreto: entre el 30 y el 50 % de los pacientes con depresión no responde a los tratamientos convencionales, presentan más conductas suicidas y generan mayores costos sanitarios. Es decir, pacientes para quienes el arsenal terapéutico habitual ha fracasado.
Es en ese contexto donde los psicodélicos comienzan a asomar como una posible alternativa. La sustancia más estudiada hasta ahora es la psilocibina, compuesto activo de una familia de hongos. Según un estudio publicado en JAMA Psychiatry (2024), ha mostrado tasas de remisión del 60 % en pacientes con depresiones severas tras apenas dos sesiones supervisadas. Estos números son inusuales en psiquiatría y su mecanismo de acción es distinto al de los antidepresivos clásicos.
La psilocibina flexibiliza las creencias rígidas que sostienen los patrones patológicos e interrumpe los bucles de pensamiento automático que caracterizan a la depresión crónica y al trastorno de estrés postraumático. También la terapia asistida con psicodélicos en pacientes con enfermedades terminales confirmó que la psilocibina y el LSD pueden ser eficaces para tratar el malestar existencial en ese grupo. Sin embargo, la cantidad de pacientes estudiados se considera entre baja y muy baja, lo que significa que los resultados son prometedores, pero aún no concluyentes.
En el plano regulatorio, el avance es desigual. Alemania aprobó en 2024 el primer programa de uso compasivo de psilocibina en Europa; la República Checa autorizó su uso médico en condiciones específicas; y en España, la única terapia de este tipo aprobada es la esketamina intranasal (un anestésico disociativo), disponible solo para uso hospitalario desde 2019. La FDA estadounidense rechazó en 2024 la aprobación de la terapia con psilocibina o LSD, aunque ha otorgado permisos especiales que facilitan su investigación.
En Argentina aún no hay terapias psicodélicas aprobadas por ANMAT, pero sí se utiliza la esketamina en centros especializados. Lo que distingue estas terapias de un fármaco convencional es su forma de administración: no se trata de tomar pastillas cada día. El tratamiento asistido con psicodélicos combina una o dos sesiones con la sustancia —en un entorno controlado y con acompañamiento profesional— con sesiones preparatorias e integradoras antes y después. Esto hace que su implementación sea compleja, costosa y difícil de escalar, pero también que los efectos documentados sean en muchos casos más profundos que los de los tratamientos habituales.
La psiquiatría está aprendiendo a construir marcos clínicos, éticos y regulatorios sólidos que eviten repetir errores del pasado con nuevos tratamientos.
