Friday, 25 September, 2026
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Cambios en la nocturnidad porteña: cierres más tempranos y hábitos más diurnos

Un recorrido por Palermo, Colegiales, avenida Corrientes y San Telmo muestra que los jóvenes siguen saliendo, pero con horarios más tempranos y presupuestos ajustados. La pandemia y la situación económica aparecen como factores de un cambio cultural en la noche de Buenos Aires.

Durante décadas, los bares de Buenos Aires construyeron una identidad nocturna basada en la improvisación: entrar sin plan e irse cuando el cuerpo dijera basta. Hoy, esa lógica parece haber cambiado en algunos puntos de la ciudad donde los nuevos hábitos redefinieron las salidas nocturnas.

LA NACION realizó una recorrida de sábado por la noche y domingo a la madrugada por Palermo, Colegiales, avenida Corrientes y San Telmo para conocer cómo se modificó la nocturnidad en algunas de las zonas más emblemáticas de bares porteños.

Medianoche en plaza Serrano

“Eso de que Buenos Aires no duerme, ya fue”, dice Rocío, una joven de 28 años que ocupa una mesa en el bar Amores Tintos, en Palermo, junto a su amiga Juliana (26). Empleada administrativa, Rocío sostiene que la noche en la ciudad cambió y, como muestra de ello, recuerda que hasta hace cinco años podía armar una lista inagotable de lugares para visitar sin repetir, aunque opina que eso ya no es posible por dos motivos: ”Muchos bares cerraron” y “la noche se acortó muchísimo”.

“Es muy claro que hoy la gente se guarda más temprano”, señala a LA NACION Francisco Miranda, secretario general de la Cámara de Cafés y Bares de la ciudad de Buenos Aires. Para Miranda, se está viviendo un “cambio cultural” donde la “movida es más diurna”. “Lo de ir a un bar a la 1 de la madrugada a tomarse un whisky, ya no corre”, sostiene, y afirma: “Más allá de la medianoche en la calle no anda ni Dios”.

Esta percepción de acortamiento de la noche se repitió en varios de los testimonios recogidos por LA NACION y concuerda con el horario de cierre de gran parte de los bares: a la medianoche los días de semana, y hasta la 1 los fines de semana, a pesar de que ninguna legislación del gobierno de la Ciudad define un horario de cierre.

Para Fabián Castillo, presidente de la Federación de Comercio e Industria de Buenos Aires, el punto de inflexión fue el Covid-19 ya que durante la pandemia “se terminó una era”. “Hoy mucha gente desarrolla la nocturnidad en sus casas y no tanto en la calle”, define.

Castillo plantea que el cambio en las dinámicas sociales nocturnas es una realidad con la que el sector tuvo que adaptarse. Lo comprobó hace algunos meses durante una reunión entre dueños de bares, pizzerías, cervecerías y teatros en la que se debatía si era conveniente extender los horarios. La conclusión, asegura, fue unánime: “¿A quién le vamos a vender algo a las tres de la mañana?”.

Consultadas por LA NACION, Rocío y Juliana advierten que salir a un bar durante un fin de semana les demanda, en promedio, unos $40.000, lo que sirve para “picar algo y tomar un trago” en Plaza Serrano. “Por eso cada vez usamos más la tarjeta de crédito”, coinciden.

Corrientes y Florida

Cerca de la 1 de la madrugada, en avenida Corrientes y la peatonal Florida el flujo de personas decae en comparación a lo que se observaba apenas unas horas antes. Las persianas descienden en varias librerías y el movimiento sobrevive solo en algunas pizzerías. En los bares de las calles laterales, son pocos los que disfrutan de un cóctel o apuran unas cervezas. En tanto, el postre se consigue en las heladerías, donde sí hay fila para comprar.

En la puerta de Cadore están Belén (31) y Macarena (30). “A nosotras hoy no nos da para sentarnos en un bar”, confiesa Belén, mientras hunde su cuchara en un pote de telgopor blanco. “Por eso salimos y tomamos un helado”, agrega Macarena.

La realidad de Macarena no es única y refleja una consecuencia de la caída del poder adquisitivo. Según el estudio Consumer Mood, elaborado por las consultoras Ecolatina y ShopApp, el 53% de los encuestados no sale a comer y el 93% asegura hacerlo solo una vez por mes, e incluso menos. Apenas un 7% mantiene una frecuencia semanal. “Comer fuera del hogar dejó de ser una experiencia frecuente para los hogares argentinos y pasó a ser una excepción”, concluye el informe.

Por su parte, la consultora Casa Tres realizó otra encuesta, donde planteó: “En el último tiempo, ¿resignó algún servicio o actividad que realizaba habitualmente?”. El 68% de los encuestados respondió afirmativamente. Al indagar qué consumos habían resignado, el rubro más mencionado fue el ocio (65% de las respuestas), el cual abarca el gasto en salidas nocturnas.

“Hoy mucha gente elige tomar una cerveza en un after a partir de las siete de la tarde, y no sentarse a cenar a las nueve de la noche, que puede convertirse en un plan mucho más caro”, explica el especialista en consumo Mariano Gorodisch. En ese sentido, plantea que las promociones en horarios tempranos alejan a los clientes de la medianoche: “Los jóvenes tienen muy en cuenta los 2×1 o los happy hours de los bares. Nadie pide nada sin ver antes qué promoción hay”.

“Lo que se volvió más costoso es la espontaneidad”, refuerza Joaquín Linne, sociólogo y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA). “Cuando el presupuesto está ajustado, salir a ver qué pasa, entrar a un lugar sin saber cuánto cuesta algo o cambiar de bar durante la noche se vuelve un lujo”, argumenta. Así, reducir la incertidumbre y asegurarse de que la salida justifique la inversión pasó a ser tan importante como decidir qué cerveza beber.

Poco movimiento en San Telmo

A las dos de la madrugada en plaza Dorrego, San Telmo, la zona sur de la Ciudad ofrece un paisaje desértico: calles vacías, mesas sin ocupar y una iluminación lúgubre. Solo algunos bares como Mitos Argentinos muestran un panorama diferente, gracias a la convocatoria que puede brindar una banda de rock.

A metros de allí, en la esquina de Bolívar y Estados Unidos, tres amigos comparten un fernet y ensayan una teoría sobre la transformación nocturna de la ciudad: “Si hoy alguien te pregunta ‘¿en qué bar la seguimos?’, es más difícil dar una respuesta concreta”. Para Agustín (33), Josefina (30) y Nicolás (36), “la noche no desapareció: simplemente se ocultó”. Según el tridente, cada vez que salen a tomar algo por esta zona, suelen gastar, en promedio, unos $30.000 “por cabeza”.

Entre risas, especulan sobre el futuro que le depara a la noche porteña y se muestran optimistas. “Aunque dentro de diez años la noche esté llena de robots en la calle, el hecho de salir o ir a un bar nunca va a desaparecer del todo. Es parte de nuestra cultura”, afirma Agustín. Josefina completa la idea: “La noche de Buenos Aires sigue teniendo algo de misticismo, te invita a salir. Y eso, creo, no va a morir jamás”.

En sintonía se enmarca la experiencia del poeta y ensayista Fabián Casas. “La ciudad me encantaba especialmente en los noventa, cuando con mis amigos nos apropiábamos de ella para ir de un lugar a otro: de norte a sur en un mismo día”, relata. Entre sus recuerdos aparece el bar Astral, hoy desaparecido, cuyo leitmotiv era tan simple como revelador: “Abierto las 24 horas”.

Colegiales y un clásico que perdura

Hacia las 4 de la madrugada el recorrido nocturno de LA NACION termina en el bar Mamita, en Colegiales. Allí no hay indicios de que la fiesta esté cerca de terminar. Detrás de las cortinas black out que cuelgan sobre los ventanales del lugar, un hormiguero de personas se agolpa frente a la barra a pedir y retirar sus tragos.

“La sociabilidad nocturna no desapareció” enmarca Linne, pero aclara: “Solo se volvió más doméstica”. “Quedarse en una casa ya no se vive necesariamente como el plan de quien no pudo salir. Para muchas personas es una elección: ofrece mayor comodidad, control sobre el ambiente y la posibilidad de estar con un grupo más acotado”, arguye el sociólogo, que insiste en que “la noche no se apagó: se reorganizó alrededor de formas de encuentro más íntimas y más mediadas por la tecnología”.

Para entender esa reestructuración de la nocturnidad, Linne apunta al revisionismo. “Una década atrás, el bar ocupaba un lugar más central y casi obligatorio en determinados encuentros. Una primera cita, una reunión con amigos, una charla después del trabajo. Hoy sigue cumpliendo esas funciones, pero compite con muchas más alternativas”, sostiene el sociólogo. En consonancia, Miranda remata: “Pese a las nuevas lógicas de la nocturnidad, el bar va a sobrevivir porque somos seres sociales”.

Mientras adentro todos bailan al ritmo de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en la vereda de Mamita también están los que buscan aire fresco. Algunos recobran el oxígeno necesario para continuar con la fiesta y otros aprovechan para fumar. Adrián (42) pertenece al segundo grupo. Con un vaso vacío en una mano y un cigarrillo en la otra, se prepara para regresar al interior del establecimiento. Antes, deja una reflexión: “Si no desaparecieron los libros, ¿cómo se van a extinguir los bares?”.

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